Mis estimadísimos lectores saben que no escribo porque, bueno, porque es época de parciales y finales y esas cosas. ¿Se acuerdan cuan felices éramos todos cuando no estudiaba? Yo también.
Pero me ha sucedido algo que exige publicación, debido a que deja de ser casualidad para convertirse en complot, o algo así. Pero pongámonos en clima. ¿Tienen ustedes teléfono celular? Yo sí. También tengo auto, pero no lo uso porque me da miedo ir en auto cuando manejo yo, porque no miro por el espejo retrovisor ni entiendo muy bien eso del lenguaje de “luces”. Me parecería más piola usar pañuelos de colores, o sacar la cabeza por la ventanilla mirando para atrás y gritar: “¡¡GUARDA QUE DOBLO, MIERDA!!”. Pero al celular lo uso para escuchar música en el colectivo.
Y casi durante toda la tarde está apagado, el celular. Bueno, el auto también. Pero al celular lo apago porque suelo estar dando clase o recibiendo clase. Puesto así, alguno de ustedes entendería que soy activo y pasivo. A la hora de la educación. Porque no me imagino siendo un homosexual pasivo. Un activo podría ser, supongo. Pero tendría que ser un hombre de esos que tienen medio como que pinta de nenitas, tipo el cantante de Hanson. Imagino, no sé. Quiero decir, hay minas mucho más feas que ese chaboncito. Imaginate que caés preso y es tu compañero de celda. Digo, hay gente que anda con travestis y no es homosexual. Este pibe nació travesti. Travesti lindo.
Che, que putos que resultaron. Yo los estaba probando, pero… qué putos resultaron. Decir que te vas a culear a un tipo no es lo mismo que decir que si fueras mina te estarías tocando las tetas todo el día. Eso sí que lo haría, yo. Pero les decía, lo del celular. Tiempo atrás (unos tres o cuatro años atrás) comencé a recibir unos extraños mensajes -a cualquier hora de la noche- en los cuales… bueno, a algunos aún los tengo anotados. Fíjense:
-Hola rubiaaa.
-T dije k t iba a llamar, preciosaaa
-contestameee…
Lo primero que pensé es que se trataba de un número equivocado, hasta que empecé a barruntar otro tipo de posibilidad: la de que una mina hubiese inventado un número falso de celular y brindádoselo a un chongo fastidioso o del cual no hubiese querido saber más nada, con la mala suerte de que había resultado ser mi número. Me tomó un tiempo descubrirlo porque, bueno, ustedes saben que no soy de salir a pachanguear y no entiendo muy bien como funciona eso de los sábados a la noche. Si se tratara de salir con unos amigos un sábado a la noche a reventar sinagogas y villas, bueno, eso es otra cosa, pero yo no entiendo nada del comportamiento nocturno tradicional, quiero decir. Hey, no me juzguen. Ustedes son los que se lo violarían al pibito éste de los Hanson, no yo.
La cuestión es que yo no respondí a ninguno de esos primeros mensajes para no gastar crédito, hasta que, recibidos más o menos unos diez, me digné a mandar uno diciendo “número equivocado”. Pero el borracho éste hizo lo que habría hacho cualquier borracho.
-No me mientas así hermosaaaa t extrañooo
-venis rubia?
Al final terminé por llamar al número éste. Alguien atendió pero no habló palabra, mientras yo pedía que no volviesen a llamar por ningún motivo, so pena de denuncia a la policía. Y así viví tranquilo (complaciendo mediante el sexo a un sinfín de mujeres hermosas) hasta ahora. Ayer, mientras me disponía a desayunar un mate cocido con empanadas de cantimpalo, mi celular sonó de acuerdo al ringtones con el cual me entero de que he recibido un mensaje de texto. Por si les interesa, es el que dice “FF7 victory”, y se puede descargar y ecuchar aquí. Si quieren conocer además el ruidito que hace mi celular cuando alguien me llama, es el que se llama Codec Call MGS. Lo pueden escuchar y bajar desde acá. Es el ringtones perfecto: se reconoce fácilmente por cualquiera persona de bien, es original, puede repetirse indefinidamente sin desentonar y está siempre dentro de contexto, demostrando que sos un videojugador de calidad. Es como andar vestido de Snake todos los días pero sin parecer un loquito.
Al principio creí que se trataría de “Claro”, rompiéndome las putas bolas de la manera en que lo hace todos los días, con cosas como “querés ir al mundial” o “si cargás ahora esto te doy aquello” y demás sortilegios. Pero el mensaje decía lo siguiente:
-Malo que nunca me vas a llamar
Hagamos de cuenta que viene con la puntuación correspondiente, pero el mensaje se entiende. Quienquiera que fuese, se estaba dirigiendo a un hombre. Al principio traté de asociar el número telefónico –que no estaba en la agenda- al de alguna mina de hace mucho tiempo. Pero luego me di cuenta de que no daba, porque yo no soy el tipo de hombre que despierta ese tipo de reacciones en las mujeres. Las mías directamente vienen a casa y lloran y gritan por mí. Luego pensé que podía tratarse de alguna compañera de estudios despechada o drogada (esa que antes me llamaba todos los días para preguntar boludeces y que ahora no me saluda), porque, insisto, yo no entiendo mucho de estas cosas del corazón. O la madre del algún alumno/a. O mi esposa tratando de pescarme en algo turbio, como, no sé, el tráfico de medicamentos falsificados. Por las dudas, respondí de inmediato con un mensaje que decía (sí, adivinaron): “número equivocado”.
A los veinte minutos, suena de vuelta.
-Te hablo a vos chico alto lindo de camisa linda.
A la mierda… yo soy alto, y mi esposa y mi mamá dicen que soy lindo –pensé-. Y tengo camisas lindas. Varias camisas lindas. En una de esas no pudo poner además “vibrantemente complaciente en la cama” porque el diccionario del celular no se lo reconocía.
Todo tenía sentido. Entonces, respondí:
-Perdoname, no reconozco tu número y creo que me estan haciendo una broma.
-Soy Carla, del viernes –respondió ella.
Obviamente era equivocado, y un alivio. Yo el viernes me la había pasado leyendo gramática del idioma inglés, narrativas, tiempos verbales y un chorizo de otras cosas, ninguna de ellas llamada Carla. Pero decidí llevar las cosas un poco más adelante, nomás por si acaso. Esta es la conversación que se dio, mensaje de texto mediante.
Yo: -Ah, cómo estás, ¿todo bien?
Carla: -Empezando a trabajar (emoticon de ira)
Yo (¿será una puta?): Suele pasar.
Carla: Y pensando en vos
Yo: a los hombres nos gusta que nos digan esas cosas
Carla: Jajaja…Tenés algo que hacer esta noche?
Yo (¿por qué se ríe?): Me desocupo a eso de las 10
Carla: Tengo ganas de tomar algo.
Yo (fuego en el hoyo): Ando sin el auto.
Carla: No problem por donde te paso a buscar?
(Abro un paréntesis aquí porque la jugada que yo debía realizar era peligrosa y podía dar en tierra con la jugarreta. Al no tener idea de dónde iban o venían los mensajes, cualquier dato preciso podía estropearlo todo).
Yo (cruzando los dedos): Ah, no, te desafío a que consigas mi dirección.
Carla: OK. Se la pido a Romi jajajajaja
Yo (Grande Romi): Bueno, dale. Me voy a bañar y todo.
Carla: Jajaj yo también (emoticon de guiño)
Yo: Hasta entonces
Carla: Bye.
Esto pasó ayer. Hasta ahora mi celular no volvió a sonar.
Yo lo habría llamado el efecto cataplasma, nomás porque me gusta la palabra cataplasma. Tiene cuatro sílabas, todas ellas poderosas. Es más, le voy agregar eso al título del artículo y ustedes van a leerlo después de que yo haya hecho esta explicación, pero antes de leer esta aclaración, lo que va a hacer de este artículo toda una experiencia metafísica en la que los límites son borrosos y no se sabe bien quien escribe el artículo, o el momento en que éste es escrito, o quien es el lector, como en las novelas detectivescas post-modernistas de Paul Auster que me hacen leer en la escuela. Y si no saben quien es Paul Auster no se pierden nada, porque la verdad es que yo ya no soy tan sofisticado como hace unos años y ahora ese tipo de novelas en las que “la gracia es que no pase nada” me aburren y hasta casi me enfurecen, al punto de que el otro día, cuando terminé el libro, empujé a un nenito del colectivo y le rompí las muletas. Sí, discapacitados también. Homosexuales, discapacitados… todo vale. Es más, ni me leí el libro, sino que me descargué la novela gráfica dibujada por David Mazzuchelli y me leí eso. Por lo menos ahí hay dibujitos. Es preocupante mi falta de atención para las cosas que se vuelven aburridas, de un tiempo a esta parte. Me estoy pareciendo a Max, de Sam & Max hit the road. Si alguna vez se sienten vacíos, es porque no jugaron a ese juego, créanme.
