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Archive for 29 septiembre 2009

La Bruta


(si ven que faltan o sobran acentos o hay muchos errores de tipeo o los renglones se cortan en renglones raros es porque estoy escribiendo desde una netbook más incomoda que la mierda y usando el bloc de notas en vez de Word)

Antes de comenzar con el artículo de este semestre (por las dudas, ya que aparentemente no puedo escribir con mayor frecuencia), me parece apropiado aprovechar este espacio para responder algunas de laS preguntas que me llegan por correo electrónico a diario. Esta es de Ayelén, de Quilmes.

“Mi novio se queja porque dice que no se la chupo bien, ¿qué puedo hacer?”

Muchas gracias por tu consulta, Ayelén. Y la verdad es que si tu novio se queja probablemente tenga razón, ya que el sexo oral es muy importante para un hombre. Si querés aprender a hacerlo como a el le gusta (yo que lo vos lo haría, porque siempre aparece una dispuesta a hacerlo como a él le gusta) lo que te recomiendo es que revises su pornografía y veas lo que hacen las chicas ahí, porque así es como a él le gustaría. Me gustaría poder ayudarte con una clase práctica pero lo cierto es que a mí ya nadie me practica sexo oral, por lo menos desde que desarrollé. Y las entiendo: es una tarea equivalente a tragarse un sifón Drago. Prácticamente lo mismo, me animo a decir, de no ser porque el sifón Drago es ligeramente más blando. Pero algo que tenés que tener en cuenta, Aye (¿Te puedo llamar Aye?), es que a los hombres no nos gusta que ustedes lo hagan mal y por compromiso, como esperando que no se lo volvamos a pedir. La pija te tiene que parecer la golosina más maravillosa y deliciosa en este mundo, y nadie te tiene que pedir que se la chupes: vos tenés que hacerlo porque te desespera hacerlo, porque no pensás en otra cosa más que en eso.

Pero ahora vayamos al artículo.

Resulta que tengo una compañera de estudios que es muy bruta. Pero muy, muy bruta. Y como para imaginar ustedes son bastante duros, la descripción viene a ser más o menos la siguiente: figúrense una mujer de treinta y cinco años bien llevados debido a una década como instructora de Pilates, ejercicio constante, etc. Dentro de unos pantalones de esos que no sé si son calzas o bombachas de gaucho trolo. O sea: un culo firme y parado, pero de los que se sacuden en la medida justa cuando uno les da un cachetazo. Culos lindo para la fiesta. Una mina que en malla debe estar buena, curvilínea y poderosa, de busto abundante pero apenas cansado, fuerza de gravedad mediante. Un rostro desalentador, masculino y mas o menos semejante al del actor negro ese que hace de amigo de Maximus en la película “Gladiador” y y su piel con el color oliva verde-marrón-amarillento de los mestizoides que no llegan a ser negros de mierda, todo rematado con una cabellera enmarañada teñida de rojo haciendo las veces de un nido de caranchos. Traten de agregar, si pueden, una cierta dislexia que le impide expresarse adecuadamente, y el gesto de quien no entiende muy bien de que se trata la cosa esa de pensar.

Lo curioso de esta mina (curioso y alarmante, terriblemente alarmante) es que se las arregló (y ustedes deben conocer mucha gente en esas condiciones) para llegar a los treinta y cinco años sin aprender esas cosas que se aprenden nomás por estar vivo y respirando. Admirable resulta (y preocupante, enormemente preocupante), por donde se lo mire, la cintura que ha tenido para esquivar el conocimiento. Así, se imaginarán ustedes, cada clase y cada conversación le ofrecen una oportunidad de enfrentarse a sus limitaciones, que son todas. O puesto en otras palabras: cuando se es tan, pero tan bruto, se hace cierto aquello de que “todos los días se aprende algo nuevo”. Porque, claro, ¿Cómo no se va a aprender algo nuevo cada día si uno anda con el cerebro casi en blanco?

Ahora bien, lo que me impulsa a escribir en este caso fue una situación que se dió el otro día, mientras esperabamos sentados en el aula durante un recreo, a que volviese la profesora. Ella se hallaba sentada detrás mío, tratando de descifrar un texto simplísimo, pero simplísimo, que nos habían dado a leer. Reflejo y transcribo el siguiente acontecido, que ustedes asociarán inmediatamente con una situación semejante ocurrida durante un episodio de Los Simpsons.

Bruta (deteniéndose en una palabra que no conoce, cosa que sucede cada tres palabras): -Dissipate… (sacando de la mochila un diccionario de Inglés) ¿Qué significa dissipate? (leyendo en voz alta) DISIPAR… (deteniéndose unos instantes más en silencio)… disipar (sacando de la mochila un Diccionario en español) Y qué quiere decir disipar? (leyendo en voz alta) DISIPAR… Aaaahh… igual… no entiendo… (mientras yo me mordía hasta sangrarme la lengua para no desarmarme de risa)

En el caso de los Simpsons, Homero tomaba un libro de Marketing Avanzado e intentaba leerlo, luego lo tiraba a la basura y lo reemplazaba con un libro de Introducción al Marketing, que luego también tiraba a la basura y reemplazaba con un diccionario en el que buscaba: Marketing. Lo trágico (espeluznantemente trágico) es que esta mujer enseña en tres colegios publicos. Un secundario y dos primarios. Tiene horas estatales, debido a que se anota en cuanto listado de docentes existe, y toma cualquier clase de hora que se pueda. Lo peor, dirán algunos, es que acapara. Yo creo que lo peor es que se le permite corregir cosas de alumnos cuando en realidad se la debería enviar al colegio primero, pero bueno, es el sistema, que no toma un exámen verdadero a los docentes estatales y que no cuenta con directores capaces de evaluar a los docentes. Yo la metería en un tacho de aceite lleno de cal y la tiraría al Reconquista, pero ese soy yo. Dice que ama la literatura, y que el día de mañana le gustaría trabajar haciendo traducciones de novelas y cuentos, lo cual me despierta cantidades iguales de ternura (como la que se siente cuando ves que un oso panda con síndrome de down va a comprar un alfajor al kiosko y al querer pagar, se da cuenta de que por un bolsillo de su jardinerito se le han caído las monedas y ha perdido el dinerito… ¡Pobre osito!) y de desesperación genocida, porque realmente creo que alguien (no sé, alguna autoridad militar, un Pinochet o algo así) debería prohibirle ejercer hasta que se le pase lo bruto.

En cualquier caso, hay un chiste de Condorito en el que se ilustra fantásticamente mi situación. Condorito hace el papel de un millonario que entra a una iglesia y le reza a San Guchito para que los pozos petroleros produzcan mas millones, y para que su contrato por trillones de dólares se cierre favorablemente, y que su cadena de hoteles pueda venderse en más millones, etc. A su lado, de repente, se arrodilla un mendigo pordioserísimo que comienza a orar pidiendo un poco de pan, un algo qué comer, un lugar a resguardo del frío para dormir, etc. Entonces Condorito saca un billete de veinte pesos y dice: “Tenga hombre, no me distraiga al santo”. Quiero decir, debido a sus intervenciones, de las clases se pierde mucho, pero efectivamente mucho tiempo que bien podría utilizarse a fin de resolver dudas un poco más complejas y de las que uno quizá no puede hacerse cargo a solas, porque bueno, para algo hay un docente. Los “no entiendo” de la bruta realmente llegaron al punto de saturarnos días atrás, y fue entonces que hubo quien (no fui yo, pero sólo porque creo que Dios la va a matar a ella o a mí antes de fin de año a fin de que ninguno de los dos tenga que ser torturado por el otro; ella con sus “no entiendo” y yo con la máquina de estrellitas que se trajo mi abuelo de la Mnasión Seré) la terminó mandando a estudiar a su casa. El grupo, entonces, medio que se dividió, porque de inmediato saltó una defensora de pobres a la voz de: “Si estamos todos juntos acá es porque tenemos el mismo nivel”.

-Perdoname, pero el que entra con 99 de puntaje no está al mismo nivel del que entra con 53 -dijo una que entró con 99.

-Hay cosas que no se pueden preguntar entre estudiantes terciarios -agregó otra.

Hubo otros que directamente se rieron bajito y asintieron con la cabeza. Los más, dejaron que la batahola se resolviera por sí sola.

-De última, los verdaderos responsables son los que hicieron un exámen de ingreso lo suficientemente indulgente como para que entrara esta australopithecus -dije yo. Pero lo dije mientras conversaba en casa, con mi vieja. Porque no soy tan boludo y la bruta me sirve para no tener que hacer la cola en la fotocopiadora y cosas de esas.

Y es entonces que se aparece mi pregunta preguntona del día: ¿Le hace bien a una persona de tan escasos caudales intelectuales, que alguien la defienda a la voz de “estamos todos en el mismo nivel”? ¿No es acaso condenarla a inmolarse a la hora de la verdad?

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No, no, de fuchibole no, nada. No, no, no, no. Cuando se vea si entramos al mundial o no, despliego todos los hechizos literarios a ese respecto, pero antes, no. Y disculpen la larga ausencia pero es que no tengo PC andando en casa, y estuve entregando cosas de parciales y eso. Y otras cosas. Pero considerando que el tipo trabaja, estudia para ocho materias al mismo tiempo y además ama…

Ustedes saben (porque me conocen, porque leen este sitio web en lugar de estudiar algo o hacer esa cosa para la cual sus empleadores les pagan) que mi salud sabe ponerse bastante precaria cuando quiere. Resulta difícil de creer para cualquiera que que observe mi masculina y muscular figura, y mi gruesa anatomía genital, que yo sea, en realidad, alérgico a los cambios de clima. Pero soy, soy. Soy asmático y muy alérgico al cambio de clima. Y funciono (ya he dicho esto una docena de veces) como una suerte de detector humano de las más breves variaciones climáticas. Puesto de otra manera: vengo a ser una de esas virgencitas (o fragatitas) de plástico mágico que cambian de color y se ponen rosadas o celestes dependiendo de la humedad y la presión atmosférica. Pero con unos pectorales y unos bíceps para nada virginales… jajajaja… mas bien satánicos, como el báculo que oculto debajo de mi falda… jajaja. ¿Entienden? Jajajaja… Si… Estoy seguro de que se entendió.

Bueno, eso. Esta cosa de frío extremo, calor brutal derretidor y lluvia granizante todo junto en menos de cuarenta minutos fue sobradamente percibida por mi organización psico-física y me hizo resfriar, dolordegargantear, delirar febrilmente y otras yerbas. Sumado eso al hecho de que tengo un alumno con gripe achanchonada, bueno, creo que llegó la hora de decir adios a mis sueños esos de –una vez hecho el trámite de la jubilación- salir de madrugada con un tractor y una escopeta a limpiar villas. Si ven que no escribo por muchos años es porque me morí. Y si ven que empiezo a escribir más seguido es porque me echaron del laburo, cosa que aún no sucedió y que me tiene preocupado. En una de esas me echaron pero sigo cobrando por un error administrativo y nadie se anima a decirme que no tengo que seguir yendo a dar clases.

Pero de lo que quería hablarles en realidad es de una nueva situación de las que alteran el equilibrio del cosmos, ustedes saben. Cuando alguien me hace algo que no me gusta y yo no descanso hasta que se la hago pagar. Alguien diría que soy rencoroso y vengativo y que estoy lleno de una sed sádica de sangre sólo comparable a la de dos o tres dictadores africanos, pero ese alguien obviamente no sabe nada, porque los nacidos bajo el signo de Libra somos todos indecisos y armonizadores, o al menos eso dice un calendario que me dieron en el tren. Ya supe vengarme de una panadera estafadora (vean el archivo) y de un heladero estafador (vean el archivo, les digo) y de un mozo parecido a Alfred Molina, y de alguno más, pero ahora le toca a la mina que me atendió en la librería ayer. Y hoy. Para imaginarla físicamente, recurran a una Alejandra Gavilanes pero petisa, rechoncha y muy venida a menos, operada de quistes, con dos hijos, el pelo atado en una cola de caballo florecida, un fibroma benigno no diagnosticado y la expresión de quien, en algún momento de la niñez, fue dejada en un auto cerrado al sol durante un viaje al supermercado que se estiró mas de la cuenta.

Resulta que yo, que soy más especial que muchos, uso lapicera a cartucho, de pluma. Sí, de las que te hacían usar otrora en la escuela primaria. Las razones son más bien caprichosas (mi caligrafía es bella, bella) y obedecen más a la ceremonia y al color carácterístico de la tinta, sumado al hecho de que sólo con una pluma uno puede regular el trazo como Dios manda. Supe tener varias a lo largo de mi vida, más introducido en la docencia me decidí a recuperar el hábito y comprar una que fuese “la titular”. Entré entonces a una librería a la cual voy muy ocasionalmente (y a sacar fotocopias nada más), con la intención a cuestas.

-Tenés esta (una marca Simball de $13) y si no tenés también éstas (unas marca Mapped de $15) que andan muy bien –dijo la mina que me atendió, obviando las Parker de $60 que yo de todas maneras no iba a comprar porque en la puta vida salí con mas de treinta pesos a la calle.

Yo miré y le tuve más confianza a la Simball, únicamente porque el plástico se me hacía más simpático y porque las Mapped eran del tipo “poco serio” o infantiloide: cortas, transparentes y medio infladas con intenciones anatómicas. O masturbatorias. Digo yo, no sé. Qué se yo. Si fuera mina yo lo haría. No sé. No me hagan caso. La cuestión es que la Simball, además, era azul y amarilla. Como Boquita. Como Román.

-Bueno, me llevo esta -le dije desenfundando la billetera. Y pagué.

Ahora, si quieren, podemos adelantar la película hasta la parte en quele puse cartucho, y seguir adelantando hasta ese momento en el que la saqué para tomar lista y le salía tinta por todos los poros, o al menos eso parecía. Pañuelitos descartables mediante, la limpié de todo excedente y la dejé en condiciones de seguir operando. Con las manos manchadas de tinta seca, tuve que repetir la operación dos horas después. Cambié el cartucho (que prácticamente se había vaciado en mis manos) por si acaso, más al llegar a casa (ya de noche, muy de noche) lo mismo sucedió. Desalentado, me preparé para hoy llevarla a cambiar por otra igual, pero que anduviese, o por otra cosa. Y esto fue lo que pasó hoy:

Entra un muchacho apuesto a una librería, y tras saludar amablemente, dice:

Mantis: -Tuve un problemita con la lapicera, no sé que le pasará pero suelta tinta por todos lados.

Dependiente (echando mano de un trapo y un recorte de papel): -A ver, dejame probar…

La dependiente limpia la lapicera y comienza a hacer líneas en el papel.

Mantis: -No es el problema cuando escribe, sino cuando la dejás un rato.

Dependiente (haciendo palotes en el papel, ignorante de que la lapicera de tinta no tiene como objetivo el hacer, precisamente, palotes): -Yo no veo ningún problema

Mantis: -Es lo que te estoy diciendo: lo que es escribir, escribe bien, no hay problemas con el trazo ni nada de eso. Pero ya me pasó eso tres veces ayer, obviamente tiene algún problema.

Dependiente: -Vos me estás diciendo una cosa, pero yo te digo otra cosa, y vos me volvés a decir la misma cosa.

Mantis: Me estás hablando como si fuera un cangurito con síndrome de down en una heladería. (todavía no sé que le quise decir con eso) La máquina que las fabrica escupe veinte de éstas por minuto, una de cada mil sale fallada porque a la máquina de le mueve un milímetro para el costado y bueno, me tocó justo esa. Devolvésela al proveedor: la lapicera está intacta, no se me cayó al piso ni nada. Me animo a decirte que llegué a usarla nomás para pasar lista.

Dependiente (haciendo palotes): A las pruebas me remito. Yo te estoy mostrando que la lapicera escribe.

Mantis (mirando el reloj): -A ver… gracias a Dios mi problema no son los trece pesos de la lapicera, pero tenía que venir para acá de todas maneras y pensé en devolvértela porque no me anda bien. Una lapicera que vomita tinta a los veinte minutos de estar tapada o sin usarse no me sirve.

Dependiente: -Pero si anda bien, no sé que querés que haga…

Mantis (conteniendo las ganas de decir cosas como: “escuchame flaca, ¿tus viejos son primos?, o “A vos de chica te juntaron las vacunas, ¿no?”): -Bueno, entonces, si anda bien, cambiámela por otra igual. Otra idéntica, de cualquier color, de la misma marca.

Dependiente (haciendo palotes): -Vos querés que te la cambie, pero anda.

Mantis (con los huevos llenos): – Listo, no hay problema, gracias igual. Te la dejaría a la lapicera, pero mejor me la llevo para que no se la vendas a otro desprevenido.

La librería (que no es nueva) queda sobre la calle Carlos Casares, en una esquina, justo frente a la escuela nº 37, a media cuadra de la escuela “Hernadarias” donde supiera hacer yo mi secundario. Y ahora es que yo les comento a ustedes las posibles venganzas (algunas son clásicas de este blog), que se llevarán a cabo dentro de algunos meses, cuando todo se haya olvidado. Lo decidiremos como siempre, de acuerdo al procedimiento democrático que nos caracteriza: ustedes votarán y yo luego obraré de acuerdo a lo que diga el “boca de urna”, a menos que me guste más otra opción y termine eligiéndola por decreto.

1) La del solvente. En unos estantes del local (que no es precisamente enorme) hay carpetas descartables, folios y esas cosas. Yo voy, me hago el que miro y le encargo fotocopias de algo al dueño. Mientras éste saca las fotocopias, vacío un frasco que quitaesmalte sobre los folios y carpetas, arruinando toda superficie plástica. Para cuando se dio cuenta, me fui.

2) La de los Kirchner. Ahora que está de moda, bueno sería que yo, aerosol mediante, pintase en la vereda del local algo así como “el dueño de esta librería es un ex-torturador de la ESMA”.

3) Mierda. La mierda tiene ese “no-se-qué” que la hace siempre recomendable. El olor, probablemente. Olor a mierda. Paso bien temprano y le lleno de mierda todos los candados y manijas, las rejas, etc.

4) La de la carta intranquilizadora: Un papel escrito con letritas pegadas al estilo “secuestrador” de las películas. Se me ocurrió la siguiente frase:

“El lado negativo de negarte a cambiarme la lapicera fue que ahora vas a tener que dormir con la persiana baja para que nadie que te cague a tiros en la concha con una carabina, ¿no? Estás marcada, putita, y después de lo que te voy a hacer me vas a pedir que te mate”.

5) La del ácido muriático. Compré un montón de ácido muriático para curar un piso de baldosas de teja pero me da fiaca hacer el laburo. No sé cuantas precauciones de lavado y manipuleo hay que tener antes de usar ese coso que parece ser más dañino que una empanada de ántrax, por lo que imagino que no le haría nada bien a nadie que yo me pusiese a vaciar ese tacho contra las instalaciones del local, entrada la madrugada.

6) La de los balazos. A diferencia de lo que se ve en las películas, lo cierto es que prácticamente cualquier munición calibre 9×19 (9mm) tiene muy poco problema a la hora de traspasar cosas como, por ejemplo, una persiana metálica. Yo paso a la noche y le pego tres o cuatro balazos, cosa de arruinar los cristales de la vidriera y costarles más de trece pesos. Bonus sería darle a la fotocopiadora, supongo.

Voten. Pero la pregunta polentosa del día es: ¿Vieron que hace una semana al medallista-de-oro-olímpico-argentino en ciclismo lo agarró la gendarmería y no sólo lo cagó a palos (junto a sus compañeros) por andar en bicicleta en la autopista, sino que también a algunos les rompieron las bicicletas?

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