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Archive for 30 abril 2007


Eso fue lo que escribí yo en Google (sábado a la mañana) a fin de encontrar el camino más directo o un colectivo que me llevase. Me hallaba en Retiro y como no sé viajar desde Capital hacia ningún lado, espero que el dato le sirva a todos los que estén la misma situación. Terminé usando el subterráneo, pero sólo porque se me escapó el colectivo 152, que pasaba por la puerta de mi trabajo y me dejaba en la puerta de la feria.

Y llegué. La experiencia da para varios artículos, pero prefiero escribir uno que vaya actualizándose en los comentarios, que hoy van a funcionar como un chatroom, si bien no es lo que más me gusta. Pregunten lo que quieran saber, que la seguimos ahí.

Cosas que compré:

-El libro del Sr y la Sra Rispo, de Diego Parés.
-El futuro de Dilbert
-El principio de Dilbert
-Mafalda #1 (Quino no me la quiso autografiar)
-El libro de Clemente (Caloi me lo autografió, le dibujó un Clemente y me dijo que “Caloi en su tinta” vuielve en agosto, por canal 7 probablemente si todo sale bien. Por un instante tuve nueve años otra vez, y fui feliz.)
-Un libro llamado “Un osito en la basura”. Tiene ilustraciones al estilo Sergio Kern, y estaba de reoferta. Algún día tendré hijos y me servirá.

Cosas que ví:

-A Telerman, que casi nos lleva por delante (a mí y a mi novia). Está hecho percha y parece de sesenta años.
-A Giordano y a Teté Coustarot en un tristísimo desfile de moda con personajes de historieta.
-Al editor de Quino, que es un viejo puto que no me hizo la segunda.
-A la editora de Quino, a quien confundí con la esposa y que tampoco me hizo la segunda.
-A Quino, a quien saludé respetuosamente porque, la verdad, está viejito y me dió cosa insistirle con eso de “me lo compré y me lo firmás”.

Cosas que hice:

-Presencié la siempre recomendable presentación de una nueva edición del Facundo y le hice al ilustrador una pregunta que no supo responder y me dió a entender que es medio salame y en una de esas no se leyó el libro entero, sino que le dieron un resumen y entonces me arruinó la verdadera pregunta que iba a hacerle. Punto.
-Miré a los narradores de todos los años y disfruté de un mexicano. Eso sonó mal. El mexicano era bueno con la lengua. Eso fue horrible (Nota mental: editar antes de publicar este artículo).
-Me tomé dos Fernet porque eran gratis y me dió dolor de panza.

La cuestión es que tengo entradas gratis y mañana vuelvo a ir, y voy a estar en la cola para que Quino me firme la Mafaldita. Si ven a un tipo de casi dos metros, anteojos y remerita marrón, probablemente sea yo.

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Hace un mes, creo, no sé… la cosa es que Boca y River empataron 1 a 1 en lo que se reconoce como “El Superclásico” del fútbol argentino. No vi el partido porque ando medio aburrido del fútbol, pero pude enterarme de que fue la primera oportunidad en que las entradas para el evento se pusieron a la venta electrónicamente. O mejor dicho: se vendieron por teléfono y revendieron por internet. No sé, dicen que eso evita los inconvenientes de los hinchas y simpatizantes que ocasionan disturbios al quedarse sin entradas, y a quienes siempre envidié eso de contar con empleos que les permiten faltar dos o tres días para asistir a un evento deportivo.

Lo fantástico del asunto es que hay gente dispuesta a pagar mucho dinero por ver el Superclásico, incluyendo turistas desorientados y fervorosos adinerados. Se habló de aproximadamente 300 dólares por algunas entradas, lo cual me parece una bestialidad de dinero que yo jamás consideraría gastar de esa manera, a menos que se me permitiese jugar de titular y patear los penales. Pero estamos hablando de fanatismo. Muchas de las personas que consideran “enfermos” a quienes invierten esa clase de dinero en veintidós tipos corriendo detrás de una pelota no lo piensan dos veces antes de comprar dos entradas para ver a Chayanne en su último espectáculo. Entradas de 200 dólares. Y no, no vienen con una guitarra incluída.

La cuestión es que leyendo noticias viejas me enteré de que algunos viernes atrás se realizó en Los Angeles una subasta de las tantas que se realizan entre fanáticos de objetos relativos al mundo del cine, pagándose 125.000 dólares por un traje de Alien, 40.000 por un sable jedi, 115.000 por un traje de Superman, 63.000 por el traje de Batman que usó Val Kilmer y un montón de otras cosas más.

El fanatismo es cosa seria, claro está. Por eso Ronaldinho embolsa aprox. 25 millones de dólares al año. La pregunta es: ¿Qué ítem querría usted tener en caso de poder elegir uno, sin preocuparse por el dinero?

Personalmente, creo que yo me quedaría con el mapa del tesoro del tuerto Willy utilizado en The Goonies, o un uniforme del Cobra Kai de Karate Kid. Pero… ¿Y que me dicen de la espada de William Wallace? ¿El bastón de Chaplin? ¿La pistola de Stallone en Judge Dredd? ¿O el Magnum de Harry el Sucio? ¿La billetera de Samuel jackson en Pulp Fiction o la espada de Uma Thurman en Kill Bill? ¿Y por qué no el maletín lleno de armas de Desperado, aunque la película haya sido mala como tener siete años y reventar a tu gatito de un codazo cayéndotele encima mientras aprendías a andar en bicicleta?

Me quiero ir a vivir a PetraMiento. Me quedo con los pantaloncitos que Apolo le regaló a Rocky. O algo de Indiana Jones. No sé… la verdad es que no me molestaría sentarme a cenar todos los días y comenzar diciendo algo así como: -Me costó dos mil pesos , pero… “esta es la copa de un carpintero…”. Creo que la llevaría incluso cuando fuese a un restaurante, para que después de verme probar el vino un mozo me respondiese: “Tú escogiste con sabiduría”.

No podría cansarme de ello. Nunca. Nunca, nunca, nunca.



*Es obvio que si The Police viene a la Argentina el precio de las entradas será prohibitivo al punto de que los únicos capaces ir a verlos serán un montón de “palermogólicos” que lo harán nomás para poder decir que vieron a The Police.

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No es que me esté quedando corto de ideas, sino que el título hecho me hace sentir como debe sentirse cualquier periodista importante de televisión, de esos que cobran por sentarse frente a la potátil y fingir seriedad. Y en Damos Pen@ pasamos de un crimen al otro. Hace cosa de diez años, un muchacho llamado Fabián Tablado asesinó a Carolina Aló (su novia) mediante ciento trece heridas, entre cortes y puñaladas. O quichicientas, que es casi decir lo mismo. El tipo agrarró tres cuchillos y un formón de carpintero y le dio hasta acalambrarse, lo cual resulta entendible siempre y cuando uno esté medio piricucú. Ahora resulta que a este tipo piensan beneficiarlo con “prisión atenuada”, lo que viene a ser un régimen carcelario más flexible en una prisión “semiabierta”. Como dato agregado diré que la chica realizaba sus estudios secundarios en el colegio Marcos Sastre (al que asistió mi viejo y casi yo) y terminó siendo enterrada en el cementerio de San Fernando. Sí, el de mi barrio. En el que están mi viejo y la totalidad de mis parientes muertos.

Hablando en serio, no entiendo cuales pueden ser las razones que lo lleven a uno a matar a alguien de tantas puñaladas. Yo me cansaría. Además, sería cosa de negros, digo… a lo sumo, si la idea mía fuese el enviar al mundo el mensaje: “cowabunga”, creo que lo haría de otro modo. No obstante reconozco que me encuentro estrenando zapatos y el dolor es tanto que de ratos siento ganas de pegarle un rebencazo en la boca a alguien, pero me contengo. Supongo que la motivación pasa por otro lado: dicen que el crimen fue pasional. Y mi trabajo y responsabilidad es entender al asesino. O intentarlo.

Algo que conseguí tras ponerme a pensar a mi manera durante un rato es lo que denominaremos “Escala Evolutiva de la Puñalada”. Porque tenemos que ponernos de acuerdo en algo: no todas las puñaladas deben haber significado lo mismo en el corazón (el espíritu, si quieren) del asesino. Hay quienes prefieren vírgenes a sus amantes, quienes las prefieren experimentadas y quienes se contentan con no ser el primer hombre, sino el último. Los fumadores me dirán desde su experiencia que la primera pitada del cigarrillo es la más placentera; yo diré que la parte central de cualquier sánguche es la más rica, o que la punta de la porción de pizza se disfruta de un modo muy diferente al resto de la porción, siendo la más anatómicamente comestible. La primera puñalada necesariamente fue diferente a la última.

Entonces:



Puñalada 1: ¡Tomá!
Puñalada 2: ¡Quedate quieta!
Puñalada 3: … ya está… descansá en paz…
Puñaladas 4 a 6: ¡¡Ahh!! ¡Pelotuda, me asustaste!
Puñaladas 7 a 9: Listo…
Puñaladas 10 a 23: ¡Que te quedaras quieta, te dije, la puta que te parió!
Puñaladas 24 a 30: Oh… Dios mío, (soltando el cuchillo) ¡La maté! La mateeeeeé!
Puñaladas 31 a 35: Bueno… (recogiendo el cuchillo) preso voy a ir de todas maneras
Puñaladas 36 a 40: Me pregunto cuan preso podría ir…
Puñaldas 41 a 64: Boooriiiiinng…
Puñaladas 65 a 79: (al romperse un cuchillo) Me pregunto si no debería parar…
Puñaladas 80 a 90: ¡Se me están marcando los bíceps ¡Dos novias a la semana y no tendría porqué ir al gimnasio!
Puñaladas 91 a 94: Che, soy bueno en esto… no era tan difícil
Puñaladas 95 a 100: (cambiando de cuchillo) En una de esas, si me paso bien de loco me declaran inimputable
Puñaladas: 101 a 112: Estoy haciendo un chiquero, Caro se va a enoj… ah, ¡Cierto! ¡Qué boludo! ¡Jajajaja!
Puñalada 113: Uy, mirá la hora que se hizo…



Lo curioso es que según parece, el tipo intentó apuñalar a un compañero de presidio y amenazó de muerte a su actual pareja. Los peritos psiquiátricos definieron a Tablado como “una persona intratable y que no se adapta a un sistema social”. Me pregunto cuando ganan al mes. El padre de Carolina Aló afirmó también que hay cartas escritas por Tablado con frases como “matar no es fácil, pero cuando ya tenés una muerte es una adrenalina que tengo que volver a vivir” o “estoy en la facultad del crimen y voy a salir un criminal perfecto…otra vez no me voy a equivocar”.

Sabido es que mi idea del gran criminal libre a pesar de la evidencia es Madonna Quiroz, quien salió hecho un héroe de su ratito en prisión tras haber abierto fuego contra una multitud. Se podrá decir en el más benévolo de los casos que Madonna Quiroz actuó también en un estado alterado de conciencia, sumido en la emoción violenta… Que Madonna haya errado los tiros y tenga cargador chiquito no lo hace una persona más buena que Fabián, quien de seguro erró un montón de puñaladas y cuya munición invertida se mide únicamente en calorías gastadas.

No es que quiera en libertad a Fabián Tablado; quiero inyección letal (y de ser posible en la chota) para semejante enfermo. Pero fue preso Tablado, fue preso el “tirador loco de Belgrano”, irá preso Carrascosa, irá preso el policía que despachó a Fuentealba y de no haberse suicidado, habría ido preso el coreano de la masacre en la Universidad de Virginia.

No sé a ustedes, pero a mí, estas cosas me hacen creer que en realidad se está premiando la incompetencia. Podría haberla pisado con el auto para evitarse problemas, sí, obvio. Pero no podés estar en todas.




Hagan el favor de pasar por “La verdad es Podeti”, mi nuevo blog especialmente orquestado para que la pasemos bien los habitués de “Yo contra el Mundo”.

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Viernes último, 20 de abril. Para festejar el éxito de algunos proyectos laborales era menester que los elementos más directamente involucrados en el asunto nos diésemos a festejar en un precioso salón ubicado en el subsuelo de un establecimiento de esos que abogan por la cultura del vino y venden vino, sirven vino, coleccionan vino y –doy por sentado- cuentan con empleados que sueñan con vino y hablan en vino. Por si les interesa y saben ubicarse, diré que queda ubicado sobre la Avenida Alem al 800, casi frente a las torres “Catalina” y el edificio Carlos Pellegrini.
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Pero la reunión era a las seis de la tarde, y apenas eran las tres cuando yo me encontraba ya libre de polvo y paja. En casi todos los sentidos. Algo así, no sé. No elegí la mejor de las expresiones. En fin, volverme a casa a dormir y olvidarme de todo era una de las opciones; la otra: vagar como Michael Landon en “Camino al Cielo”, y hacer tiempo durante tres horas, pero sin el cáncer. Opté por esta última y recorrí buena parte del microcentro mirando vidrieras, alarmándome con los precios para turistas en las regalerías y metiéndome de a ratos en los videojuegos y librerías. A eso de las cinco de la tarde ya nada más que hacer tenía, por lo que decidí buscar un lugar (cercano al “borrachódromo”) en el cual sentarme a esperar con la mirada perdida. Además, afuera y junto al río estaba comenzando a soplar un viento frío y estaba oscureciendo. Sí, así de divertido soy. El lugar elegido fue un bar con aspecto antiguo y no muy aprobado bromatológicamente. Se come más rico en ellos.
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Pero antes de entrar, mi tacañería me hizo revisar las posibilidades comestibles y sus precios. Me concentré en estos dos elementos:
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Gaseosas: $3,5
Traviatas: $3,5

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Mozo Chorro como pocos, no lo conozco, no lo soporto. Stop.En mi billetera tenía un “ticket restaurant” de siete pesos, por lo que ni siquiera debería gastar dinero real, lo cual me llenó de goce. Sólo la propina, y si era necesario. Me regocijé. Entré y -tras descargar mi mochila sobre una silla- hice mi pedido. El mozo es era un tipo con cierto aire a un Alfred Molina apenas más joven, pero mongoloide. Pantalón de vestir y camisa verde-agua. Las otras mesas estaban vacías, de no ser por una que ocupaba una morocha a mi costado y otra al fondo, escogida por un señor de traje gris, parecido al periodista Walter Nelson. Nótense todas las precisiones que estoy dando.
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La orden llegó rápidamente. ¿Cuánto trabajo podía costarle al tipo poner tres o cuatro fetas de jamón y queso entre dos galletitas de agua y buscar una botella? Comí todo con entusiasmo, deleitándome ante las impresiones digitales del mozo sobre el queso. Realicé algunas anotaciones en mi agenda, corregí algunas notas de La Tierra Interior y faltando quince minutos para las seis pedí la cuenta.
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Ahora bien, para entender lo que presentaré a continuación es necesario que yo haga hincapié en algo de lo que supe hablar en anteriores ocasiones: resulta que (algunos de ustedes ya lo saben) tengo mucha cara de estúpido, ingenuo e inocentón. De inocentón tonto, muy tonto. Soy un pichón de esa cruza entre inocencia y niñez que disimula mi edad a niveles escalofriantes a pesar de mi gran tamaño. A veces me miro al espejo y me entristezco. Me digo: “Viejo… no puede ser”. Pero es. He utilizado este recurso a mi favor en muchas ocasiones y no lo cambiaría por nada del mundo, lo reconozco, pero a veces fastidia. Los anteojos no ayudan.
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-Ocho pesos –dijo el mozo parándoseme al lado.
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Fruncí el ceño. El muy bastardo me estaba cobrando la propina, o aprovechándose de que no le pedí la carta al sentarme. Durante mi ratito en la gastronomía presencié todas esas faltas de respeto y otras iniquidades humanas que mejor ni contarles, pero no quise hacer escándalo. Esa propina impuesta sería todo lo que ese tipo recibiría de mi parte, y me encargaría de hablar pestes acerca de ese establecimiento de allí a la hora de mi muerte con cuanta persona se me cruzase, denostándolo también en todos los foros gastronómicos a los cuales pudiese tener acceso. Se me hizo como un trato justo, de cristiano sabio. Entonces le di el vale alimenticio más un billete de $2. Me dio $1 de vuelto. Lo guardé.
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-¿Me hacés un ticket? –pedí. Pero no le quité los ojos de encima, porque resultaba evidente que para hacerme la factura iba a tener que inventar algo. Lo que suele hacerse en estos casos es hacer una factura por el importe total, sin especificar. Contaba con que hiciese esto, pero el tipo me sorprendió, ya que caminó para atender a otro cliente (o simuló hacerlo) y nunca se dirigió a la caja registradora. Yo también actué, como si estuviese distraído resolviendo asuntos laborales importantes. Hasta saqué el celular y puse cara de: “estoy en otro mundo”. A él, le debe haber parecido más cara de: “retardado en otro mundo”. Tras demorarse un rato entre las mesas a mis espaldas, apareció con un ticket por un total de $9. Nueve pesos.
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-¿Y esto que es? –pregunté.
-El muchacho (un hombre de sesenta años, mínimo; probablemente el dueño) se equivocó y facturó nueve, pero es ocho –me respondió.
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Me horroricé. La idea de que podía estar luciendo especialmente estúpido esa tarde se clavó entre mis costillas con violencia, como un lanzazo. ¿Sería la camisa? ¿Los zapatos nuevos? Diablos, iban a estar todos los jefes en esa reunión, y yo iba a llegar viéndome como Nicole Neumann después de un accidente cerebro-vascular. Miré la hora en el ticket. Había sido impreso a las 15.13 hs. Miré mi reloj: 17.50 hs. Era momento de ver cuan cristiano podía ponerme antes de romperle el boliche y que me viniese a buscar un patrullero.
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-¿Me hacés un ticket, por favor? Te confundiste (soy un dulce) y me trajiste un ticket de otro, fijate la hora…
-…
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El tipo fue, y finalmente se escuchó el ruido de la registradora, previa conversación entre murmullos al oído del viejo y un señalarme con un gesto que fingí no ver. Recibí entonces un ticket que denunciaba un total de $8 abonados en efectivo, al mozo #4, a las 17.55 hs. CUIT 30595370503 perteneciente a LEGARES S.R.L., con domicilio en Leandro N. Alem 1028. Nótese que sigo dando precisiones y que anoté todo porque sabía (intuía) que esto terminaría en un artículo damospeniense o una causa penal y mucha sangre en mis manos.
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Pero no podía marcharme así nomás. Ustedes saben que mi idea de la justicia y su directa relación con el equilibrio cósmico me llevaron otrora a desquitarme con una panadera piola y con un heladero estafador. Pero a estos tipos quería incendiarles la barra. Cargué mis cosas en la mochila y me dirigí al baño, ubicado al fondo del local, escaleras arriba. Tras hacer pis y procurarme prolijidad ante el espejo pensé en arrancarle el inodoro. Honestamente. No lo hice porque imaginé que me mojaría todo, amén de contagiarme cualquier podredumbre. Entonces, mientras salía, encontré la solución. Detrás de una puerta entreabierta en una habitación lindera, descansaba el depósito de bebidas. Nadie miraba, nada de cámaras. Robarle algo sería una buena forma de educarlos, y tras asegurarme de que nadie me estuviese viendo manoteé de un cajón una botella de gaseosa. De las de vidrio, retornables, de 350 c.c. Y otra. Y otra. Y otras. Siete en total. No entraban más en mi mochila y creo que desarrollé una hernia de disco en los metros que recorrí cargándolas hasta la calle.
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Finalizaré el relato diciendo que dos linyeras cartoneros y un nenito parecido a Chinchulín saciaron su sed, siempre bajo la condición de que me prometiesen agradecerles (y devolverles las botellitas junto a la factura de $9) a los señores del café de la otra cuadra, que habían sido tan atentos y generosos. Luego me dirigí al evento en la vinería y me deleité con unas tablas de quesos, fiambres, galletas y panes verdaderamente deliciosos. También conocí al jefe del jefe de mi jefe, quien resultó ser un señor joven con el que había conversado algunas veces, que siempre me había caído bien y con el que nunca había, por fortuna, dicho ninguna barrabasada del tipo: “si esta fuera una empresa seria, la máquina de golosinas tendría salamines de vez en cuando”. Porque le digo eso a casi todo el mundo.
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La séptima botellita pasó la noche en mi heladera, por supuesto. No voy a abrirla nunca, porque no la robé con otro motivo que no fuese la justicia: va a quedarse así para siempre. Imagino que le otorga a esta anécdota una inmortalidad modesta, única clase de eternidad a la cual tiene acceso el hombre común por estos días.

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El otro hecho ultra-violento del cual hablaba anteriormente es todo eso de la muerte de la señora esta, García Belsunce. Son pocos los que desconocen en su totalidad lo sucedido (probablemente extranjeros y ermitaños), por lo que me limitaré a darles a ellos el siguiente resumen:

You know you want me...María Marta García Belsunce era una señora de country (vicepresidenta de Missing Children y miembro de algunas otras causas caritativas) que supo morirse hace cosa de cinco años. ¡Dejé un pastel enfriándose en la ventana!Apareció tirada en el baño de su lujosa casa, y si alguien me pregunta, diré que estoy seguro de que en la cama no le llegaría ni a los talones a Nora Dalmasso, nuestra vieja yegua y orgiástica de barrio privado, también caída en cumplimiento del deber. Una de mis diversiones de estos últimos días consiste en comparar las fotos que los medios utilizan para ilustrar las notas referidas a ambos crímenes. Es como comparar un episodio de Wild on E! con un comercial de alimento para perros protagonizado por Mónica Cahen D´Anvers.

Obviamente, en su momento, los médicos menos deseosos de que sus almas ardiesen eternamente en el Infierno se opusieron a firmar un certificado de defunción que avalara la versión de los hechos presentada por la familia de María Marta García Belsunce, que fue la siguiente:

1_Ese día hubo mucho viento en Pilar.
2_El viento abrió una ventana que golpeó a la señora en la cabeza.
3_La señora cayó y se golpeó nuevamente la cabeza, contra la grifería en esta ocasión.
4_Se llenó todo de sangre.

Y la señora entonces se murió. Eso pasa por bañarse sin quitarle el cargador a la jabonera, sabiendo que vivimos en una sociedad violenta. Cinco balas calibre 32 largo le entraron a esta mujer en la cabeza. Una sexta bala la rozó, pero para ese entonces la canilla ya había saciado su ira. “Paro cardiorrespiratorio post traumático”, dijo alguien de la funeraria. Y sí, debe tener razón el tipo, porque al tercer o cuarto tiro en la cabeza yo también medio como que me asustaría y sufriría un infarto para no presenciar el momento en que el toallero se dispusiera a abrirme con un cuchillo para devorar mis entrañas mientras mi corazón todavía late. Creo que hasta caca me haría.

Algunos hablan de crimen pasional, pero María Marta (permítaseme el exceso de confianza al referírmele con fines narrativos) despertaba tanta pasión como un bidón de nafta. Cualquier hombre sabe que una mujer tan involucrada en la caridad no puede generar nada salvo ciertas ganas de suscribirse a los servicios premium del cable. En cualquier caso, lo que hace la muerte de María Marta algo interesantísimo es el conjunto de payasadas que se van destapando a medida que pasa el tiempo. Sin embargo, nada parece bastar para que se condene de por vida al principal sospechoso, que no es otro que su marido: Carlos Carrascosa, quien sin nada mejor que hacer, acusa una y otra vez a un delincuente de los cuantos que tiene el country, llamado Nicolás Pachelo, cuya madre terminó suicidándose y a quien sólo le resta confesar algo así como: “Yo tengo muy en claro a quienes bajé y a quienes no, pregúntenle a los diputados para los cuales laburo”, para salvarse. De esta, al menos.

Entonces, insisto: lo que hace del asunto lo que es, es que casi toda la familia y el entorno cercano disimulan y disimularon el crimen convirtiendo todo en algo ridículo. Pedidos de cremación desesperados, excusas incomprensibles propias de quien miente por miedo a la mafia o pertenencia a la misma, y un circo inmenso al punto de que recién hace cosa de algunos días salió a la luz la particularidad de que al cadáver le habían cubierto los orificios de bala con pegamento, amén de super-maquillarlo. Por no hablar de la desaparición del famoso casquillo de bala al que todos se refirieron como “pituto”.

Yo lo entiendo a Carrascosa. De verdad. ¿Qué más podía hacer sino tratar de convencer a todo el mundo de que la muerte se debió a un accidente desafortunado? Lo quiero ver a cualquiera de ustedes tratando de explicarle al nene que “papá es un mantequita que no fue capaz de defender a mamá de la bañadera…”

Porque si el pibe es grande, te pierde el respeto. Y si es chico, no se baña más. Ni a punta de canilla.

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Los Estados Unidos de América se vieron nuevamente sacudidos por un hecho violento. Guau, eso sonó serio. Pongámoslo así: aproximadamente a las nueve de la mañana del lunes 16 un coreano de 23 años llamado Cho Seung Hui apareció armado en el campus de la Universidad Tecnológica de Virginia y liberó stress a la antigua: mató a treinta, hirió a quince y se suicidó. Dos horas antes, se había cometido también un doble homicidio, aunque todavía no se sabe si los episodios estaban relacionados directamente. Al momento no se conocen motivos para semejante comportamiento (los rumores hablan de que el asesino habría enloquecido tras hallar a su pareja en un acto de extrema infidelidad, por decirlo suavemente), pero creo yo que estar del tomate es un motivo tan bueno como cualquier otro y no debería de ser tan subestimado el aburrimiento o la inefable realidad de que el ataque se llevó a cabo en la Facultad de Ingeniería y Mecánica. Y todos sabemos lo que “Facultad de Ingeniería y Mecánica” quiere decir: StarTrek nerds. No digan que jamás sintieron ganas de ponerle una bala a uno de esos seres a porque no voy a creerlo.

¡No tenemos sexo desde hace ciento siete años triptulianos!Una de las cosas que más en claro me quedaron después de informarme un poco al respecto de lo sucedido es que los teléfonos celulares no responden cuando verdaderamente deberían. En este caso (si bien el Virginia Tech tiene algo que se llama “Superordenador System X”, capaz de crear algoritmos y simular el ciclo celular) las líneas colapsaron, y listo, los celulares no anduvieron. Más de uno le regala un adminículo de estos a su hijo de trece años y luego trata de justificar el disparate diciendo que “cualquier cosa, si pasa algo, me llama, así estoy más tranquilo/a”. Bueno, sí, está bien. A la hora de elegir ansiolíticos hay mucha variedad, y hay quienes prefieren orar o tomarse un te de tilo, pero lo cierto es que no supe de situaciones en las que un teléfono le hubiese salvado la vida a un niño, y a decir verdad, si yo fuera un chorro (léase delincuente), estaría feliz de saber que en las calles y paradas de colectivos hay tantos chicos portando aparatitos de cincuenta dólares o más. Serían mi blanco preferido, y de tanto someterlos algún demonio pederasta podría llegar a despertarse dentro de mí… ¿Quién sabe? ¡Me emociono de sólo pensarlo! El abanico de opciones es amplísimo. Pero ese soy yo, no me hagan caso.

Otro hecho que queda evidenciado es que el pavor es maravilloso desde su forma más pura e incorruptible. El terrorismo existe precisamente por eso: porque uno no puede evitar que el loco (bueno, loco en este caso, quizá un marginado social) ataque. Y cuando alguien está dispuesto a jugarse la vida en pos de lo que cree, lo único que queda es orar para que crea en algo inofensivo, o que sus intenciones no tengan nada que ver con uno. Conmigo. Yo, Andrés. Honestamente, no quiero morir.

Pero lo más entretenido del asunto (o al menos lo que no deja de sorprenderme) es que lo primero que sale a decir el brazo fuerte del papanatismo apátrida es que hay que controlar -y porqué no prohibir- la venta de armas a civiles. Este tipo de tragedias (ver “Y con esto le apuntas al que quieres que se muera”) siempre reabren el debate de todos y mucha gente sale a dibujar pancartas de amor y lágrimas con frases del tipo “las armas son malas” o “la televisión violenta está creando monstruos” o “los norteamericanos son todos pistoleros”. Qué se yo… digo, por ahí estoy siendo ingenuo, pero, ¿no es de papanatas creer que la violencia descansa principalmente en los permisos de tenencia y portación de armas de fuego o los videojuegos?

Si yo tuviese que matar a 32 personas y posteriormente suicidarme pero no consiguiese un arma legalmente, probablemente tendría un plan “b”, del tipo “fabricar explosivos caseros” y un plan “c”, del tipo “conseguir armas ilegalmente, sin pedir permiso” y un plan “d” del tipo “agarro muchos cuchillos” y un plan “e” del tipo “grito como loco, cazo un palo, le pongo un clavo en la punta y les voy pegando entre mugidos a los que corran más despacio”. El plan “f” sería “comer sánguches calentitos de mortadela y queso mantecoso mirando televisión y después dormir una siesta y pagar el teléfono y mañana ir a laburar, ¡cómo llovió ayer, che!”. Porque cuando no se puede, no se puede.

Una última consideración. Como dije arriba, todavía no se puede precisar, rubricar y firmar que el doble homicidio de las 7 a.m. haya estado relacionado con el desmesuricidio de las 9 a.m.

Entonces, imaginemos por un ratito que no; que fue casualidad: que el diablo sufre de hipo y Dios estuvo comiendo ajo, que se dieron dos casos completamente ajenos el uno del otro, que fueron dos los muchachos. Ahora, díganme si no sería lo más triste del mundo que el primer asesino hubiese matado para llamar la atención, pensando en que iría preso de por vida pero al día siguiente iba a ser el más famoso y temido en todo el campus.

Sería más triste que ser una mamá colibrí y encontrar muerto de frío a tu hijito colibrí con síndrome de down, quien en su primer viaje a solas se metió en el cementerio y se pasó toda la noche tratando de chupar néctar de unos claveles de plástico.

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26 La Misa

IgorUsted se despierta y no está en su casa actual, sino en la que habitaba antes de mudarse. Le pican mucho las manos, y al mirárselas cae en la cuenta de que de las mismas está brotando un líquido negro, muy espeso, como petróleo, si bien usted del petróleo usted no sabe nada porque sólo vio fotos y dibujos de las cosas que lo chupan en la revista Anteojito. Entonces llora, llora y se angustia porque está manchando las sábanas y su señora se va a enojar mucho. Pero su señora no lo escucha porque está afuera, regando las plantas. Sí, las plantas, esas cosas verdes hechas de pasto, como lechugas pero que no se comen.

¿No podés regar en otro momento? le dice usted con voz ronca, tratando de disimular el llanto. Pero ella le responde en un idioma que usted reconoce pero no entiende. Sí, adivinó, le habló en cetáceo la muy turra, porque sabe que usted lloró con “Buscando a Nemo”. Y usted entonces llora de nuevo. Y ella está gorda, porque ya no es más su esposa, sino su suegra. Y encima está vieja, como su suegra. Y como está igual a su suegra, usted no quiere saber nada y sale corriendo y llorando hasta que lo para la policía y le pide documentos. Menos mal que usted salió con los documentos. La cagada es que el líquido negro manchó la foto de una forma muy graciosa y lo hace parecerse a un Darío Grandinetti joven a pesar de que usted en realidad se siente más un Felipe Pigna viejo.

Entonces se le viene encima un peruano que regresa del mercado central en bicicleta, trayendo naranjas para jugo. Pero no es un peruano cualquiera: es de esos peruanos grandotes de los que hablaban en los noticieros hace unos años. Los peruanos gigantes: por eso salió corriendo el policía. ¡Frená o chocamos! le dice usted con voz de nena. Entonces el peruano gigante se pone como loco y amenaza con matarlo. Como no es ningún boludo, lo amenaza en cetáceo, que a esta altura del partido es el único idioma que usted entiende además del latín y el inglés. Usted no responde y empieza a recibir el castigo que se merece: el peruano ató las naranjas al semáforo como si fueran bolas de navidad, que a medida que maduran y se pudren le caen a usted sobre el marote. Usted se ha acobardado, o acorbatado, dependiendo de por donde se lo mire, porque el traje le queda bárbaro. El peruano, por otro lado, es un hijo de puta desde cualquier perspectiva, como ese compañero de trabajo gordo que no llega en hora y come productos de rotisería junto a la PC para que usted tenga que limpiar un millar de migas al otro día. ¿Será que en realidad juega a explotar empanadas metiéndoles petardos dentro? Habemus colesterol and diabetes jacta est –le dice usted al peruano, confundiéndoselo con el gordo-. A tu tirante epidermis le queda poco. Y sonríe.

¿Necesita que le diga lo que tiene que hacer antes de que se caiga la última naranja? Bueno, se lo digo: juéguele. El resto y un poco más, juéguele. Pida prestado y juéguele.

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*Este es el segundo de los artículos homenaje mencionados anteriormente.

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