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Archive for 31 diciembre 2007


Tal vez no todo tiempo pasado haya sido mejor, pero por lo menos, era tiempo… Mientras escribo estas líneas sin remitente aparente y la frente sangrante debido a las esquirlas que rasgan mi cuerpo, explosión tras explosión desde hace días, no puedo sino preguntarme, ¿Podría haberse evitado todo esto? El ruido de las sirenas es inconfundible, el olor de la muerte es innegable: ha llegado el fin de la civilización tal y como la conocemos.

ChinchulînDiego Golombek, director el laboratorio de Cronobiología de la Universidad Nacional de Quilmes e investigador del Conycet había sabido alertarnos, pero no lo escuchamos. María Daraio, una especialista en sueño del Hospital Italiano de Buenos Aires también quiso librarnos del mal que podía avecinarse, y ¡Rayos! Ninguno de nosotros fue capaz de hacer nada. Las autoridades estaban decididas a llevar a cabo su plan, jugando con fuerzas que les eran desconocidas. Se nos avisó acerca de los trastornos que podrían ocasionársenos, pero fuimos sordos… fuimos bestias directo al matadero. Fuimos lemmings de reloj, incapaces de hacer nada, quizá borrachos de festejos navideños; tal vez crueles alucinados.

Lo reconozco, yo también creí que no sería tan grave. Me dije a mi mismo: Me cagarán una hora de sueño del domingo, a lo sumo. Pero fue mucho más que eso. Fue el fin del principio del fin de la civilización tal y como la conocíamos.

El primer caso de desorden temporal grave y que llegó a los medios fue el de mi amo, y por eso es que esto se escribe. Andrés de gracia al nacer, en la red se lo conocía medianamente nomás a través de su nombre de guerra: “Mantis”, si bien hoy quienes lo recordamos nos referimos a él como al “Primer caído”.

Mi imaginación recrea una, y otra y otra vez la misma sucesión de hechos que los medios de comunicación repitieron hasta el cansancio, o mejor dicho, hasta que los casos comenzaron a ser incontables: Mantis, acostumbrado a tomarse el tren todos los días a las 7.00 hs. Había desarrollado, cual perro de Pavlov, la costumbre lógica de subir al tren a las 7.00hs. Mi amo era sensato. Pero cuando el horario cambió y los malditos relojes se adelantaron una hora, el pobre diablo terminó dándose de bruces con la realidad de que el tren de las 6.00 (que pasó a ser el de las 7 en este mundo nuevo, por lo menos mientras el sistema ferroviario todavía funcionaba) no pasaba sino a las 7.05, por lo que cayó a las vías sin remedio y luego debió aguardar aprox. 5 minutos ahí tirado, hasta ser arrollado finalmente por un maquinista piadoso. Un motorman que le arrebató ese infierno al que hoy todos los sobrevivientes del “adelanto”, cuales cobayos humanos, estamos siendo sometidos…

Para cuando quiso volverse atrás la gente ya había sido demasiado confundida. Imagínese quien lea estas líneas, entonces a un hombre que todos los días deja a su esposa en el trabajo a las 9.00hs. Cambia (retrocede) el horario, pero ellos no se dan cuenta, y ella termina teniendo que hacer tiempo en un bar cercano al edificio donde trabaja. El marido, que estaba haciendo trámites ahí cerca, pasa con el auto entonces a tomarse un cafecito, precisamente en el bar en el que sospechosamente su esposa se encuentra tomando un café. La mesita es para dos, y ella le hace señas al mozo, pero… ¿qué señas son esas? Puede ser que le haya pedido una Coca Light o que le haya dicho “No, no me traiga nada, estoy esperando a otra persona”… Y esa otra persona seguramente es ese compañero de trabajo que se separó hace poco y tiene una cara de ganas de culear que no se puede creer. Entonces, el tipo ante la duda, la mata por hija de puta y se suicida. Pavor, sí, pavor.

Eso que ustedes imaginaron, pasó. Todo pasa: ya no hay improbables ni imposibles. Los que no murieron en accidentes lo harán pronto, debido a que las horas de solo nocivo se confundieron al punto de que el hombre que no tiene cáncer de piel por tomar sol a destiempo es elegido por padres que entregan a sus hijas vírgenes a cambio de nada, contentos con sólo saber que sus nietos serán de “semilla fuerte y saludable”… las palermogólicas no lo entendieron, y hoy son tan sólo un recuerdo borroso… Es el fin de la civilización tal y como la conocemos…

Entre la desesperación del no saber el momento en que se vivía y la imposibilidad de determinarlo a través de los programas televisivos (cuando todavía se realizaban transmisiones televisivas) debido a que los mismos no tenían por ese entonces horario fijo sino que se estiraban de acuerdo a lo que el otro canal estaba mostrando (en feroz competencia por el rating y los anunciantes) y el oprimir un botón haciendo explotar los reactores en la Central Nuclear de Atucha I no pasaron sino algunas pocas horas. Y como ese: cientos de ejemplos, miles de anécdotas sueltas… anécdotas que lo certifican: es el fin de la civilización tal y como la conocemos.

Lo único que queda por destruir en esta parte del mundo, es lo que se está destruyendo. Ya no existe la creación en ningún sentido… Supuestamente, en las predicciones más optimistas se aclaró que el cuerpo humano se “acostumbraría” en unos cinco días aproximadamente. ¡Desafío entonces a cualquiera a vivir en ese vórtice, en ese agujero negro, esa forma inescrupulosa de existencia, llena de espacio pero absolutamente vacía de tiempo! ¡Cómo haríamos entonces para saber cuando habían terminado esos cinco días! En una de esas faltaba una hora y recién iban 4 días y veintitrés horas! ¡O aún peor: iban ya cinco días y una hora, y pasado el lapso estimado aún seguíamos sin poder adaptarnos! Nadie lo pensó… o todos lo pensaron… pero lo cierto es que nadie se hizo cargo. Los argentinos, inadaptados biológicos o no, dejaron de cobrar su “presentismo” y se dieron entonces a sucumbir irremediablemente. Como venados histéricos o lechuzas insomnes, como árboles faltos de sueño, como yogures hediondos pero atiborrados de fechas de vencimiento despintadas, contradictorias, indecisas…

Se escuchan pasos…. Siempre se escuchan pasos. No hay lugar donde esconderse, ni tiempos que esperar. Llevo conmigo el reloj pulsera de mi amo (ese día Mantis había salido nomás con el reloj del teléfono celular), y tan sólo gracias al mismo he conseguido escapar de la demencia. Pero es difícil saber que cada segundo que pasa puede ser de esta hora o de la anterior. O de la siguiente ¿Cómo saberlo? Aterra. Enloquezco poco a poco pero no temo. Aunque el tiempo ya no exista yo estoy decidido a sobrevivir… La rebelión, organizada desde Mendoza por ese grupo rebelde conocido como “Los Impuntuales” se hace fuerte entre los escombros, y lucha día a día, tratando de alcanzar esa primera quincena de marzo que podría devolverlo todo a la normalidad, o al menos, a todo lo que alguna vez fuimos como especie y como república. ¿Quién lo hubiera dicho? Si consigo llegar allí, o contactarme aquí con uno de sus miembros enviados desde Neuquén, mis posibilidades serán otras… sus puestas de sol cercanas a la medianoche los pusieron en ventaja: les dieron una oportunidad que en un momento habían llegado a ver como una herida propia del país que piensa y pensó siempre en porteño, solamente.

Los pasos se acercan. Detengo mi pluma con prisa pero no con miedo, sabiendo que mi vida es un bien escaso, pero que vale el tiempo que cualquiera pudiese dedicar a leer estas palabras.



Chinchulín.

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Este es un artículo que viene relacionado a uno que escribí hace tiempo y que no pude encontrar. Porque me puse a pensar en las razones más importantes, o mejor dicho, las causas fundamentales de que los padres dejen que sus hijos hagan cualquier cosa. Y la respuesta es esta: los padres dejan que sus hijos hagan cualquier cosa porque ellos mismos no saben que hacer, y en una de esas las criaturas aciertan. Porque muchos individuos se han vuelto ignorantes crónicos.

TituleteLa educación terciaria y universitaria privada algo de culpa tiene, siendo un circo responsable de muchas atrocidades intelectuales. Cualquier compra un título de cualquier cosa, y así, cuando querés darte cuenta, estás haciendo una supuesta carrera, con título, diploma y demás artilugios. Me incluyo: tengo hecha parte de una “carrera” de Profesional Gastronómico, cosa que en otra época se conocía como “cocinero”. Una carrera con mucho de oficio, si les parece, pero que no requiere de excesivos esfuerzos intelectuales. Que algunos europeos expanden el asunto y se dedican a la química para entender mejor el comportamiento de los átomos del churrasco y te inventan cosas realmente sorprendentes, seguro. Pero así y todo –yo personalmente- sigo sintiéndolo un oficio. Algo que no tiene muchos laureles pero a lo que le sobra “encanto”. Y probablemente me reciba sabiendo mucho, pero menos de lo debido, considerando que más de un “profesional gastronómico” (te estoy hablando a vos, Claudio, que no leés este blog porque en una de esas a algunas letras en imprenta minúscula todavía no las aprendiste) ni afilar un cuchillo sabe. No quiero ofender a nadie, pero igualmente poco serias me parecen las Tecnicaturas (no sé de donde salió esa palabra) en Turismo y las Licenciaturas en Comercio Exterior. Hoy en día se es mucho más sabiendo mucho menos, y me está costando encontrar gente que no tenga por lo menos un postgrado en Economía. Cuando decía que no quería ofender a nadie estaba dejando afuera al ingeniero Claudio, obviamente.

¿Dónde se nota más eso de ser mucho sin ser nada? En todos lados, pero ustedes sabrán brindarme ejemplos concretos. En cualquier lado, digo yo. Antes, para salir en televisión y conseguir una fama “mediana, tirando a grande” tenías que vaciar un revólver encima de un Beatle (¡qué buenos tiempos!), mientras que hoy te anotás en un casting y te sobra. Hagan la prueba. Pregúntenle a las cinco personas más cercanas a ustedes -ahora- quienes son Wanda Nara y Mark Chapman.

En la medicina, sin lugar a dudas, el asunto se complica, porque el daño es mayor. Yo tuve alguna vez una pediatra llamada Lylian Tommys, alemana, si no me equivoco. Gorda, vieja y con el aspecto de bruja nórdica más fantástico que pudiera haber. Atendía en una salita a la vuelta de mi casa, y era la persona a quien recurría ante cualquier achaque. Mi madre me llevaba, ella me revisaba y me daba un remedio o indicaciones para lo que fuera, y yo me curaba. No tenía que volver a menos que la cosa se complicase, pero eso nunca pasó. Pero si mañana a mí me duele la espalda, primero tengo que ir al médico clínico a que me mire, a fin de que un traumatólogo me mire y me pida radiografías. Y me mire, y me mire, y me mire. Por las dudas, un análisis completo de orina y sangre, y el tener que volver a ver a todos los especialistas al menos un par de veces más, amén de cincuenta y cuatro sesiones de fisioterapia. (ver Inescrupulapio). En el próximo artículo les hablaré acerca del nutricionista que me atendió el otro día, y el porqué casi le meto un “estatequieto”.

A lo que voy (mucho no se notó) es a que cualquier persona que no sepa hacer tu trabajo, muy probable tampoco sabrá educar a su hijo. La gente está muy preocupada en aparentar ser buenos profesionales, como para poder serlo. Y todavía más desesperada por sentirse buenos padres, que por demostrarlo. Se me hace cosa de adolescente; echarse encima la remera colorada y dejar de bañarse y afeitarse para ser más de izquierda… ese tipo de bijouterie mental que tan nervioso me pone.

Releí todo desde el principio y la verdad es que no se entiende nada. Si encuentran ese artículo mío que estoy buscando en los archivos, avísenme. Éste habría resultado menos confuso mediante un simple enlace al mismo. Pero bueno, soñe con esto y no podía dejarlo pasar. La pregunta del día es: ¿Qué “profesión” o “carrera” les parece el invento más grande de los últimos tiempos? No caigan en el cliché de nombrar políticos, pero siéntanse libres de enunciar ministerios de los que se inventaron para nombrar parientes.

A mí me matan los consultores y analistas de productos.

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Chinchulî La comisión directiva del Damos Pena Fútbol Club les desea a todos los damospenienses de ley una muy Feliz Navidad. También les desea otras cosas… por ejemplo, que no les haya tocado tener que levantarse temprano para ir a trabajar. Venir a trabajar.

A mí en lo personal todo este asunto me sirve porque esta noche es fija que me armo un polígono de tiro casero al fondo de casa y pruebo la mira de punto láser que le adosé a la Mantispistola. Aparte, un policía que estaba borracho me dijo que borracho tirás mejor porque se te relajan las falanges.

Que el nacimiento de un ser en el que creen dos de cada cinco sirva de excusa para que se coma, se beba y se copule más amena, hipócrita y copiosamente que durante el resto del año. Que el homenaje a los que ya no están sea el recordarlos haciendo algo con ellos, aunque no estén. Yo voy a sacar la Playstation y la tele al patio, donde el asado se hará intercalando temas de Miranda y “chamameses”.

También es una excusa para traerlo de vuelta al negrito, quien debido a que el espíritu navideño me ha tocado, vuelve a formar parte del plantel en actividad.

Saludos.

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Ando escribiendo menos, sí. Y peor. Pero voy a seguir justificándome agregando una excusa mucho mejor que esa de “tengo mucho trabajo” (que es cierta) y echaré sobre la mesa la posta: tengo fecha de casamiento definida y ando invirtiendo mi tiempo de otra manera, averiguando y definiendo algunas cosas referidas a ese respecto.

Lo primero con lo que se encuentra uno es con que todos lo quieren cagar (mil perdones por la rudeza he de pedir). Quizá a sabiendas de que ciertas cosas son inevitables (fotos, vestido, una torta, unos souvenires) los empresarios y mercedaeres del ramo ponen el precio que quieren y se las arreglan para intentar con muchas ganas lo que mejor les sale: poner cara de “sos un croto canuto, Mantis. Estás pensando en ahorrar para comprarte una escopeta usada de 900 pesos y no sos capaz de sacar un crédito hipotecario y pagar ochenta mil dólares para comprarte un traje lindo y acorde a la situación, lo tuyo es ilógico, pero no tan ilógico como la fidelidad de tu novia. Te merecés cuernos, basura de tipo, ¿Qué te vas a poner para casarte?”.

Una chomba muy linda imitación LaCoste medio paraguaya, tenía yo para ponerme. Pero no es el traje lo que me llevó a escribir estas líneas, sino el episodio que siguió a mi salida de un hotel de los tantos que supe visitar (y que sigo visitando) a fin de definir la locación más recomendable para mi noche de bodas. Aviso que no recuerdo el nombre del hotel en cuestión, más eso no importa, porque igual a ese se que no voy a ir. Esto aconteció el jueves 6 de diciembre, sobre la 9 de Julio (o su colectora), a metros del Obelisco. El calor era poco menos que insoportable, serían las cinco o seis de la tarde.

(Abro un paréntesis que me parece necesario para declarar lo siguiente: Yo, Mantis, no tengo pensado hacer uso de la fantástica velocidad de acceso a Internet vía Wi-Fi que pueda ofrecérseme en cualquier suite especial noche de bodas, y estoy dispuesto a hacer el trueque de tal beneficio en favor de una revitalizante docena de empanadas compuesta por dos de carne, cuatro de pollo, cuatro de jamón y queso, una de cebolla y queso y una de humita, amén de una Coca grande, se agradecerían los vasos pero en todo caso lo podemos charlar. Y siento profunda pena por todo aquel recién casado que se disponga a revisar su correo electrónico durante su noche de bodas.)

No había hecho yo una cuadra rumbo a la estación Terminal Retiro cuando una parejita de damas -absolutamente prostitutas de microcentro ellas- pasó contoneándose, sacudiendo sus encantos. Los peatones masculinos no pudieron sino empezar a chiflar y gesticular a la voz de “Una rubia y una morocha” o “Así, a las dos las quiero” o “Mirá que yeguas”. Las susodichas festejaban los halagos con sonrisitas y gestos amigos, como Dios manda.

Pero el amor fue más fuerte para un par de muchachos que caminaban a la par mía, quienes fijaron su atención en otro personaje que pasó rozándonos, ajeno a las prostitutas al menos en esta instancia (única en la que podría dar fe). Para imáginárselos a los muchachos basta con pensar en un joven cualquiera, de los que llevan mochila, no se afeitan de un modo frecuente y trabajan probablemente en un callcenter. Algo Nicolás Cabré. A las prostitutas anteriores no hizo falta que las describiese, ya sé. Uno tiene muy en claro como debería verse una prostituta como la gente a fin de que se la pueda identificar en plena avenida durante la tarde.

-¡Doctor, no lo puedo creer! –dijo uno.
-¡Es un honor! -dijo el otro



Era Bilardo.



Era Bilardo, con un carísimo traje gris oscuro (casi negro) y un aspecto mucho más juvenil que aquél que la televisión ofrece. Bien conservado el tipo, bronceado, medio rubión y prolijo, además de encamisado y perfumado. Vinieron a mí entonces recuerdos de hazañas, del mundial de 1986, de Maradona y la gloria futbolera que no volverá a repetirse, del bidón con sustancias alucinógenas prohibidas convidado a los brasileros… Recuerdos que me contaron o que vi por tele, obvio, yo no tengo anécdotas propias.

-¡Y yo acá sin la cámara! –se lamentaba uno
-¡No lo puedo creer! -insistía el otro
-Hola, chicos, hola, mucho gusto –decía Bilardo, hablando bien a lo Bilardo.
-¡Como puede ser que me esté saludando a mí, Doctor!
-¡Nos está saludando Bilardo!

Y así lo siguieron al grandioso Salvador Bilardo, tirándole elogios y admiraciones respetuosas (casi temerosas) a quien los saludó con un cariñoso apretón de manos pero mirando para otro lado y sin dejar de caminar rumbo a un taxi imaginario, como queriendo mandarse a mudar, presa de una muy cierta prisa.

-Muchas gracias, chicos –decía Bilardo, que era re-Bilardo.
-¡No puede ser que yo no haya salido con la cámara encima justo hoy! –repetía el uno.
-¡Me quiero matar! –declaraba el otro.

BrasilY fue entonces que Bilardo puso en evidencia que los campeones están hechos de otra cosa. Ante la insistencia de los jóvenes que lo secundaban y perseguían quizá involuntariamente, empujados por fuerzas desconocidas, y cual si fuese la oca de oro, Bilardo se detuvo. Yo también me detuve y fingí mirar artículos de cuero en una vidriera, porque venía detrás del recorrido predestinado, observando la escena pero sin tener la necesidad de desviarme.

-Pará, pibe, no sufras más que estoy apurado –le dijo al uno, volteándose y sacando el celular del bolsillo derecho trasero de sus pantalones-. Nos sacamos una con el mío y te la mando.

Y así, Bilardo se peinó el cabello con los dedos, estiró el brazo hacia delante como cualquier chica de fotolog rodeada de sus amigas, y se inmortalizó acompañado de esos dos muchachos que más contentos no pudieron haber estado, y que llevarán una mejor anécdota que la mía pero quizá no puedan plasmarla con narrativa semejante, ya que las mil palabras le hacen falta nomás al que no tiene la foto. Foto en la que yo también creo haber salido, de rebote, de costado, o de casualidad, pegándole un sorbo a una botella de Villavicencio llena del agua de dispenser más tibia que jamás ha habido.

No era Gatorade, lamentablemente.

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Dos de vaqueros


Hoy voy a escribir una nueva crítica o revisión de cine. Llevo meses sin hacerlo (la última fue Babel), porque la verdad, todas las películas que están dando en la tele se me hacen mas o menos parecidas de un tiempo a esta parte, y (en orden de sinceridades) porque ando mirando mucha menos tele de la que me gustaría. Pero es que vi dos cintas de vaqueros en dos días, y la comparación es inevitable. Porque me gustan las películas de vaqueros, me gustan los revólveres, y comentando en un blog vecino también desperté mi interés por esto de las críticas, ya que no sólo de videos de payasos pedófilos vive el hombre. Y también porque no puedo pensar en otra cosa, lo cual me va a facilitar la narrativa.

No hay “spoilers” o detalles del argumento en lo que sigue, lean tranquilos.

Una fue Brokeback Mountain que, en resumen, cuenta una historia de amor entre dos vaqueros homosexuales. La otra fue Unforgiven, que en resumen es una película de vaqueros protagonizada por Clint Eastwood. Adivinen cuál me gustó más, les dejo una pista.

Dios

Brokeback Mountain no es una mala película, pero se siente como si uno estuviese viendo Titanic, sólo que con dos hombres en vez de un muchacho y una inglesita tetona en un sillón. Ahí ya pierde puntos, porque cualquier cosa más o menos tetona se impone, sobre todo si se halla desnuda. La música, de Santaolalla (parece que no hay otro disponible actualmente), es pesadísima. Se pega al oído interno con habilidad, pero lo mismo pasa con los aullidos que tu mascota podría hacer en caso de una camioneta la pisase de refilón y abandonase en agonía. Poca virtud en ello.

Heath Ledger (el rubio de pelo largo) me convence. Me creo que es un campirano balín. Pero Jake Gyleenhall (que me cae bárbaro desde que lo vi en “Los Coheteros”), no. Parece un chico en un acto escolar, con bigotes falsos y rellenos en la panza a fin de parecer un cuarentón aburguesado. No sé si será una porquería el libro del cual salió la historia, pero estoy seguro de que esta película dista mucho de ser una obra maestra. Es más, creo que debe ofender tanto a cowboys como a homosexuales por separado, lo cual se me hace bastante entretenido, considerando que ambos grupos sociales deben manifestar distintos tipos de ataque y emboscada. O al menos eso supongo, porque jamás fui atacado por gays o cowboys. Imagino que los gays te arañan y gritan.

Cabe decir que lo único que agradezco es que el director utilizó a dos actores norteamericanos para contar su historia de homosexuales. Chow Yun-Fat no está para ese tipo de manoseos. El final de la película me desorientó un poco, porque no sé si es un final “abierto” o si yo estoy tratando de darle al asunto una complejidad que no tiene. El personaje de Jake muere estando ellos distanciados, pero no sé si debido al accidente que se relata o a un ataque de homofóbicos que el rubio presiente o imagina. Y sí, mentí cuando dije que no había spoilers. No creo haber podido engañar a los lectores frecuentes, ya curados de espanto.

Del otro lado, está Unforgiven. Clint Eastwood, de un tiempo a esta parte se ha sabido ganar mi más absoluta admiración. No sólo dirige películas impresionantes y que me gustan más que las de cualquier otro director “exitoso”, sino que casi siempre también las protagoniza, produce, escribe y alimenta. Ha llegado a componer la banda sonora de alguna de ellas, lo que habla maravillas y me –en pocas palabras- hace amarlo de un modo no-sexual. No-sexual. Me quito el sombrero ante la sola mención de su nombre, y cuando muera estoy seguro de que lo voy a llorar uno o dos minutos, cosa que supo pasarme con el Señor Miyagi, pero por otros motivos. Que este artículo sea entonces mi homenaje en vida a quien creo es “El Cowboy”, muy por encima de John Wayne o el Malevo Ferreyra. Insisto: No-sexual.

Y resulta que –les cuento, me vengo a enterar navegando en Internet- Clint Eastwood se había ganado el Oscar de Mejor Director y Mejor Película también con esta, porque era una completa revisión del género, realista y con muchos toques “de negro”. No era cómica de a ratos, como “The Good, The Bad and The Ugly”, sino terrible, oscura, compleja. No hay buenos ni malos, sólo hombres. Ahí en lo de “hombres” también le saca varios cuerpos a “Brokeback Mountain”, donde también trabaja el que hace de loco y se estrella con el avión contra la nave extraterrestre en “Independence Day” y los salva a todos, además de esa mina con aspecto de pato que hacía de turrita en Dawson´s Creek. Y sí, yo miré la primera temporada de Dawson´s Creek cuando la dieron en Canal Trece.

O sea, si quieren ver una de las dos, vean Unforgiven. Me quedé como hasta las tres de la mañana disfrutándola y se me hizo corta. Ver Brokeback Mountain, en cambio, provoca un dolor equivalente al de tropezarte en el galpón y caer atravesándote la mano hábil con las tijeras de cortar pasto.

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Fíjense en esto: En un restaurante norteamericano, un joven de 24 años terminó hincándole el diente a un preservativo. Pero no, no se trataba de un homosexual con suerte, sino de un pobre flaco que terminó (dicen los abogados) padeciendo un gran dolor, sufrimiento, pesadillas, angustia y gastos sanitarios. Analicémoslo tratando de obviar el hecho de que la gran mayoría de los redactores de Infobae son comediantes frustrados:

sangucheLo del dolor muy bien no se entiende, porque a menos que uno tenga la chota dentro del preservativo que está mordiendo, no debería doler nada. Y si uno llega a morderse el miembro propio… bueno, es probable que lo hagas mientras se ríe, nomás pensando en lo buena que es su vida desde el vamos. Corríjanme si me equivoco, pero con semejante tararira colgando entre mis piernas yo no podría estar triste ni enterándome de que mi hijo decidió abandonar la escuela de ninjas a fin de volverse actor de cine porno gay.

La parte del sufrimiento no tiene sentido. Si justo se hubiera dado el caso de que ese forro hubiese sido el utilizado por su ex-novia para engañarlo con su mejor amigo, todavía. Pero parece que el preservativo ni siquiera estaba abierto. Un hombre de verdad habría dicho: “¡Forro gratis, esta noche se arma goma!” y procedido a guardar el profiláctico en el bolsillo, previa chupadita limpiadora de las que se aplican sobre los stickers y premios en los paquetes de chizitos.

Angustia y pesadillas: Si se angustió, es porque verdaderamente esperaba no sólo encontrar un preservativo, sino también algo de carne dentro del mismo, siendo la angustia un sentimiento puramente femenino. Sus palabras fueron: “Mi tercer mordisco a la hamburguesa tenía un sabor extraño. Estaba muy amargo. Sentí un extraño caucho y lo vi colgando en medio de mi boca.” En ningún momento del artículo se aclara si el muchacho había pedido pene o no, ni el hecho de lo pudiera haber pedido con cáscara, así que vamos a permitir la existencia de una duda razonable hasta que la Corte se expida. Y ese cuentito de las pesadillas no me lo creo, ya que la imagen de un preservativo “escondido” debajo de la lechuga es, por lo menos, hilarante.

¿Gastos sanitarios? ¿Qué hizo? ¿Empezó a tomar AZT por si acaso? ¿Fue al psicólogo a asegurarse de que su heterosexualidad seguía intacta? Algo de incertidumbre debe de provocarte semejante situación, seguro, porque en las salas de espera a las que he debido ir tanto en hospitales como en clínicas jamás vi un cartel de esos que delimitan claramente las posibilidades del “SÍ contagia” y el “NO contagia” (a fin de que uno no tema darle un abrazo a un sidoso) con una imagen de alguien comiendo forros texturados de un paquete de doce cual si fueran Oreos. Pero tampoco conozco tanto mundo.

Lo tristemente predecible es que, obviamente, todo el mundo salta a poner cara de asco y luego preguntarse el viejo y querido: ¿Qué habría hecho yo en su lugar? (No es la pregunta del día en Damos Pen@. No pierdan tiempo contestándola.) A decir verdad, yo creo que no habría hecho tanto escándalo. Imagino que ni siquiera habría llegado a iniciar acciones legales, ya que a mi alma le habría bastado con transformar el episodio en un artículo para el blog para dar por cerrado el episodio. Porque soy poco ambicioso, probablemente; y porque tengo alma de pobre, seguramente.

Bueno, si… de acuerdo, lo reconozco. Lo más probable es que hubiese hecho en ese momento algunos comentarios graciosos y ordinarios a fin de hacerle mala fama al local, ocasionar el despido de algún empleado o por lo menos, arruinarle la comida a todos los niñitos presentes, del orden de (levantando el brazo con el emparedado y el coso colgando): “¡Mmmm… riquísimo este Mc Pija, viejo! ¿Con qué los hacen?” o (tocándome la panza): “¡Listo flaquito, diez puntos el poronguipán! ¡Ahora poneme a marchar una taza de concha bien cargada para bajarlo!”

Ustedes pensarán que me fui de tema, pero los comentarios autocensurados en los que vuestro servidor bromeaba con los ingredientes de la salsa secreta eran mucho peores.



*Más de uno de ustedes se está preguntando acerca de si Mantis toma mate con, comparte juegos con, le da la mano y/o abraza o no a los sidosos. La verdad es que nunca tuve la oportunidad. Dependería de si fuera negro y/u homosexual, supongo.

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Nunca tengo un mango encima. Si no es porque los gasto, es porque no los gano, o porque los ahorro preso de la paranoia de las constantes catástrofes familiares y a sabiendas de que no me están haciendo todos los aportes en la AFIP sino con demoras y atrasos moratorios. La cuestión es que nunca tengo un mango encima. Esta situación se ha prolongado desde hace tanto tiempo que ya no me afecta, y he llegado a acostumbrarme a salir con –a lo sumo- treinta pesos en la billetera y mi tel. celular (valor en mercado: $15), cosa de no decepcionar demasiado a un posible grupo de pibes chorros que pudiesen considerar el delito y mi muerte entre estertores agónicos post-puñalada como forma de expresar su desamparo social. Por eso, cuando encuentro formas de ahorrar aunque más no sea un centavo, me pongo muy contento. El otro día, por accidente, descubrí la forma de transformar cualquier chicle en un cachito de eternidad, a tan sólo una fracción de su valor real. Paso a explicar:

Usted necesita un “vehículo”: un chicle de cereza o frutilla. Los dos tienen más o menos el mismo gusto, así que elija el que salga más barato, guarde las monedas en el segundo lugar más seguro que tenga*, ya que con el aumento del boleto en trenes y colectivos aprobado, el dinero metálico pasará de ser escaso a ser más o menos lo que el papel en la película “Waterworld” (sí, la de Kevin Costner con branquias). En mi caso, fueron unos Topline de cajita colorada. (no se diferenciar entre los sabores de la frutilla, el cherry y esas mariconadas; para mí que son todos iguales). Y también necesita lo que denominaremos “eternidad”: Una cajita de pastillas Dorin de sabor… cajita colorada. Cuestan centavos, y traen un millón de pastillas, aproximadamente, aunque puedo estar exagerando con fines literarios.

PastillasMasque el chicle como siempre (dentro de la boca, con los dientes, saliva, usted me entiende). Cuando sienta que al mismo le resta poco tiempo de vida, detenga el masticar e introduzca una pastilla dentro de su boca. Siga masticando el chicle hasta que –inevitablemente- la rígida pastilla se haga trizas entre las muelas. El sabor ha vuelto, y usted puede seguir repitiendo la operación a conveniencia. Llegado un momento, el chicle va a querer deshacérsele granulosamente en la boca, pero usted puede estirar su existencia cuantas veces lo crea necesario, siempre y cuando le queden pastillas y ganas de masticar.

Infinito, lo que se dice infinito, no es. Porque eventualmente usted morirá, mal que le pese, coma o no pastillas Dorin, tome o no las pastillas para la presión arterial, fume o no y salga o no a correr . Y se corren ciertos riesgos de alcanzar un leve retraso mental propio de los rumiantes y los palermogólicos que creen que en el tren viajan sólo “los negros a los que habría que matar a todos”. Pero por lo menos es una porción de vida eterna a la cual prácticamente todos tenemos acceso, y que podemos estirar o finiquitar a nuestro antojo, sin salir de casa, independientemente de la religión que poseamos o los pecados que hayamos cometido. Y eso no se encuentra todos los días en este mundo en el que la vida eterna es tan sólo para los que prometen comer siempre el mismo chicle, o se arrepienten de siquiera haber pensado en alfajores y te tiran el turrón por la cabeza.

Qué kitsch que estuve. Pero bueno, era eso o no escribir nada y entrar a masturbarme hasta el aneurisma con esas fotos que aparecieron mostrando a una Anna Kournikova que trata de comer desde el aire, atrapando al vuelo pedacitos de no sé que cosa con la boca.

Y yo quiero que nos entretengamos todos.



*Los damospenienses de ley estamos de acuerdo en eso de que a menos que sea usted un libertino o una dama ligera de cascos, el lugar más seguro para guardar cualquier objeto pequeño siempre va a ser el culo, y no conviene meter monedas allí porque debido al manoseo constante están llenas de microbios.

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