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Archive for 20 marzo 2010


Conversemos. Conozcámonos café de por medio. O porno de por medio, en mi caso, porque no saben ustedes lo que hay en las otras pestañas de Firefox en este momento mientras escribo. Hasta tuve que bajar el volumen de los parlantes.

Una de las razones debido a las cuales me he convertido en un escritor menos prolífico en lo que a este horrible sitio Web se refiere, tiene que ver probablemente con las severas modificaciones laborales, o lo que se explica mejor a la voz de “ya no estoy obligado a pasar la mayor parte del día frente a una computadora, así sea haciendo nada a cambio de un sueldo”.

Otra, es el asunto ese de resultarle tan atractivo a las chicas.

Otra, es el coso ese de estar estudiando y de querer sacarme siempre las mejores notas porque soy un imbécil que cuando otro festeja su 6, se mete a casa apurado y sale mostrando un 10 lleno de palabras complicadas y cosas de gente inteligente y pretenciosa, del mismo modo en que Quico sale de su casa llevando un camión de bomberos cuando el Chavo del 8 juega a los cochecitos con dos ladrillos y mucha imaginación. Algún desprevenido creerá que ese otro es más feliz con su seis que yo con mi diez, pero será eso: un desprevenido. Quizá sea esa una de las razones por las cuales me detesta la mayoría de mis compañeros: porque cuando me dicen que se aprueba con 4 yo les respondo: “Pero yo con 10 no me fui precisamente a compensatorio, JAJAJAJAJA”, mientras me tomo el bulto con ambas manos, a fin de abarcar la mayor cantidad de bulto posible.

En cualquier caso, no viene al caso. Háganme caso.

Pero una última razón, no menos importante que las anteriores, es la que se desprende inmediatamente de la intensidad de las situaciones que me llevan a escribir o no un artículo. Otrora, yo habría escrito una docena de artículos nomás con lo que sucedió en los últimos días, quizá porque mi umbral de tolerancia para con las intensidades no estaban tan alto como ahora. Personalmente, creo que aún me las arreglo para convertir en relatos entretenidos los sucesos más mundanos e insignificantes, pero es como que ya no me basta. Llamémoslo acostumbramiento, en una de esas. Viste que cuando sufrís del hígado también tenés menos energía (en una de esas, es eso). Hoy en día, habiendo escrito ya lo que creo fueron las mejores ideas, pocos son los eventos que me llevan a inevitablemente escribir algo digno de contarse mas allá del cansancio físico y mental con el que termino cada día después de tocarme hasta que me duermo haber hecho esas cosas que hago todos los días. Afortunadamente, mi cuñado supo presentarme un software de dictado inteligente a través del cual estoy dictando estas palabras, enumerando los signos de puntuación cual obseso jefe ante una secretaria principiante y propensa a la omisión, pero devastadoramente curvilínea.

Lo de hace algunos días fue lo suficientemente intenso. Fíjense:

A la hora de comenzar a narrar los hechos, quizá lo mejor sea el describir las instalaciones, la geografía, el escenario. Un tren, del que tomo para ir a trabajar ahora que me encuentro en colegio nuevo, más lejano pero de viaje más directo. Ramal Tigre-Retiro, como siempre en mi caso. Trabajando de tarde, a diario me encuentro yendo de mediodía, con esa sensación incómoda del que almorzó (si es que almuerzo puede llamarse a semejante serie de circunstancias alimentarias) a las diez y media de la mañana, con la siesta no entrándome en los músculos. Parado (quiero decir, de pie) debido tanto a la hora como a la estación de abordaje, tuve la suerte de conseguir asiento.

Tras haberme pasado el verano leyendo novelas y cuentos en inglés, y sin el valor necesario (o con demasiada testosterona como) para leer las últimas dos novelas pendientes a fin de completar el programa de Cultura de este año que se viene, me dispuse a leer un cuento de los recopilados por un señor de apellido Sorrentino. Se llamaba: “El tren”, y contaba la curiosa historia de un fulano al cual le pasaba no se que cosa, y que caía o se veía prisionero de una aceleración temporal alucinada de las que suceden en los cuentos fantásticos, ya que en lo que duraba el viaje el tipo pasaba de niño a adulto, y a viudo, y a otras cosas, para luego volver a ser niño antes de llegar a destino. El tipo de cuento que Cortazar escribió quichicientas veces a lo largo de su carrera, no con poco oficio pero repitiendo bastante la formuleta. Me encontraba en la última página cuando pasó lo que pasó.

Pero podríamos hablar de seis personajes. Seis actores. (Perdóneseme el cliché).

El primero de ellos era una señora de 60 años, quizá 63. Una señora que debería llamarse María. Maria como la virgen. Que debería llamarse Maria y hacer una boloñesa fantástica, sólo para no alterar en el cosmos provocando esos desequilibrios que son capaces de destruir el Universo todo en un abrir y cerrar de ojos (misma razón por la cual guarda en su ropero una cajita del tamaño de un VHS, decorada con caracoles pegados y la leyenda “Mar del Plata”). Que se llama Maria por las dudas. Que tiene brazos gruesos, de grasa dura y musculosa a pesar de la piel floja, esos brazos de los que ganan todas las matronas a medida que la masa muscular del marido disminuye, como para compensar y hacer que la pareja no se haga más débil.

El segundo era otra señora, con aspecto de psicóloga o profesora de ciencias de la comunicación. Por lo del trajecito, y por mi imaginación también. De casi cincuenta, lo suficientemente atractiva como para que alguien pudiera querer tener relaciones con ella, pero no tanto como para que ese alguien sea una persona de menos de treinta, y bien parecida. El tipo de ciudadana (con anillos) que, a falta de mejores problemas, asiste a congresos de retórica nomás para darse cuenta de que gente con la mitad de su edad la dobla en brillo, y se entromete en Facebook y demás redes sociales para avisar acerca de su despertar sexual una vez terminado el divorcio, publicar fotografías de su mejorada anatomía y otras yerbas, queriendo competir con una hija a la que se le acabo la lozanía de las de diecisiete pero se le empezó a llenar el pozo ciego invisible de las de veinticinco. Porque se crece hasta los veintitrés, y de allí en más uno se va muriendo despacito.

El tercero era un muchacho de tez oscura, bolso deportivo y la predisposición espiritual de quien trabaja de algo que no es absolutamente obrero desde la perspectiva peronista del aprendiz (léase, que no llega a albañil) pero que tampoco alcanza el aroma oficinista, ni los modos de quien atiende un comercio. Un playero, un ayudante de cocina, un algo así. En otra situación habría sido este caballero un hachero de los que aparecen flacos, bravucones y sucios haciendo changas en los cuentos de Horacio Quiroga, y que cuando crecen se convierten en paraguayos macaneadores, chistosos, peleadores. Pero esta no era otra situación, como acabo de decir.

La cuarta era una damita rubia, enrulada, inglesa de corazón, metodista y pintora. No digo que era también joven porque semejante condición se pierde con el andar de los años, pero por mucho que envejezca creo que siempre defenderá su color de cabello, su religión y sus inquietudes artísticas.

El quinto era un muchacho de tex clara, más bien alto, de pantalón marrón khaki (si es que eso efectivamente existe), camisa marrón a cuadros, zapatos y cinturón también al tono. Se veía en su rostro la expresión inconfundible del que no es vago ni incompetente, pero trabaja porque no le queda otra. El gesto del que, días después, saldrá a buscar a alguien en su automóvil bajo la mas espesa de las lluvias, solo para enterarse de que el desempañador de la luneta trasera no funciona, y para ver como sale volando el limpiaparabrisas del lado del acompañante, a falta de acero o un plástico mas noble en la industria automotriz de principios de los años noventa. Sentado contra la ventanilla, en el sentido del viaje, leyendo un libro.

El sexto era una estudiante de algo en Vicente López. Y como las estudiantes de algo son todas más o menos parecidas me parece que no se hace fundamental la descripción. Destaco, sí, su juventud generosa y su falta de contratiempos (sin conocerla me animo a declarar que nunca estuvo tan alegre, ni tan linda, ni tan dulce). Ese aspecto de reloj caro y antipático, de los que vienen de regalo cuando uno se compra una lancha, con la hora de Alemania.

Hasta que el hachero frustrado, sentado diagonalmente frente a mi, preguntó si faltaba mucho para llegar a Beccar (o Béccar, o Bécar. Los tres son el mismo).

¿Cuántas faltan para llegar a Béccar? -preguntó. Aunque ustedes ya se lo habían imaginado.

El de los pantalones se limitó a levantar la mirada del libro y escuchar con la palabra lista para intervenir, porque suelo pecar de ser el mejor samaritano, y ese tipo de ayudas que podría dar (cuando no las doy) terminan por convertirse en algo insostenible para mi espíritu, haciéndome creer que Dios me la va a dar por no haber hecho (cuando podría haber hecho).

-Ya la pasamos –respondió la boloñesa

La estudiante no dijo nada. Pero mantuvo en el rostro esa expresión de: “Me dan mucha impresión los panegíricos”.

-¿Cuál era ésta? –preguntó entonces el hachero.

Y miró en dirección a todos los rostros, no con la determinación del que se va a parar a las corridas, pero sí (debo reconocerlo) cambiando el agarre del bolso, como echando de menos el hacha que le picaba en la mano sin que pudiese darse cuenta.

-Esta es Martínez –respondieron los caracoles.

-No, ésta es Olivos –se entrometió la otra madura.

-Perdón, pero la que viene es La Lucila –añadieron los rulos dorados.

-Eeeehh… quiero decir, Vicente López –se corrigió el morocho-. Voy hasta Vicente López.

La estudiante no dijo nada, pero pensó en muchas cosas, incluyendo la posibilidad de una epidemia zombi.

-Ah, para esa falta, dijo alguien a quien no recuerdo pero que pudo haber sido cualquiera de los presentes, incluyendo al inquisidor mismo.

Y fue entonces que intervine. Primero llevé a cabo el ademán innecesario (pero psicológicamente indispensable) de quien cogotea como sacando la cabeza afuera, pero desde adentro ante la imposibilidad de abrir una ventana, siendo este ramal el de los vagones con acondicionador de aire y ventanas selladas herméticamente. Seguidamente, hablé:

-Esta debería ser Acassuso –dije.

-No –me corrigieron entre varios-. A Acassuso ya la pasamos.

Y nos quedamos en silencio.

En esos seis espacios llenos –o mejor dicho, ocupados- por gente que no sabía, se puso de manifiesto un aturdimiento colectivo y compartido que sólo puede explicarse mediante la intromisión de cuestiones esotéricas o hasta alienígenas. El hecho de que nadie supiese la estación que efectivamente acabábamos de abandonar, me llevo a considerar la posibilidad de que algo extraño se nos hubiese pegado a todos en la piel, pasando a través del enrejado del transporte publico, colándose a través de la ropa, deslizándose entre las bisagras de los codos. No puede ser bueno el porvenir de una patria capaz de juntar, en menos de dos metros cuadrados, a seis papanatas incapaces (por el motivo que sea) de precisar donde se encuentran parados. O sentados. Queda el consuelo de saber que el porcentaje de pasajeros desorientados en el tren era muy superior (y por eso más macabro) a la cantidad de diputados y senadores que la Argentina tiene por habitante (contamos hoy con 0.000008225 senadores por ciudadano, incluyendo a los gasistas matriculados y a los asmáticos).

Por descarte, al menos uno debería haber acertado, Por proximidad, por no nombrar todas salvo la única que nos habría servido para no caer en las disculpas innecesarias. Lo cierto es que, de los seis, nadie fue héroe. No hubo en el grupo un iluminado, ni un Cristo envuelto en ropas comunes dispuesto a erigirse como faro, o GPS hecho de tripas, pelo y hueso. Para mi fortuna, la estación siguiente era la estación en la cual yo me bajaba.

Nos bajamos los seis, por la misma puerta, algunos más apurados que otros.

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La cosa fue así. Vamos en orden cronológico.

Yo llego a casa después de haber trabajado durante la tarde, y nomás dejado el bolso en una silla, abro la heladera y comienzo a sacar los elementos indispensables a la hora de hacer unas milanesas. Salvo la carne, que se hallaba en una bolsita, recién traída de la carnicería. Porque cuando vuelvo del trabajo vuelvo comprando, la mayoría de las veces. No me hace sentir especial, porque mucha gente hace eso de volver comprando. Mientras, mi madre hablaba por teléfono con un ex-compañero de estudios, gay él. Y kirchnerista. Y negro. Buen muchacho.

La milanesa se hace con pan rallado y huevo y perejil y ajo, pero esta vez fue sin ajo porque me dio paja picarlo. Se pasa dos veces por pan y huevo para que quede más piola, y luego se guarda en la heladera para que agarre frío durante unas horas y no se despegue el empanado, o apanado, o eso. Así se hacen las milanesas. Mientras, mi madre terminaba de hablar y me saludaba y esas cosas.

Y me cuenta, mi madre, que debido a no sé que cosa, una estudiante (de las muchas que hay en la Argentina) no aprobó una materia en no sé que colegio de no sé dónde, y ya tenía otras pendientes, y entonces repetía el año y pum, se pegó un tiro y se murió. Y quedó más muerta que las milanesas. Si era zombi, dejó de serlo. Y si no lo era, una menos para preocuparme.

Yo pensaba que (mi madre) iba a decirme algo acerca de ese colegio en Caballito al cual entraron señores ladrones con ganas de ladronear y salieron ladroneados, con el bolsillo lleno de tarasca, vento, o algo así. Porque cuando se inicia el ciclo lectivo, se inicia el ciclo lectivo, y a los padres les encanta eso de meter al pibe de diez años en el colegio todo el día y pagar una lucarda. A fin de cuentas, una niñera te cobra más, la señora de la limpieza te lo desnuda y le saca fotos porno, y si lo tenés que criar vos, es un laburo bárbaro. Especialmente cuando el pibe empieza a portarse como un chico de diez años. Porque la mejor excusa es decir que “trabajamos los dos”. Es casi mejor que la de decir que estabas limpiando los muebles con alcohol y que fue por eso que agarraste fuego. Ajá. Sí. Seguro, seguro. Súbase al móvil policial, señor. Lo suyo es portación de cara.

Pero no, resulta que mi madre me cuenta que por eso del suicidio ahora resulta que en las escuelas se les va a tomar nuevamente el exámen a todos aquellos alumnos que debían tres materias a la hora de fallar. Que va a ser así, que la directiva bajó de provincia, o de nación, o de algo de eso. Lo que se entiende como: “Otra oportunidad”. Resulta que la semana que viene, entonces. Eso, de vuelta. Y así hasta que aprueben, o si no hacemos como en Córdoba y pasás de año aún teniendo tres materias previas. Y seguí jodiendo, seguí. Tres suicidios más y te hago terminar el secundario aunque me debas la primaria. Hay que salir urgente a matar “emos”.

Yo no sé si quiero vivir en un país donde se lucha contra el suicidio de los brutos, Mas bien todo lo contrario. No, no es que quiera morir en un país donde se lucha contra el suicidio de los brutos. No tan contrario. Pero si eso no es ir contra la libertad de expresión, entonces no sé. Se viene el subsidio, se vienen los planes “Matracazo”, se vienen las asistentes sociales chupándole la pija gratis a los que que sufren de mal de amores. “No te matés que te la chupamos”, sería el cartel de la ONG. O algo así. ¿Qué mas querés que un país que te cuide?

Y entonces prendí la computadora que no tiene tinta en la impresora y empecé a navegar con la idea de escribir acerca de eso, de enojarme por eso de que alcanza con que se mate una (por motivos que poco tendrían que ver con eso de repetir de año, porque hay que estar bien adobado para matarse debido a que un repite de año tras haberse llevado no una, ni dos, sino tres materias, lo que se entiende como no sólo no haber estudiado realmente en serio, sino también el hecho de habértela pasado jodiendo bastante, bastante) para que haya prórroga. Qué buenas quedaron las milanesas.

Y me puse a buscar la noticia en Internet pero no la encontré. En Internet, sí, esa cosa que tiene porno adentro. Entonces encontré esta página web muy graciosa, que habla del suicidio de un chico de catorce años, pero es del año pasado, pero no es graciosa por lo del suicidio sino que es graciosa porque abajo aparece la foto de un tipo que da ayuda védica o algo así, y que se parece a un actor cuyo nombre no recuerdo, pero es argentino y usa barbita candado así, el viejo. Suele hacer de malo.

Yo, entonces, abrí el documento de Word en el cual me hallaba trabajando para un enorme artículo cinematográfico de los que son listas de cosas en mi sitio web, y me encontré con que el 75% de lo que había escrito no había sido guardado. Y me dije: “Ah, mierda”, en relación al sentimiento despertado; a las emociones correspondientes. El archivo que se rompe no es archivo. Y pensé entonces en posponer ese artículo y dejarlo para luego, aunque algunas cosas puedan llegar a desactualizarse, porque lo probable es que cuando vuelva a escribirlo ya no quede tan fresco, ni tan gracioso, ni tan pedófilo, ni tan macanudo.

Y me encontré entonces, entonces, entonces, con que a un joven travesti se le permite, se le autoriza ir a la escuela vestido como mujer. Y resulta que es travesti abanderado. En Nogoyá, que es Corrientes o Entre Ríos. Habría que preguntarle a Belgrano, que opina. Porque la bandera idolatrada es la enseña que Belgrano nos legó. Pero el travesti dice que la gente no lo entiende, que si lo que está haciendo es pecado (eso de ser travesti, supongo, porque ser abanderado no es pecado: yo fui abanderado y peco únicamente con lo del porno y lo de desearle cosas malas al prójimo), entonces a va a pecar cada segundo de su vida. Bien ahí, en eso estamos de acuerdo. Ponete pantalla, negro, que te vas a quemar. ¿A los putos se los entierra con un traje ignífugo puesto? La presidente del Consejo General de Educación de la provincia salió entonces a decir que “se respetará la identidad que elige cada ciudadano” y que por eso no habrá discriminación. Fenómeno. Mi identidad es la de ir desnudo y armado a clase. No, no mato a nadie y no represento un peligro para nadie. No, el arma no tiene balas, pero es mi identidad. Eh, viejo, respetame la identidad. En La Rioja detienen a un pediatra porque abusaba sexualmente, mientras que el hermano del Papa dirigía un coro de niños y ahora salen las denuncias, mientras que un director denunció a una profesora que supuestamente tenía una relación con un alumno. Yo no sé que esperamos para poner el cartel de “prohibido coger”, caramba. Pará, pará, en una de esas yo me quiero morir. No. No, no me quiero morir, porque ni siquiera le terminé de hacer el ablande a la moto.

Pero no hay nada sobre eso de los exámenes, de la suicidada, nada. Dice Internet (eso sí) que a Michael Fox lo nombraron doctor honorífico. Los del Nobel. Bueno, eso sí que tiene sentido, porque el tipo viajó al futuro una vez y al pasado dos veces, y era hora. Justo a tiempo… JAJAJAJAJA… ¿Se entiende? ¿Se entiende? Pobre Michael Fox, para lo único que sirve ahora es para recibir premios honoríficos. Y para ponerle el orégano a la pizza, también. Supongo. Pero no se me ocurre qué poner.

Pensé en enriquecerlo todo con una narración entretenida acerca de los retorcijones que tuve el otro día camino al trabajo, pero imagino que no soy el único al cual el morrón le cae cada vez más para el ojete.

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