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Archive for 11 mayo 2010


Mucha gente ha hablado acerca de las cosas que hacen a la felicidad. “Dios está en los detalles”, solía decir un arquitecto de nombre que no recuerdo pero que era del tipo “holandés complicado”. Pero vieron que en Holanda no hay piquetes, no hay chorros, ni ninguna de esas otras cosas que te mantienen entretenido cuando no vivís en Holanda sino en otro lado.

Porque en Holanda las cosas van tan bien, que 1.200 miembros del sistema penitenciario se están quedando sin empleo debido a que van a cerrar las cárceles. Van tan pero tan bien, que incluso las pocas cárceles que tienen deben ser lugares geniales. Hace cosa de dos semanas unos delincuentes incluso penetraron en una cárcel de mínima seguridad en la ciudad de Hoorn y se robaron televisores, ya que los prisioneros se hallaban fuera del establecimiento (resulta que los presos tienen permiso de salir los fines de semana).

A mí me suena a que es una gastada al resto del mundo. Si fuera Obama, yo les tiro unos misiles a estos holandeses de mierda, qué querés que te diga. Un mejor hombre pensaría en tratar de aprender de los holandeses, pero si yo fuera un mejor hombre no tendría una Traffic de vidrios polarizados con patente trucha y el interior acolchado, y un botiquín con sedante para caballos -que tampoco usaría para seducir adolescentes a la salida del colegio-, sino que directamente tendría un sótano con incinerador especialmente acondicionado para llevar a cabo mis extrañas danzas de amor. O una quinta en Merlo, donde los gritos pudiesen perderse entre los eucaliptos, y donde hubiese mucho lugar donde cavar.

Pero basta de hablar de Holanda: lo que quería conversarles es que creo que la gente confunde la felicidad con el alivio. La felicidad es una circunstancia, pero el alivio es lo que hace a la felicidad más intensa. Porque la mejor parte de estar vivo, podríamos decir, es no estar muerto. Podría llegar uno a graficar muy eficientemente tanto el lazo como la diferencia entre la felicidad y el alivio mediante el siguiente ejemplo: la felicidad es tener un hijo, después de haber pasado por algo tan complicado como un embarazo. Vos llorás de emoción, tu pareja también, una nueva etapa empieza, ahora somos una familia, etc. El alivio es ver que el nene se te parece. Estoy seguro de que los hombres me entienden. Y hablo sin conocimiento de causa (debido a que no soy padre), pero la verdad es que hablo sin saber acerca del 90% de lo que hablo, y hasta ahora eso no sólo no me detuvo, sino que es prácticamente el secreto de mi éxito.

Es probable que puedan reconocer esa sensación de bienestar, que a veces suele disfrazarse o pasar desapercibida, pero está. Es casi como el alivio egoísta (pero sensato) de que le pase a otro y no a uno, que es bueno y paga los impuestos y tira la basura al tacho. Porque uno es medio imbécil y cree en esas cosas. Sucede, por ejemplo, cuando uno pasa por delante de una casa velatoria y ve gente reunida. Yo en lo personal siento un pequeño alivio de no ser uno de los deudos, y un gran alivio de no ser el muerto. Pasar por la puerta del hospital y ver a un montón de gente afligida en la Guardia también suele provocarme una sensación muy parecida. Y no es que me alegre del dolor ajeno, sino que me alivio ante el “no-dolor” propio.

En algunos casos, no obstante, este alivio alegrador proviene no de la ausencia de desgracias personales sino de un momento intenso en el que algo sorpresivo que podría haber salido catastróficamente mal, termina saliendo bien. Viene a ser como un “retruco” pasivo que uno le puede llegar a cantar a las circunstancias, aún sin haber tenido nada que ver en la resolución de los hechos. Y esto fue precisamente lo que me ocurrió este sábado. La cosa fue así

A eso de las diez de la noche, yo salí con el auto a un lugar cercano a casa (unas diez cuadras). Para bien o para mal, mi automóvil requiere de mí una notable cantidad de atención, ya que al ser un vehículo de hace quince años, no cuenta con la suficiente cantidad de indicadores que poseen los autos estos del futuro que usa la gente hoy en día, con lucecitas para avisarte de que dejaste esto o lo otro prendido, o sistemas de desconexión y ahorro de esto o el otro. Lo que quiero decir con esto es que me olvido el desempañador y la calefacción prendida dos de cada tres veces, con lo cual se vacía la batería, etc. Porque ahora que lo pienso, tienen lucecitas pero son muy chiquitas y están como al costadito. Entonces, cuando manejo, le presto más atención a esto de los chirimbolitos que al tráfico mismo, el hecho de estar vestido o no, las señales de tránsito, la velocidad a la que circulo, el hecho de que esta calle sea o no contramano, o a cualquier otra cosa.

Y en esa línea de pensamiento estaba cuando me bajé del auto (una vez en destino) con la intención de saludar a mi tía. La calle no estaba del todo iluminada, y yo las luces interiores del auto no las prendo porque, como dije, luego me las olvido prendidas y se vacía la batería. Una vez saludada la pariente, me subí al auto y emprendí el regreso a casa. Pensé en echar algo de nafta pero me contuve debido a que no llevaba encima más de 15 pesos, cantidad económica insuficiente para echarle nafta a algo hoy en día (a menos que uno ande en ciclomotor o en una cortadora de pasto. O un auto a radio-control).

Y llegué a casa, y me bajé del auto. Y no sentí conmigo los documentos del auto. Y algo que yo no les había contado a ustedes hasta ahora (sólo debido a restricciones de los recursos narrativos) es que yo llevo los documentos del auto en una carterita negra del tipo “plana-oculta”, del mismo modo en el que un gangster afro-americano lleva su pistola: suelta y nomás metida en la cintura contra el cinturón, entre los pantalones y los abdominales hercúleos (en mi caso, porque sufro una adicción al gimnasio. De ahí, mis músculos).

La cuestión es que cuando me bajé del auto esta carterita no aparecía, no aparecía y no aparecía. Hice entonces lo que siempre hago cuando me pongo nervioso: toser. Y tosiendo entré a buscar entre los asientos del auto, mitad al tanteo, mitad rogando que apareciese. Pero no apareció. Fue entonces que sentí el escalofrío de quien recuerda haberse bajado del auto en una calle mal iluminada para saludar a alguien, sin fijarse de si se le caían o no los documentos del auto en ese instante.

La puta –dije.

cedulaverdeY subí al auto, raudo y presuroso, con la certeza de que había perdido los documentos del -precisamente- auto. Con la imagen de la calle vacía y mal iluminada pero sin una carterita en medio de todo, a la desgraciada espera de que cualquiera pudiese habérsela llevado nomás por el simple hecho de acumular porquerías que no le sirven sino al dueño. Me hallaba a la vuelta de la esquina del lugar del hecho cuando vi venir, en la dirección contraria, a un grupo de muchachotes adolescentes del tipo “No salí todavía en Policías en acción porque están editando el tape”. Lleno de prejuicios como soy, imaginé que si no ellos, cualquiera que hubiese pasado por allí los habría recogido. Pero no los culpé a ellos, sino a mí mismo.

En una de esas mi tía salió a la calle y pudo recogerla antes de que otro lo hiciera –dije para mis adentros, tratando de convencerme y de tapar la tos. Pero era mentirme a mi mismo, sí. Como cuando mi esposa se va a atrabajar y yo me disfrazo de Magneto y con un poco de tanza y cinta ato del techo los cuchillos del cajón de la cocina de tal forma que parezca que los estoy haciendo levitar me digo a mi mismo que voy a empezar a comer más sano, y esas cosas.

Y doblé. Y medio como entre la mugre del parabrisas y la oscuridad de la noche y la soledad de la callecita y el brillo de lo que empieza a ser la humedad de la noche sobre el pavimento, creí ver algo. ¿Es? ¿Es? Mi corazón decía que era, pero mi cerebro no estaba del todo convencido. Mis riñones me decían que sí, que era, pero los pulmones enfermos desconfiaban. En la garganta, un nudo. En la frente, el sudor helado. En la vesícula, cálculos. Mi pene no opinó, ocupado en presionar el pedal del embrague a fin de que yo pudiera pasar el cambio… pero… ¡Era!

¡Ah, el alivio! ¡La felicidad hecha alivio y viceversa! ¡La certeza de no haber perdido los documentos del auto! Sonriendo, me bajé del auto y recogí la carterita, que apenas se veía mas allá de haber quedado sembrada, como baobab automotriz, en medio de la calle. A continuación volví a casa, comí algo e hice otras cosas, pero que no vienen al caso. La mejor parte del relato ya la tienen.

La pregunta del día, entonces, es: ¿Cuándo fue la última vez que confundieron el alivio con la felicidad?

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