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Archive for 30 abril 2008

Decretazo


Este lunes me despertó el noticiero con el impresentable de Chávez negándose a pagar los cuatro mil millones de dólares que la siderúrgica SIDOR dice valer, o que al menos es el precio al cual se la cotizó ante los intereses del gobierno venezolano (que quiere quedarse con ella y estatizarla). Esta empresa (cuyos capitales son argentinos-italianos en más del 50% si mal no recuerdo) lleva 10 años de privatizada, y más de un año entre conflictos laborales, protestas, etc.

-No voy a pagar esos cuatro mil millones, y si no quieren ponerse de acuerdo con nosotros y definir un precio justo, entonces yo el martes mismo firmo el decreto de expropiación y listo, se joden por completo –fueron mas o menos las palabras del dictador bolivariano. Ni idea tengo acerca del cumplimiento (o no) de su amenaza.

Así de simple. Yo entonces me puse a pensar en el poder de los decretos, así de buenas a primeras. Alguna vez, mi viejo supo decir, medio en serio y medio en broma ante el fallecimiento de un vecino, que la gente se moriría menos si la muerte estuviese prohibida por decreto. Hasta hoy no había sabido decir lo que mi padre había intentado decir con ello, pero ahora lo entiendo. Y creo que funcionaría increíblemente, siempre y cuando se hiciese de forma ordenada y efectiva. Creo inclusive que ese decreto le habría salvado la vida a mi viejo, valga la ironía.

Decreto de Guerra Los decretos funcionan, es obvio. Por lo menos, cuando al Estado (que es el que manda) se le pone fija la idea de que tienen que respetarse. Y el ciudadano promedio termina sometiéndose a la ley precisamente porque la ley es precisamente eso: Ley. Uno, a la larga, acata. Acata inclusive sin darse cuenta. Uno se deja, se acostumbra, se hace a la idea de que “bueno… es lo que hay”. Díganle conformismo, pero creo que a veces la alternativa sería pegarse un tiro y masticar una pastilla de cianuro al mismo tiempo, o echarse encima un turbante y entrar a un Mc. Donald´s con una mochila llena de explosivos plásticos gritando WAHALALAHALALA! u otra cosa probablemente no tan graciosa. Al fin y al cabo, mediante el decreto 227 del Boletín Oficial del pasado 15 de Abril, nuestra presidenta dispuso que todos los canales de noticias se encontrasen en los números que van del 2 al 6, nomás para marear a la gente, tras acusar al canal Todo Noticias de “negativo y tendencioso” cuando en el mundo lo único más oficialista que TN es el diario Clarín, y lo único más oficialista que el diario Clarín es Alberto Fernández. Después de todo, el gobierno chino llegó a prohibirles la reencarnación a los budistas. Y de ahí para abajo, agarrate, porque vale todo.

Es una cuestión de políticas preventivas y mano dura. Es el lado serio de ese curro que en el mundo corporativo y chanta de los gurúes, asesores y cráneos empresariales se conoce como “ser pro-activo”. Por ejemplo… el afán recaudador y negligente del Estado es pro-activo. Actualmente, el plan de ahorro de energía hace que puedas llegar a pagar una multa en los servicios, obligándote a consumir en gas y electricidad lo mismo o menos que durante el año pasado, lo cual es decirte que no podés lavarte las patas más a conciencia que el año pasado, ni ver películas más largas que las que viste el año pasado. Trasladémoslo entonces al plano hospitalario:

Lo primero a hacer para ayudar a todos –una vez emitido el decreto y con la población tan encolerizada como confundida- sería jerarquizar y catalogar ciertas afecciones de las que pueden evitarse con algo de dieta sana y ejercicio físico. Tales enfermedades serían catalogadas como “Enfermedades Innecesarias” o “Males por Negligencia”, con lo cual ya estarían mal vistas, legalmente condicionadas y podrían empezar a ser multadas en una suerte de “hacete cargo”. Las prepagas no se verían en la obligación de prestar servicio en lo referido a ellas y los laboratorios aumentarían el precio de los medicamentos encargados de tratarlas. Multa al que fuma, multa al que luce su gula, multa al que practica un deporte extremo, multa a la que termina vomitando clericó, multa al que se cae de la patineta. Pobre de aquél que osase sufrir un accidente de tránsito y no muriese en el intento. El suicidio estaría penado únicamente en esos casos que pudiese afectar a un tercero, u ocasionando algún tipo de gasto al pueblo, que paga sus impuestos pero no con la idea de andar subvencionando sepelios de indigentes. También, la muerte de cualquier menor de edad debido a males por negligencia sería una indiscutible responsabilidad de los padres, quienes aprenderían a la fuerza. Porque con el dolor no alcanza.

-¿Cómo no aplicarle la justicia bolivariana a esos padres que dejan que sus hijas se llenen de pastillas antes de salir a bailar y luego actúan sorprendidos? -diría el venezolano-. ¿Tiene sentido que un hospital tenga que pagar por los insumos necesarios para curar a dos adolescentes borrachos a quienes nadie mandó a querer golpear a un policía?

El SIDA, siendo tan letal y a la vez tan fácilmente evitable -y lo que es peor, de tan costoso tratamiento-, se convertiría probablemente en poco menos que un castigo divino. Las excepciones en lo que a enfermedades degenerativas o terminales (y también otras) se refiere, se llevarían a cabo con los de siempre: los ancianos, quienes debido a su condición no pueden hacer nada para evitar o retrotraer el uso prolongado de si mismos. Vieron como son los viejos: no pueden evitar el agarrarse algún achaque y –desprovistos de las habilidades regenerativas de antaño- eventualmente entran en un estado de putrefacción, y mueren.

-¡No podría yo culpar a la viejecita que a los 88 años se ha muerto de un infarto, pero cómo no voy a castigar a la esposa irresponsable del obeso de 32 que sufrió ese mismo infarto tras beberse cuatro botellas de cerveza y comerse tres docenas de empanadas él solito! -diría Chávez. Y tendría razón.

Eventualmente, la gente comenzaría a cuidarse, para no joder tanto a los que quedan vivos. No habría hogar sin un tensiómetro, todos sabríamos practicar primeros auxilios y traqueotomías de emergencia, se acabarían los programas de gordos haciendo cosas en la tele, las anoréxicas tendrían que buscar otra forma de llamar la atención, etc. Las mujeres revisarían sus pechos una y otra vez a fin de evitarse las multas propias de quien pudiese contraer el cáncer de mamas, y de paso, se evitarían el cáncer de mamas, porque no les quedaría otra. Me dirán ustedes que eso recrudecerá la diferencia entre pobres y ricos, ya que los ricos siempre podrán tratar sus achaques en privado sin preocuparse los sobreprecios aleccionadores o las multas, pero lo cierto es que eso siempre fue así, como así también siempre hubo gente dispuesta a violar la ley. Lo único que se añadiría sería una mejor calidad de vida y salud para los que hoy en día tratamos de tener la menor cantidad posible de infracciones en nuestro haber y –encima- dependemos de la buena de Dios pese a que nos dejamos esquilmar por las obras sociales mes a mes.

La única contra de este proyecto de sistema de salud y existencia es que en caso de decretarse y ejecutarse, desencadenará algo fascinante y a la vez macabro. Porque ante lo penoso de vivir y lo trágico de morir, la mayoría de la gente comenzará a desaparecer. Ya por voluntad propia o de sus seres queridos. La hija desaparecerá a la madre sin avisar a sus hermanos. El esposo desaparecerá a la esposa sin avisar a los hijos. El hombre enfermo se desaparecerá a si mismo, sin dejarle una carta a nadie. Y ningún particular buscará, porque reclamando tampoco estará nadie. Pero el Estado sí que buscará. Buscará mas allá de los límites del agotamiento, con sabuesos fiscales, probablemente, siendo las personas de mayor nivel adquisitivo las únicas en condiciones de poder llorar a sus muertos, llevando un duelo a la vieja usanza. Porque morirse estará prohibido, por decreto.

Y cuando los desaparecidos sean más que los muertos, los muertos menos que los vivos, y el Estado no haga otra cosa más que buscarlos a todos, ahí te quiero ver.

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Ayer


Copio pego aquí una noticia tal y como el diario la sube, siendo hoy (mientras escribo) viernes 25 de Abril, dos menos cinco de la tarde en mi reloj. No hace falta aclarar que prefiero hacer esto a tener que sólo pegar el hipervínculo porque los noticiosos digitales son famosos por editar, modificar y manosear una noticia levantándola y eliminándola en caso de antojo, ¿no? Bueno. Lean:

Pasajeros de la línea Mitre cortaron las vías en Olivos para protestar por desperfectos en un tren
12:02
Ocurrió esta mañana y afectó a las dos manos del ramal a Tigre. “Se les dijo que debían bajarse para cambiar la formación, pero decidieron saltar a las vías”, explicó el vocero de la empresa TBA. La protesta duró cerca de 30 minutos y luego se trasladó a la terminal de Retiro, donde muchos pasajeros reclamaron la devolución del dinero. Pasajeros de la línea Mitre protestaron esta mañana cortando las vías del tren en la estación Olivos por la detención de una formación que se dirigía a Tigre. “Se les dijo que debían bajarse de la formación para cambiarse a otra, pero decidieron saltar a las vías para protesta”, explicó el vocero de la empresa TBA en diálogo con Clarín.com.

Según esa misma fuente, la protesta comenzó alrededor de las 9:40, duró cerca de 30 minutos y provocó demoras en ambas manos del ramal. Finalmente, la formación que sufrió el desperfecto fue removida y los pasajeros continuaron su viaje en otro tren. Sin embargo, muchas personas decidieron continuar con la protesta en la terminal de Retiro.

“Los usuarios reclamaron la devolución del dinero, pero no hubo detenidos”, dijo Gustavo Gago, vocero de Trenes de Buenos Aires (TBA), cerca del mediodía, luego de hablar con el comisario de la división Mitre, Raúl Mesa. Además, admitió que a esa hora “todavía hay algunas demoras” en el servicio del ramal Tigre. Una versión, sin embargo, hablaba de dos personas detenidas.

Link: http://www.clarin.com/diario/2008/04/25/um/m-01658863.htm

Ahora bien, lo cierto es que yo puedo decir dos o tres cositas acerca de la protesta porque, prácticamente, fui uno de los que la vivió, mamó y alimentó. ¿Cómo? ¿Es cierto eso, Mantis? ¿Todo junto? La cosa fue así…

TrenesUstedes saben que vivo en Victoria, San Fernando (próximo a bautizarse San Fernández, imagino), zona norte del GBA. Y que simulo que trabajo de actor porno desactivando minas anti-persona en Retiro, en un edificio moderno e inteligente, de los que se construyen en base a especulaciones millonarias, capitales extranjeros, el hecho de que mi sueldo es el mínimo y cosas peores. Y que subo al tren en Virreyes (una estación anterior) porque me queda cómodo. Y que soy un amor de tipo, entre otras cosas. Suelo tomar el tren de las siete de la mañana, pero hoy salí diez minutos tarde porque me quedé comiendo unos sánguches de miga descongelados que habían sobrado de mi casamiento, no voy a mentir. Así y todo, siempre salgo con tiempo de sobra, por lo que no me preocupé ya que tarde no iba a llegar. O al menos eso creí.

Serían las 7.20 cuando tomé el tren, que se demoró en aparecer. Ya llevaba paradas a unas seis personas por vagón, como siempre. A esa altura del partido yo iba a llegar a trabajar cinco minutos tarde, lo cual me pone nervioso a pesar de que no se me controla el horario. Saqué entonces un libro y entré a leer, no tanto de gusto sino con ganas de que el viaje se me abreviase pasando páginas. El tren pasó juntando gente por Victoria, por Béccar, por San Isidro, por Acassuso… Y estábamos en Martínez cuando personal de TBA comenzó a soltar la misma perorata de siempre: “Desciendan por favor, esta formación fue cancelada”.

Muchos descendieron, y otros tantos se quedaron en el tren (de ahora en más hablaré de lo que en mi vagón sucedía). Cuando se le preguntó el motivo al muchachón éste, la respuesta habló acerca de una formación averiada en la estación Olivos (dos estaciones después), que necesitaba ser remolcada. Con nuestro tren. Y así, algunos comenzaron a brotarse, porque el chiste (o gota que derramó el vaso) fue el hecho de que la misma movida habían llevado a cabo dos días atrás, en el servicio de mismo horario. Aunque la cereza de la torta la puso una jovencita que, a los gritos, nos puso al tanto de lo que pasaba dos estaciones más adelante, precisamente en Olivos. Porque desde allí, una compañera de trabajo la estaba llamando para informarle que su tren se detenía y cancelaba debido a que tenía que remolcar a otro tren que se había quedado varado más atrás.


-¡Mienten! –decía una vieja-. ¡Es todo mentira!
-¡Siempre con la misma basura! –gritaba un señor-. ¡¿Quieren hacer echar a alguien o están pidiendo más subsidios?!
-¡No se baja nadie! –mugía una gorda-. ¡Suban, suban todos que a Retiro vamos o vamos!


A todo esto yo ya calculaba llegar 20 minutos tarde. Pero los sensatos (me incluyo, sí) tratábamos de ofrecer alternativas lógicas y decentes a todo el asunto, “creyéndoles” la mentira. Hubo quien sugirió hacer un cambio de vía, y quien recordó que el acto de remolcar debía llevarse a cabo mediante uno de los trenes que viajaban precisamente rumbo a Victoria, donde se encuentran los galpones. Ni decir que los trenes rumbo a Retiro siempre llevan más gente de los que llevan los que van rumbo a Tigre. Pero el sentido común de los empleados de TBA era… bueno, no era.


-Me están puteando –dijo un muchacho de traje desde su asiento, ofreciendo su teléfono celular en plena comunicación a quien quisiera escucharlo-. Mis jefes me están puteando por culpa de TBA…


En una de esa fueron los nervios, pero a medida que pasaban los minutos el guarda comenzó a confundirse, cruzando explicaciones y tratando de justificar el descenso de los pasajeros, que ya no descendíamos. Finalmente llamó a la policía a través del telefonito (léase walkie-talkie), pero eso irritó a todos todavía más. Los efectivos policiales (dos) se acercaron en cuestión de minutos, y amagaron a elevar la voz hasta que se dieron cuenta de que los presentes estábamos todos igualmente dispuestos a ponernos medievales. Mi vagón y el que le seguía estaban llenos, pero los pasajeros restantes se amontonaban en el andén, entrando y saliendo según se iban envalentonando o buscando un poco de aire fresco.


-Queremos que la vía se despeje rápido, y para eso necesitamos la colaboración de la gente –dijo el policía
-La gente está colaborando con la no-violencia, agente –respondió un muchacho alto que tenía pinta de ser un amor de tipo-. Si esto estuviese pasando en la línea Roca o Sarmiento, en vez de llamarlos a ustedes habrían tenido que llamar a los bomberos. ¡Pero (gritando hacia afuera) no les vamos a quemar los vagones porque eso es precisamente lo que buscan estos sátrapas (señalando a los sátrapas)! ¡Lo que vamos a hacer es quedarnos acá hasta que venga, por la otra vía, un tren vacío a buscarnos!
-¡Eso! –apoyaban las señoras-. ¡Que nos manden un tren vacío!
-Atrás viene otra formación desde San Isidro –dijo un empleado de TBA.
-Si, y ya está llena –retrucó un gordo con ganas de merengue pugilístico-. Subite vos, que yo igual ya estoy llegando tarde.
-No, queremos un tren vacío –insistió un señor parecido a Bioy Casares-. El joven tiene razón.
Si esto no fuera tongo, nosotros nos habríamos bajado –agregó una chica-. Pero sabemos que es mentira y nos quedamos.
-Nos quieren apurar para poder cobrarle el boleto a los que vienen atrás –dijo una señora guardando las agujas de tejer en su bolsa-. Pero si nos quedamos acá, los de atrás viajan gratis.
-Cuando no le cierran las cuentas al que maneja la caja de TBA –finalizó un muchacho vestido de enfermero-, estos hijos de puta hacen quemar un tren, para dibujar los numeritos.


Eventualmente, la presión hizo su efecto, y lo que era tan improbable como imposible, sucedió. Tras largo rato de conversación entre walkie-talkies se nos prometió un tren vacío, que retrocedería desde Vicente López y luego nos llevaría rumbo a Retiro. Debería haber pedido refrigerios para todos -ahora que lo pienso-, amenazando al maquinista con electrocutarle los vellos genitales tras tirarlo desnudo contra el tercer riel.


-¡Todos adentro del tren hasta que venga el otro! –mugió entonces la gorda-. ¡Cuando llegue… recién entonces nos bajamos!
-¡Si no viene el otro tren, nos quedamos! –dijo una voz reflejando la decisión tomada.


Dentro del tren pasamos otro ratito, y cuando las campanas avisaron que se acercaba otra formación, me paré y empecé a caminar rumbo al otro andén. Miré el reloj y me di cuenta que ya no tenía tiempo para seguir protestado, más que nada porque no había podido comunicarme telefónicamente con mi laburo (resultó ser que el teléfono estaba roto). Llegué a trabajar a las nueve, exactamente una hora tarde. Y no reclamé por mi boleto en la estación, ya que a fin de cuentas hice el viaje, y para delincuentes ya están ellos.

Ahora díganme cuánto de esto aparece la noticia, o el reporte de la empresa.*




*Así como yo subí al tren que vino vacío por via contraria, viajando apretadísimo, muchas personas se cruzaron de andén en vano, y probablemente se aunaron a las que ya venían demoradas en los trenes siguientes, para continuar con la protesta que quizá terminó con la gente sentándose en las vías.

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ChinchulinChe… che…
¿No les cae mejor Lousteau, desde hoy? ¿A ustedes no les parecía también que en las fotos con los otros viejos mafiosos quedaba medio fulero? ¿Lo imaginaban yendo a comer a lo de D´Elía con su esposa? ¿Tendrá fotolog?

Y ya que estamos hablando de mafiosos: ¿Quién tiene más madera de López Rega? ¿Moreno, De Vido, Rasputín o Alberto Fernández?

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Tres cosas fundamentales sabemos (acerca de mí) los que frecuentamos Damos Pen@:

1- Soy un amor de tipo.
2- Soy el tipo a quien recurrir en caso de invasión zombie, debido a que mi armario es más o menos como el sótano del tipo de bigote en la película “Temblores”, con Kevin Bacon.
3- Suelo relatar con equivalente entusiasmo las experiencias fascinantes y las no tan fascinantes.

La primera y segunda no se discuten. Y en relación a la tercera, es que quiero compartir con ustedes todo el asunto de viajar en avión, ya que debido a mi luna de miel en Kirchnerlandia (Santa Cruz) tuve que subirme a un aeroplano en dos oportunidades, una de ellas con escala, lo que quiere decir que hice tres vuelos. No había volado nunca en mi vida, cosa que no me hace sentir mejor ni peor, sino más bien menos “modernoso” que –por ejemplo- mis compañeros de trabajo, o algunos amigos de los que planean sus vacaciones a lo largo del año con tanta dedicación como la que yo le dedicaba al Street Fighter 2.

Algunos de ustedes son potentados terratenientes y oligarcas blancos, y muy probablemente no necesitan de este artículo, pero sé que también hay en este momento, en un Telecentro en Carupá que acepta se le pague con sexo, un pequeño niño de seis años tratando de saber qué se siente viajar en avión. “¿Cómo es viajar en avión?”, tipea el tierno niño en la barra de búsqueda de Google, mientras el dueño del negocio le guiña un ojo y se le sienta al lado, acariciándole la pancita. Y es para él que estoy escribiendo: para el dueño del Telecentro. Para él y también para el resto de nosotros, que no nos subimos previamente a un avión debido a que:

1- No tenemos el dinero para hacerlo.
2- No creemos tener el dinero para hacerlo (¿sabían que hay una ley que les permite a los residentes argentinos pagar los pasajes a mitad de precio teniendo en cuenta unas pocas consideraciones?).
3- No disfrutamos de viajar, no tenemos la necesidad de hacerlo y tratamos de evitar el hecho de tener que subir a un armatoste de acero repleto de combustible que se eleva miles de metros en el aire sujeto a un par de principios físicos cuestionables y que, cuando se cae, no suele dejar sobrevivientes.

Pero el asunto (me limitaré a contarles el viaje de ida, dejando el interesante regreso para otra ocasión) es más o menos así. Lo primero es llegar al aeropuerto. Mi radiante esposa y yo nos tomamos un taxi desde el microcentro hasta “Aeroparque”, que es como se conoce al Jorge Newbery. Hasta ahí, todo bien. Era domingo a la mañana y hacía bastante calor. Yo había desayunado aprovechándome del buffet libre del hotel y estaba que no sabía si cagarme o vomitar. Preferí esperar, debido a que se me hacía grasa eso de descomponerme antes de llegar al avión.

A “Aeroparque” se llega rápido. Cuando me vendieron el boleto de embarque (porque no te venden los pasajes sino unos cartones que te permiten acceder a los pasajes una vez despachado tu equipaje en el aeropuerto) me dijeron que debía estar allí una hora antes de salir, y yo cumplí. Allí, una señorita de piernas poderosas y mirada lasciva pesa tu equipaje, que no puede ser de más de 15 kilogramos por persona, so pago de multa. Aparte de eso, podés llevar equipaje de mano, pero no podés incluir allí elementos cortantes o punzantes, líquidos y otro montón de cosas que podrían ser usados por los terroristas, supongo. Una vez despachado todo, a mi esposa se le ocurrió ir al baño antes de ir a la puerta correspondiente para subirnos al avión, que todavía no estaba listo. Yo entonces hice dos pasos y en un negocio me compré una cámara de fotos descartable a pesar de que llevábamos ya una cámara digital, porque no se me puede dejar sólo y con plata en la mano.

Al ratito, tras caminar subiendo un par de escaleras, llegamos a la sala de espera. Allí, se espera. Cuando viene el avión, uno ya tiene el pasaje en la mano y camina a través de unos pasillos y mangueras con armazón metálico hasta abordar. Como curiosidad les diré que me tocó sentarme en la salida de emergencia (asientos no reclinables por motivos de seguridad), justo sobre una de las alas, lo cual me tuvo pensando bastante rato en la posibilidad de morir al abrirse accidentalmente esa compuerta.

En un principio, cuando ya estábamos todos sentados y con el cinturón abrochado, el avión comenzó a moverse, pero por tierra. De acá para allá, como un auto buscando lugar donde estacionar. Uno creería que las alas del avión son dos estructuras rígidas, afiladas como katanas y capaces de decapitar a quien se pare delante de ellas, pero no, nada que ver. Las muy malditas se sacudían flexibles hacia arriba y hacia abajo con el movimiento del vehículo, como aleteando. Lo cual me tuvo pensando bastante rato en la posibilidad de morir horriblemente en un accidente de los que algunas películas caseras en blanco y negro registraron tiempo atrás, cuando el hombre trataba de diseñar aviones monoplaza y para probarlos se tiraba en pijama desde un peñasco.

Y cuando el piloto (o Capitán) se acomoda en la pista, es que uno empieza realmente a pensar en la posibilidad de morir, porque el avión comienza a acelerar el motor sin avanzar, como un auto que levanta revoluciones en su motor dispuesto a salir quemando neumáticos contra el pavimento ni bien el semáforo le dé el visto bueno. Este avión en particular era de los medianamente viejos y relativamente pequeños, que llevan las turbinas y las alas en la parte trasera, por lo que las turbinas, por detrás de mí, rugían con un sonido cada vez más agudo, como diciéndome “que no se vaya a aflojar una tuerca porque esto sale haciendo sapito como un buscapié”. Lo único que me reconfortó un poco el alma fue el hecho de que en caso de estrellarnos, lo íbamos a hacer contra alguna de las villas miseria que rodean el aeropuerto, haciendo mierda a un montón de negros, a menos que el coso éste directamente explotase mucho antes de alcanzar a las embarazadas.

Pero cuando la turbina parecía no aguantar más, el avión se puso en movimiento. La azafata ya nos había dado las instrucciones, y nos había enseñado la forma correcta de utilizar las mascarillas de oxígeno y los salvavidas, elementos que yo habría estado muy dispuesto a cambiar por un… por ejemplo… no sé… un paracaídas, digo: a fin de cuentas no íbamos en una lancha. Y en sólo unos diez segundos de velocidad estábamos en el aire. Ahora bien, algo que en las películas no te cuentan es que el avión sube para arriba, pero para arriba en serio. El avión asciende en un ángulo unos 50° durante varios minutos, con el cuerpo echándose hacia atrás, casi como en un cohete. Nada de ir andando derechito: recién al rato uno puede sentir que la nariz del bicho baja y todo se endereza.

Las cosas se ven cada vez más chiquitas, y al rato todo se pone aburrido, porque no pasa nada. A la media hora de vuelo rumbo al sur, se ven nomás manchas marrones, nubecitas y algo de agua. Andá a encontrarlo a Julio López. Y uno se hace entonces a la idea de que el despegue ya pasó, y que morirá recién al intentar aterrizar en Bariloche, destino de unos y escala de otros (los que íbamos rumbo a El Calafate, por ejemplo). Pero fue entonces que conocí los pozos de aire.

Un pozo de aire es precisamente eso: un pozo. El avión viene derecho y de repente cae. Y ahí si que te sentís morir. Los que no llevan bien puesto el cinturón de seguridad se quedan arriba sin embargo, pero no fue ese mi caso, ya que por si las moscas no me quité el cinturón en ningún momento. Ni siquiera cuando vino la comida, que consistía en sánguches de queso amarillo y unas tostaditas con manteca. Lo bueno fue que a mí me tocó doble comida, porque la escala en Bariloche se produjo apenas pasado el mediodía. Me pedí dos cervezas para rociar todo el entrevero (el desayuno buffet ya estaba empezando a ejecutar un apartheid intestinal, con el yogur y el café por un lado y las medialunas de grasa y el jugo de naranja por otro), pensando también en aumentar mi nivel de alcohol en sangre, cosa de arder más rápido en caso de choque con otra aeronave o atentado terrorista.

Las azafatas (viajé por Aerolíneas Argentinas o Austral) estaban todas bastante buenas y tenían todas cara de cansaditas, especialmente una morocha “treintona” que iba apoyando sus nalgas por el pasillo entre los asientos, meta rozar, agacharse, rozar y agacharse. Y mas allá de que las prefiero lindas, lo que más me agradó fue el descubrir que no hay azafatas gordas. Imagino que un juicio por discriminación no podría llevarse a cabo debido a que un exceso de tamaño les impediría deslizarse y realizar su trabajo. Amén de que imagino que si soy el piloto y me encuentro manejando un cacharro de latón que sacude sus alas agradeceré se me libre de cualquier innecesario exceso de peso a fin de extender la autonomía de vuelo.

Pero, en definitiva, tras un rato de embole, las voces del avión (porque hay voces) te dicen que el comandante ha iniciado las maniobras de aterrizaje. La verdad es que el aterrizaje se siente mucho menos que el despegue, y si bien el avión rebota un poco, a esa altura yo ya me había hecho a la idea de la muerte y todo me daba más o menos lo mismo. Como aterrizamos obviamente sobre la pista y a una distancia prudencial de las construcciones del aeropuerto en sí, nos enviaron un colectivo a buscarnos, para acercarnos.

Seis grados de temperatura estaba haciendo en El Calafate en ese momento, y además llovía. Entramos mucho antes que nuestro equipaje, el cual apareció por una cinta transportadora, todo mojado. Lo cual me tuvo sin cuidado, ya que la previsión de mi esposa había insistido lo suficiente como para hacer que todas nuestras pertenencias se encontrasen envueltas en bolsas de nylon, dentro de los bolsos.

Y eso es todo lo que tengo que decir al respecto al vuelo del viaje de ida.



En otro orden de cosas, no voy a ponerme a debatir acerca de si está bien o mal el hecho de que Tinelli ponga a bailar a un ciego en el 2008 o el hecho de que haya puesto a patinar a un montón de mogólicas en el 2007. Siendo éste un sitio web en el que quien suscribe se desquita con un esclavo infradotado y son próceres tanto los payasos pedófilos como quienes bromean con hímenes, creo que podremos dejar pasar todo el asunto sin ponernos eufóricos. Lo mismo el humo loco ese: soy asmático y era hora de que el resto del mundo sintiera lo que yo siento cada vez que cambia el clima.

Me pregunto si esto de Internet existirá dentro de veinte o treinta años. Va a ser muy difícil la tarea de ponle límites a un hijo mío después de leerme en este tipo de situaciones.

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Los Sauces

Bueno, bueno, estoy exagerando otra vez (y también estoy escribiendo desde casa, regresé este lunes a la medianoche y tengo algunos días más antes de finalmente reintegrarme a mis labores pagas).

En realidad pasé por la puerta (o debería decir las puertas) de la estancia “Los Sauces”, nombre que recibe la propiedad de fin de semana –o esparcimiento- de Néstor y Cristina Fernández. Propiedad que a primera vista parece una estancia más de entre las tantas “pequeñas” (el promedio en la zona es de 20.000 hectáreas), hasta que uno se da cuenta de que es la única absolutamente cercada por árboles que impiden prácticamente cualquier tipo de vistazo hacia el interior.

La puerta principal tiene una tranquera pequeña, y al fondo se comienza a ver, entre la penumbra de los árboles que echan sombra de enero a enero, la construcción. En El Calafate, todo tiene techo de chapa, y la casa K no es excepción a la regla. Ladrillos a la vista, techos de chapa negra, ventanales amplios y ni una reja. Si bien aparece marcada en algunos mapas turísticos, resulta gracioso preguntar a los vecinos y caer en la cuenta de que todos prefieren no decir donde está ubicada, o cual es. “Alguna de esas”, te dicen. En un pueblo que prácticamente no existiría como tal de no ser por los Kirchner. En un pueblo que cabría por completo dentro de un piso de Unicenter. En un pueblo que hoy tiene 22.000 habitantes pero tenía 2.000 hace cuatro años.

Al principio se me hizo todo demasiado extraño, pero no tanto. Digo, esté habitada o no por los mandatarios, sigue siendo una residencia presidencial. Me puse a pensar entonces en que en Estados Unidos no debe uno poder siquiera cercarse a quinientos metros de un chalet alquilado hace quince años por un ex-presidente con ganas de trampa, y me sentí afortunado, por un ratito. Luego, con ganas de jorobar me dediqué a investigar en serio, o por lo menos, con un ojo más crítico. Fue lo único que me distrajo del reventado y puto frío que allí hace a cualquier hora del día.

No soy un experto en materia de seguridad, pero mi afición a ciertas cosas hizo inevitable que la verdad saltara a la vista. La estancia estaba siendo custodiada lógicamente por la vieja SIDE (que hoy en día dejó de ser los “Servicios de Inteligencia Del Estado” y pasó a ser los “Servicios de Inteligencia” o “SI”). A unos cuantos metros, cual si fuesen vecinos, varios ranchitos de igual construcción fueron ubicados estratégicamente cubriendo muchos frentes de ataque de un modo formidable. Lo que parecía accesibilísimo resultó ser impenetrable. La confirmación me llegó cuando mi novia intentó sacarme una fotografía frente a la entrada principal. Apenas estalló el flash de la cámara, un muchacho de unos treinta años, cabello corto y aspecto sumamente amigable (léase: para nada amenazador), salió a detenernos. Pero no salió de esos ranchitos desmontables tan bien alineados y esparcidos como solían estarlo las casitas de los guerreros samurai que servían a su señor mientras éste dormía en el Alcázar, sino de una casita contigua a la fábrica de chocolates más conocida de la zona. Madrugándome.

-¡No pictures! ¡No pictures! –nos dijo casi en un ruego macanudo que incluía una orden clara.

Lo que esa ropa amigable no pudo ocultar, (además de la economía de movimientos propia de un buen peleador) fue el cinturón. Es común entre los tiradores de algunas disciplinas el utilizar cinturones dobles. Imaginen un cinturón de abrojo hembra que se coloca como cualquier otro cinturón, y luego, encima de éste (y sin pasar por los pasa-cintos o presillas) un cinturón de abrojo macho en el que sí van sujetas las chucherías específicamente elucubrados para que uno pueda armarse y desarmarse con sólo un movimiento, librándose así de porta-cargadores, cargadores, pistoleras y pistolas. Los de fabricación nacional, de cuero y con porta-cargador triple cuestan cerca de doscientos pesos; yo tengo un juego. Pero éste en particular era importado, confeccionado a medida de una pistola muy conocida de la que no vale la pena hablar mucho por lo menos en este caso, pero que no forma parte de las que Prefectura Naval Argentina (quizá la única demostración de orden público en lo que a “seguridad calafatense” se refiere, dejando de lado la cansina y aburrida policía del pueblo) suele recibir como arma de dotación.

Lo que es decir: a ese tipo lo buscaron, lo eligieron, lo trajeron y lo pusieron ahí. El Calafate no cuenta con siquiera insumos para tanto: en todo el pueblo hay un solo cardiólogo y un oftalmólogo viene de Río Gallegos una vez cada tres meses. Y no por falta de dinero (que sobra) sino por falta de medios.

-Esta es la casa de “ellos”, ¿no? –preguntó mi actual esposa en una expresión que me hizo pensar en el Eternauta.
-Si, si –respondió el muchacho-. Pero no saquen fotos, por favor. Después salen en Internet y “ellos” no quieren eso.
-Bueno, la borro, no te preocupes dijo mi novia. Todavía me pregunto si ese muchacho habría forcejeado con nosotros, en caso de haber sido la cámara una de las que, anteriores a las memorias digitales y toda esa parafernalia, se manejan todavía con rollo y negativos. Porque las fotos de la Luna de Miel son sagradas, caramba.

-Dando la vuelta a la manzana pueden llegar a la puerta trasera –nos dijo el flaco, quizá en respuesta a nuestra reacción tan amiga con su trabajo-. Ahí pueden sacar todas las fotos que quieran, y se ve mejor.

Agradecimos, y caminamos bordeando un hotel lindero y un galpón de esquila hasta llegar al lugar mencionado. Allí, una camionetita entraba llevando materiales para la construcción, del tipo: andamios, chapas, ladrillos. A lo lejos, un hombre respondió al gesto de mi novia (que sacudía su cámara de fotos) con un pulgar en alto, y algunas fotos, sacamos. El mejor vistazo se lo pude echar al patagónico y octogonal gimnasio, que a unos cincuenta metros de la entrada, se muestra imponente sobre una pequeña loma.

Mi casa cabe cómoda allí dentro, entre los varios juegos de cintas para correr, los sets de mancuernas y esos amplísimos muros hechos con ventanales corredizos. Al otro lado de la calle, en el lago, cisnes de cuello negro y flamencos convivían sin darse cuenta que yo allí estaba, preguntándome pelotudeces acerca de la distribución de la riqueza, los terratenientes, los testaferros, el paro del campo, D´Elía y la oligarquía malvada ésta.

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Resulta que me casé y estoy de Luna de Miel. Actualmente, resido provisoriamente en El Calafate, una parte del mundo en la que los Kirchner son -según me dicen- unos vecinos más. Y la verdad es que aquí se entiende que lo hayan votado, porque el lugar, de no ser por ellos (“los K”), sería aún un espacio sin nada. Ni siquiera rutas asfaltadas o mejoradas…. nada.

(Para entender la forma de acceder a las cosas que tiene esta gente, basta decir que por ejemplo, las manzanas que comen, van de Rio Negro a Buenos Aires y desde Buenos Aires vienen aquí. Porque no hay rutas seguras. Y les duran frescas lo que un pedo en un canasto, obvio. Porque el problema es la extensión, diría Sarmiento.

Hace frío y llueve. Es como las Malvinas, pero con gente hablando en otros idiomas además del inglés. En serio, es como las Malvinas (miren películas de las Malvinas). Las casitas (bien, bien pueblito) son todas de Durlock y techo de chapa pintada de colores vivos, con interiores de madera. La gente anda toda abrigada, y las cosas son caras. Pero caras mal, o sea, te rompen al medio por un gorrito, una fetas de salame picado grueso… es más, no sé si habrá salame picado grueso. En una de esas no llega y no lo conocen. Es complicado. Tengo que salir a comprar dentífrico y un peine para “mi señora” y tengo miedo de tener que pagar con favores raros. Me imagino que podré contar anécdotas de la vida en la ciudad (con escaleras mecánicas y la gente desesperada buscando monedas para viajar) y con eso saldar mis deudas.

En cuanto se me descongele el esperma le voy a entrar al asunto de la Luna de Miel en sí, pero por ahora quiero compartir con ustedes mi felicidad y el hecho de que yo tenía razón: ver las montañas, viajar en avión y conocer lugares nuevos no me emociona, ni me alborota, ni me mueve un pelo. Espero que eso cambie cuando veamos (y caminemos sobre) el glaciar, porque si no, me voy a arrepentir muy severamente de no haber guardado dinero para una moto más grande, más malvada y con detalles de oro, ponele.

Después vuelvo. Tengo que salir a cagarme de frío un rato en nombre de la “diversión matrimonial”.

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