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Archive for 31 enero 2007

Cine, tele y así – Madre Naturaleza

Hace unos días, Roger Federer obtuvo su décimo título de Masters Series, al vencer sin demasiado sufrimiento al chileno Fernando Gonzalez, quien venía hecho una tromba. Me encantaría saber como funciona eso de los Masters y demás nomenclaturas del tenis, pero me conformo con saber que Federer les gana a todos. Además, no me da el estómago para ver un partido completo, y siempre veo la última media hora. Confieso que los únicos mortales que sabido encadenarme a ver horas de deporte con emoción, fueron Michael Jordan y Carlos Bianchi. Y el seleccionado de hockey femenino de Holanda, aunque no entiendo muy bien la necesidad tener en cancha una pelota, los bastones y el equipo rival.

Ahora bien, la supremacía del suizo resulta preocupante. Y aburrida. Me recuerda a lo que sucedía años atrás con la Fórmula 1 y Michael Schumacher. Nunca fui un fanático del automovilismo, pero de cuando en cuando disfrutaba de ver alguna carrera, hasta que este señor alemán empezó a ganar todos los domingos. Todos, todos los domingos. Ya bastante tediosa se me hace la desgracia de que las carreras tenga aproximadamente setenta vueltas, como para agregarle a eso el hecho de que en la mayoría de las ocasiones, la Ferrari conseguía la pole position o sobrepasaba a sus rivales en el primer giro.

Pero Federer, a quien admiro, envidio y considero el mejor deportista de la actualidad, juega solo. Juega únicamente contra sí mismo, su estado de ánimo y sus escasas lesiones. En algún momento pareció que el galleguísimo Rafael Nadal podía derrotarlo y desbancarlo, pero fue solo pasajero. Y dicen por ahí, que el “efecto pasajero” se debió a que hubo uno que otro jeringazo de por medio. Doping. Eso habría acercado a Nadal al milagro.

Antes de seguir, aviso a los partidarios del porro libre que si piensan en decir que hay que legalizar el consumo de marihuana, no estoy de acuerdo; ya bastante irresponsables somos estando sobrios o con el alcohol legalizado. Pero tal vez, para emparejar y vencer a un Federer cuyos “prime time” y nivel de concentración parecen ser intocables, el doping sea no sólo innecesario, sino también indispensable. Y es entonces que yo me pregunto si no debería legalizarse el consumo de drogas con fines “benéficos” en lo que al rendimiento deportivo se refiere. Convengamos en que se utilizan a escondidas, y en algunos casos, con resultados sorprendentes. Basta ver a los participantes en una competición de físico-culturismo “natural” y a los de una competición de físico-culturismo en la que se permitieron los esteroides y demás drogas. El “natural” parece ser capaz de levantar un caballo, pero el “tuneado” parece ser capaz de arrancar un árbol, arrojarlo por encima de un edificio de tres pisos, correr al otro lado y recibirlo con los dientes antes de que caiga para comérselo como guarnición del caballo, al cual previamente asesinó de un cachetazo en la columna. Y ahí hay una diferencia.

Digo, se les permite a los músicos o artistas. Nadie los juzga. Y no me van a decir que en el mundo del deporte se compite mientras que en el mundo de la música no, porque no voy a creerlo. Si muchos de los mejores o más idolatrados intérpretes han sabido confesar o delatar su consumo de estupefacientes a fin de expandir la mente o pasar bien el rato componiendo, ¿Estaría muy mal que a los jugadores de fútbol se les permitiese “estimularse”? A fin de cuentas, un show es un show, sea un encuentro deportivo o un disco, o un recital en un –curiosamente- estadio o arena deportiva. Por supuesto, siempre existe la posibilidad de que Federer se drogue, pase a ser todavía mejor (lo imagino soltando espuma amarilla por la boca, de cien metros de alto, bajando aviones a raquetazos) y se requieran mejores pastillas. Pero ahí está la gracia:

Consideremos que los laboratorios podrían trabajar legalmente y mejor, los clubes harían inversiones millonarias en el desarrollo de nuevas drogas cada vez más poderosas, y no tardaríamos mucho tiempo en conseguir que se volviesen frecuentes los encuentros futbolísticos en los que se violasen las leyes de la física y hubiese pases de chilena, atajadas formidables e irreales y unos quince goles (algunos de ellos de arco a arco, rompiendo redes y desmayando a defensores) para cada equipo. Amén de lesiones casi mortales y algún que otro ataque al corazón.

En serio, es el tipo de fútbol que me haría emocionar. Iría a la cancha todos los días. Es más, tengo ganas de llorar nomás ahora. Después de ver en vivo y en directo el “Huracán en el cielo”, uno puede morirse tranquilo.

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Cine, tele y así – Madre Naturaleza

Hace unos días, Roger Federer obtuvo su décimo título de Masters Series, al vencer sin demasiado sufrimiento al chileno Fernando Gonzalez, quien venía hecho una tromba. Me encantaría saber como funciona eso de los Masters y demás nomenclaturas del tenis, pero me conformo con saber que Federer les gana a todos. Además, no me da el estómago para ver un partido completo, y siempre veo la última media hora. Confieso que los únicos mortales que sabido encadenarme a ver horas de deporte con emoción, fueron Michael Jordan y Carlos Bianchi. Y el seleccionado de hockey femenino de Holanda, aunque no entiendo muy bien la necesidad tener en cancha una pelota, los bastones y el equipo rival.

Ahora bien, la supremacía del suizo resulta preocupante. Y aburrida. Me recuerda a lo que sucedía años atrás con la Fórmula 1 y Michael Schumacher. Nunca fui un fanático del automovilismo, pero de cuando en cuando disfrutaba de ver alguna carrera, hasta que este señor alemán empezó a ganar todos los domingos. Todos, todos los domingos. Ya bastante tediosa se me hace la desgracia de que las carreras tenga aproximadamente setenta vueltas, como para agregarle a eso el hecho de que en la mayoría de las ocasiones, la Ferrari conseguía la pole position o sobrepasaba a sus rivales en el primer giro.

Pero Federer, a quien admiro, envidio y considero el mejor deportista de la actualidad, juega solo. Juega únicamente contra sí mismo, su estado de ánimo y sus escasas lesiones. En algún momento pareció que el galleguísimo Rafael Nadal podía derrotarlo y desbancarlo, pero fue solo pasajero. Y dicen por ahí, que el “efecto pasajero” se debió a que hubo uno que otro jeringazo de por medio. Doping. Eso habría acercado a Nadal al milagro.

Antes de seguir, aviso a los partidarios del porro libre que si piensan en decir que hay que legalizar el consumo de marihuana, no estoy de acuerdo; ya bastante irresponsables somos estando sobrios o con el alcohol legalizado. Pero tal vez, para emparejar y vencer a un Federer cuyos “prime time” y nivel de concentración parecen ser intocables, el doping sea no sólo innecesario, sino también indispensable. Y es entonces que yo me pregunto si no debería legalizarse el consumo de drogas con fines “benéficos” en lo que al rendimiento deportivo se refiere. Convengamos en que se utilizan a escondidas, y en algunos casos, con resultados sorprendentes. Basta ver a los participantes en una competición de físico-culturismo “natural” y a los de una competición de físico-culturismo en la que se permitieron los esteroides y demás drogas. El “natural” parece ser capaz de levantar un caballo, pero el “tuneado” parece ser capaz de arrancar un árbol, arrojarlo por encima de un edificio de tres pisos, correr al otro lado y recibirlo con los dientes antes de que caiga para comérselo como guarnición del caballo, al cual previamente asesinó de un cachetazo en la columna. Y ahí hay una diferencia.

Digo, se les permite a los músicos o artistas. Nadie los juzga. Y no me van a decir que en el mundo del deporte se compite mientras que en el mundo de la música no, porque no voy a creerlo. Si muchos de los mejores o más idolatrados intérpretes han sabido confesar o delatar su consumo de estupefacientes a fin de expandir la mente o pasar bien el rato componiendo, ¿Estaría muy mal que a los jugadores de fútbol se les permitiese “estimularse”? A fin de cuentas, un show es un show, sea un encuentro deportivo o un disco, o un recital en un –curiosamente- estadio o arena deportiva. Por supuesto, siempre existe la posibilidad de que Federer se drogue, pase a ser todavía mejor (lo imagino soltando espuma amarilla por la boca, de cien metros de alto, bajando aviones a raquetazos) y se requieran mejores pastillas. Pero ahí está la gracia:

Consideremos que los laboratorios podrían trabajar legalmente y mejor, los clubes harían inversiones millonarias en el desarrollo de nuevas drogas cada vez más poderosas, y no tardaríamos mucho tiempo en conseguir que se volviesen frecuentes los encuentros futbolísticos en los que se violasen las leyes de la física y hubiese pases de chilena, atajadas formidables e irreales y unos quince goles (algunos de ellos de arco a arco, rompiendo redes y desmayando a defensores) para cada equipo. Amén de lesiones casi mortales y algún que otro ataque al corazón.

En serio, es el tipo de fútbol que me haría emocionar. Iría a la cancha todos los días. Es más, tengo ganas de llorar nomás ahora. Después de ver en vivo y en directo el “Huracán en el cielo”, uno puede morirse tranquilo.

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Yo por Dentro – Cine, tele y así

El título del artículo no deja mucho librado a la imaginación, pero es lo que hay. Fui a ver Babel. Y por curioso que resulte, no fui a verla porque estuviese Brad Pitt en ella (estuvo bastante bien), sino porque llevaba bastante tiempo queriendo ver una película de esas en las que diferentes historias o racontos aparentemente inconexos o independientes terminan vinculándose y no se respeta el orden cronológico de los hechos. Pero Brad Pitt me sigue pareciendo todo un papucho, sí. Por eso la foto. Podrían prestarme un VHS en el cual se sentase a leer un manual de reparación de la Fiat Ducato durante 144 minutos, y así y todo yo le daría críticas que oscilarían entre “muy buena” y “realmente soberbia, soberbia e imperdible”.

Resulta que uno de los personajes es una japonesita sordomuda, de unos 16 o 17 años, medio estúpida pero que está más caliente que cualquier cosa que uno pueda imaginar (se me viene la imagen de una cacerola de hierro llena de lava) y anda vestida de colegiala (pero sin bombacha) o desnuda, haciendo que otros tipos mayores le toquen los pechos o miren sus genitales. Y otro de los personajes es un nene marroquí de 11 o 12 años que se masturba mirando como se desnuda su hermanita (quien está al tanto de la situación). ¿Mencioné que tiene un rifle a cerrojo (con 300 unidades de munición) que le regaló su padre, con el cual abre fuego contra un colectivo?

Doy por sentado que eso es todo lo que los perturbados lectores masculinos necesitaban saber para dejar de leer este blog venido a menos y salir rumbo al cine. Alguno incluso se habrá ido nomás en la parte de “japonesita caliente”. Los entiendo: yo incluso ya tengo reservado el dinero para el DVD y ni siquiera tengo un reproductor. Por lo que voy a seguir escribiendo, pero para los lectores femeninos. O lectoras, si quieren. La película es larga, lenta de a ratos y entretenida en casi en todo momento. Más tarde o más temprano, el mensaje que el director (Alejandro González Iñárritu) quiere enviar es el siguente: “Ay, ojalá me adopten en Hollywood, soy bueno, soy un tipo muy sensible y estoy muy en contacto con el alma del hombre, y siento en la humanidad el abandono, la falta de amor en la sociedad, y soy muy sensible, creo que ya lo dije eso, y los estadounidenses son mas bien tirando a malos y yo soy un mexicano sensible y que te apuesto a que me emociono más fácil que vos y te conozco el alma y si quiero lloro tres días seguidos hasta llenar un bidón, y perdoname pero te voy a tener que dejar solo un ratito porque acabo de ver un niño de la calle sin zapatillas y ahora me duele hasta el pelo. Soy re-humano.”

La historia está piola, y algunos momentos y “subibajas” están buenos, pero me da la sensación de que resultaba muy fácil de escribir. Es el tipo de guión que se hace solo, y la posibilidad de contar a la vez cuatro historias, simplifica mucho las situaciones, si bien el trabajo de edición y “rompecabezas” es de lo mejorcito. Me gustó más “Amores Perros”, pese a que Gael García Bernal sigue haciendo bien su trabajo, que es el mismo papel repetido en casi todas sus películas: el de jovenzuelo mexicano que hace algo, y después le pasa algo. La música corre por parte de Santaolalla, ese tipo que también me tiene bastante podrido y que debería ser emboscado por John Williams y Nobuo Uematsu a la salida de un evento y seguidamente golpeado a muerte con una bolsa llena de bujías. Frente a su familia y amigos, de ser posible.

O sea: vayan a verla. Pero no esperen mucho, no es nada del otro mundo. Pedir empanadas y helado, y alquilar “Big Fish”, en una de esas y por más sobrevaluado que esté Tim Burton, es un mejor negocio.

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Ma sí…

Religión – Del Habla – Vida Diaria
Aparentemente, la caída y muerte de Saddam Hussein han sabido dejar espacio para algo que, confieso, yo no sabía que existía o se podía hacer. Me refiero a la tradición chiíta de la mutaa.

La mutaa lleva 1400 años de existir. Y es (en palabras del jeque Ali Meyaji, graduado del centro intelectual del chiísmo) “una solución al problema sexual, el único medio legítimo para evitar el caos y la prostitución.” Un rito en el que hombre y mujer acuerdan de manera escrita o verbal casarse durante un periodo de tiempo específico que puede durar desde horas a años, recibiendo la fémina una remuneración o dote.

Pero yo estoy en un 50% de acuerdo con Saddam y el resto de los sunitas. A mí me parece que es prostitución, pero no pienso que la misma deba de prohibirse, si bien no pagué ni creo que vaya a pagar nunca por sexo. Aunque sí cobraría. Pero es que peor me cae eso de tomarle el pelo al Dios en el que uno, supuestamente, cree. Para ese tipo de asquerosidades argumentativas ya están el abogado de Madonna Quiroz y el resto de los penalistas; uno debería, en todo caso, hacerse cargo y decir algo así como: “existe la posibilidad de que yo esté haciendo algo que no debería según mi religión, sí”.

Prostitución. Ni siquiera disfrazada. En pocas palabras, la posibilidad de tener sexo por puro placer, pagando, sin violar las reglas de comportamiento establecidas en el Corán. O sea: un matrimonio temporal bien de mentira, clandestino, en el que si la mujer queda embarazada su hijo no tiene ningún derecho. Un matrimonio que ningún padre (incluso un padre chiíta) querría para su hija. Un matrimonio que pretende ayudar pero prostituye a buena parte de las mujeres sin marido de ese país en el que los hombres mueren uno detrás del otro, casi siempre corriendo en dirección a Israel, llevando un puñal en la mano y gritando incoherencias, cosa que no suena descabellada cuando se entiende que la otra opción a elegir tiene que ver con pasarse la vida encerrado en un bunker en el que la temperatura no baja de los cuarenta grados, no hay escotes, la arena se te mete en todos lados y tu mejor anécdota tiene que ver con la decapitación a un cuñado al que confundiste con un turista europeo.

Esto pone cartas a mi favor, cuando quiero decir que las religiones se van adaptando a los tiempos que corren y adoptando un tinte de falsedad o doble discurso cada vez peor. Y es que resulta evidente que el hombre, más allá de su condición religiosa, es un ser sexual, asesino y propenso a la maldad desde el momento en que nace, como cualquier otra criatura. Incluso un rato antes. Que puede controlarse y reprimirse por motivos a elección, seguro; pero cuando quiere y no puede, da origen a este tipo de vericuetos legales o paparruchadas equivalentes a los puntos ciegos de las cámaras de seguridad y las legislaciones nacionales. Mucho mejor sería el mundo si hubiese más putas y menos hipócritas.

En cualquier caso, esto de los “casamientruchos” insinceros siempre va a ser mejor que tener un montón de curas hurgando con la lengua y los dedos entre las piernitas de un nene de siete años, eso es seguro.

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Así habló Chinchulín – Cine, tele y así

Parece mentira, pero el tocadiscos todavía funciona. Debe haberse salvado en la mudanza a la nueva versión de Blogger.

De no ser por este blog, mi amo jamás me habría adoptado y yo todavía estaría en África bebiendo cagadera de mono, directamente del envase a fin de no desperdiciar nada. Y créanme si les digo que hay poco glamour en ello. Y todavía menos calcio.


Damos Pen@ me necesita, y acá estoy. Pero debo confesarles que mi amo se encuentra pasando por una extraña amalgama espiritual, mitad “juntando mierda y vuelvo y son todos putos” y mitad “Buaaahhh… con los bueno que era el chiste del semáforo de carne… funcionaba en tantos niveles”.

Es por eso que le voy a dedicar este tema, para que baje los brazos, siente cabeza y no se meta en quilombos.


Gracias por los saluditos. Disfruten el fin de semana.

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Yo por Dentro

El blog se cierra. No digo que no vaya a volver nunca o dentro de un par de horas, pero las condiciones tendrían que ser modificadas en un grado considerable, y no se ha sabido de pera que diese olmos.
No se dan una idea de lo mucho que me rompe las bolas tener que hacerlo. Sepan disculpar. A mí me jode más que a nadie que Damos Pen@ se tenga que venir a terminar así. Si definitiva, sería una muerte deshonrosa a más no poder. Pero es que el equivocado soy siempre yo, y no me doy cuenta. Saludos a todos.
Mantis

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Yo por Dentro – Cine, tele y así – Madre Naturaleza

Aparentemente, días atrás y en el sur de Perú, nació una niña con tres (3) cabezas. Tres. III. Oh si, tres. Una normal en el medio, y otras dos pequeñas a los costados del cuello. La del medio era “la de en serio”. Y la que respiró con dificultad durante cinco minutos antes de que la criaturita muriese. Esta beba habría sido el noveno retoño de una campesina muy humilde, analfabeta (al punto de no poder determinar la edad de sus otros ocho hijos), quien alegó desconocer que la niña “venía malita”

… diablos. No puedo soportarlo. Listo a continuación todas las cosas horribles que se me ocurrieron en los cuarenta y cinco segundos (mas o menos) que transcurrieron antes de que comenzase a sentirme mal o culpable tras haber encontrado una foto de la bebé mutante. Si a ustedes se les ocurren otras, agréguenlas.

-La nena no murió, sino que un doctor o enfermera la “sacrificó” a fin de no permitirle una vida de monstruo. Pero bien, bien de monstruo.
-La nena no murió, sino que un doctor o enfermera la “sacrificó” creyendo que se trataba de una manifestación diabólica.
-La madre de la niña tuvo miedo de que la nena saliese con la cabeza de cada uno de los tipos con los cuales se enfiestaba, condición rotulada como “Síndrome de Dalmasso”.
-El padre de la niña tiene algo que no podría llamarse sino súper-esperma, y la pone con eco.
-Si eso es “venir malita”, no quiero imaginar lo que hará falta para que esta mujer diga algo así como: “¡¡Aaaahahahahhh… me vienes a buscar, Satanás, aberración, aberración, Quimera, que alguien me mate, arrójame al fondo de los infiernos, oh, gran Caronte, malditos seáis vos y tu remo!!”
-Habría estado bueno ponerle apodos. “Eh, mirá, ahí viene la Centuriones” o “¿Y a Dartagnan donde lo tienen, chicas?” o “Bueno, bueno, bueno… pero si es el cinturón de Orión…” o “¿Y si te quiero ahorcar como hago? ¿Lo llamo a Goro?” o (la mejor de todas y que la haría llorar seguro) “¡Mirá, mamá, un semáforo de carne!”
-Cualquier chico que la hubiese conocido chateando se habría querido cortar las venas con el pene durante la primera cita.
-Esa habría sido la mujer perfecta para un nuevo tipo de orgía en una película pornográfica. Y su nombre porno debería haber sido “Tricotta”.
-Y si la película hubiese sido una parodia de XMEN, su nombre de mutante debería haber sido “Tridente”.
-Si hubiese sido un varoncito, habría estado bueno filmar el parto con una cámara antigua y que la cabeza del medio tuviese rulitos colorados, la derecha corte tipo “pelela” con flequillo negro y que la izquierda hubiese sido pelada. Y dijese “¡Bububububububububuuu!” y otros sonidos ininteligibles.

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