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Archive for 26 mayo 2009


Antes de comenzar a escribir o publicar lo que va a ser el artículo de hoy, cabe aclarar que me pasé todo el viernes, todo el sábado y todo el domingo con fiebre, y no hice reposo durante ninguno de los tres días. Al principio creí que se trataba de un brote alérgico-asmático de los míos, con complicaciones gripales debido al cambio de clima, pero luego empecé a considerar las posibilidades de que fuera gripe porcina o dengue. Pero tuve y tengo muchos mocos verdes como para que sea gripe porcina, así que no sé. De lo único que estoy seguro es de que el año que viene me voy a dar la vacuna de la gripe, porque tiene un aire de deja vú esto de contarles acerca de mi gripe y mi fiebre. Lo único bueno fueron los sueños febriles del domingo, pero la macana es que el artículo anterior ya era el raconto de un sueño, y no quiero aburrirlos. Sólo les resumiré el asunto diciéndoles que yo tenía una hija en Paraguay, y discutía con mi esposa porque ella no aceptaba el nombre que yo había elegido para la nena.

-Es paraguaya, es nena y es hija mía –le decía yo a los gritos-. Tiene que llamarse “Munición Nebulización”.

Y me ponía en pedo y me agarraba a trompadas con el tipo que atendía en el registro civil, que estaba siendo interpretado por William H. Macy. Pero volvamos al artículo, que también está íntimamente relacionado a la salud. Y cuando digo íntimamente, quiero decir íntimamente en serio, porque mucho me temo que fui violado, o algo así. No sabría definir el término, ya que muchas de las mujeres con las cuales tengo relaciones sexuales “no-de-común-acuerdo” suelen empezar a decir que sí a mitad de camino, tras darse cuenta de que soy un fabuloso amante no solo bien dotado sino también gentil, y que se preocupa por que ambos la pasemos bien. Por eso el perfume. Supongo que fue cosa del karma, por eso de andar haciendo chistes de payasos o curas pedófilos. Pero vayamos en orden, y desde un principio.

Resulta que tengo nuevo trabajo, como ustedes saben. Y una de las curiosidades de tener nuevo trabajo (y con “curiosidades” quiero decir “molestias traumatizantes que bien podrían evitarse o hacerse de otra forma”) es el tema de los análisis psicológicos, físicos, clínicos, médicos y no se cuantas otras características, todas ellas también probablemente esdrújulas. Para cubrirse de posibles futuras demandas, las empresas de toda índole gustan de hacernos revisar y cumplir con las formalidades, y por eso, durante la semana pasada, me tuve que dirigir al microcentro llevando conmigo nada más que mi DNI, mi vejiga llena de orina y un ayuno de doce horas. Ahora bien, cabe aclarar que esto último se cumplió sobradamente siempre que contemos desde el momento en que cené hasta el momento en que esos hijos de puta se dignaron a atenderme.

Este laboratorio-consultorio-depositario o algo así, se hallaba repleto de gente. Nomás de llegar uno sentía en el aire el sabor del encierro, el olor a médico fastidiado, el ruido que hace la gente cuando intenta llenar tres planillas con los mismos datos valiéndose de una lapicera que se niega a escribir horizontalmente a pesar de que no hay lugar donde apoyarse, y el suave toque del malhumor radiólogo proveniente de esa señora que grita tu apellido y pregunta si tenés cadenitas, varias veces, como si uno fuera un presidiario tratando de esconderse una faca en el recto. Esa misma señora que pone cara de fastidio cuando uno no se ubica natural y correctamente sobre la placa, apoyando al mismo tiempo los hombros, el pecho y el abdómen ¿Qué te creés que soy, flaca? ¿Una raya? Una vez terminada la placa, me dieron un tarrito y me mandaron al baño.

Por si no saben cual es el procedimiento para hacer pis para un análisis, lo correcto es recoger “el pis del medio”, lo que se entiende como empezar a hacer pis fuera del tarrito, luego cortar el chorro, seguir haciendo pis dentro del tarrito, cortar el chorro y finalizar fuera del tarrito, preferentemente en el inodoro. Entonces, entregué ese tibio líquido dorado a una enfermera, que llamó mi nombre y se preparó para sacarme sangre.

-Relajado, respirá hondo –me dijo.

Y después no se que habrá hecho porque miré para otro lado y cerré los ojos y pensé en cosas lindas (tetas grandes) hasta que se llamó el nombre de otra persona. Me vestí a las apuradas y salí nuevamente al pasillo de espera, donde la gente seguía siendo mecánicamente llamada en secuencia, como un Ford T en una línea de montaje. Paso siguiente: el electrocardiograma.

-Sacate la parte de arriba –me dijo una señora con cierto aire a Antonio Gasalla en “La Tregua”.

Yo obedecí y luego me acosté en una camilla que era definitivamente para gente de tamaño medio y estaba ubicada de tal manera que yo no pudiese estirarme por completo.

-No tenés que estar haciendo fuerza –insistió la facultativa-. Relajate.

Terminé por correr la camilla diagonalmente, cosa de no tener que estar empujando la pared con la cabeza, y seguidamente vinieron las sopapitas en piernas, pecho, panza… por todos lados. A los cinco minutos estaba yo reacomodando la camilla y tratando de vestirme nuevamente, con la felicidad de quien sabe que queda poco tormento por venir. Lo único que restaba por hacer era el examen con el médico clínico. Transcurrida una media hora (porque entre atención y atención transcurría un mínimo de media hora), una atractiva señora de unos 40 o 45 años llamó mi nombre y me hizo pasar a su consultorio.

Ella fue la que me violó
. Fue ella la que hizo que todo se volviera íntimo.

Y pienso que es conveniente que se las describa, cosa de que puedan reconocerla aunque más no sea ligeramente. Alta y delgada pero con curvas de mujer, ojos verdes y cabello rojizo recogido con una hebilla, piel gastada por el bronceado y el cigarrillo pero indiscutiblemente atractiva en su conjunto. Pollera negra no tan larga, que apenas asomaba por debajo del guardapolvo. Medias del color de su piel, y zapatos de taco. Lo primero que hizo fue chequear que mi visión fuera la adecuada, cosa de la que salí airoso gracias a mis anteojos tan bien recetados.

-Sacate la parte de arriba –me dijo mientras leía una de las tantas fichas que supiera yo llenar.

Estetoscopio en mano me hizo toser, respirar, y todas esas cosas. Hasta acá veníamos bien. No me había violado todavía. Pero en determinado momento, impulsada quizá por los latidos de mi corazón (no los escuché pero es probable que suenen diciendo algo así como “sek-sual”, “sek-sual”) me dijo:

-Ahora date vuelta y bajate los pantalones, mi amor.
– Pero doctora, primero invíteme con un Resero y después vemos –dije tratando de hacerme el gracioso.

Pero lo cierto es que me tomó medio de sorpresa, porque a decir verdad nunca se me había revisado a esa escala. Y comencé a ponerme nervioso porque en una de esas me estaba haciendo dar vuelta para comprobar si tenía hemorroides, o para ver como andaba de la próstata, o para ver si tenía el ano dilatado y no podía ingresar al servicio militar. Y si bien soy sanito, tampoco soy gustoso de hacer esas cosas. Cosas tipo andar agachándome con los pantalones bajos frente a una desconocida que bien podría estar haciéndose pasar por doctora, estando el verdadero médico atado y amordazado debajo del escritorio. Me sentí indignado, como cuando te acusan de “enfermo” nomás por entrar a la casa de la chica que te gusta y lamer todos sus cubiertos mientras ella se encuentra de vacaciones en la costa con su familia. Pero respiré aliviado cuando sus manos, lejos de hurgar en mi ano, se dirigían hacia mis piernas en busca de várices, torceduras o deformaciones. Mano acá, mano allá, tanteó y tanteó. Dijo que yo tenía algo mínimo en una pierna, pero que en alguien de mi tamaño era normal. Así, en calzoncillitos, me midió y me pesó. Y estaba yo por manotear mi ropa cuando sucedió:

-¿Hernias? –dijo echando mano de un guante descartable de nylon, y acercándoseme, mirándome a los ojos-. Bajate el shortcito, por favor.

-…Bueno… –respondí yo, temeroso y confundido como un venadito con síndrome de Down al que se le acerca un cocodrilo disfrazado de vendedor ambulante de helados.

Una vez yo despojado de mi boxer blanco elastizado, ella se arrodilló frente a mí, y les pido por favor a los que tengan familiares médicos, o sean médicos, o sepan de medicina y de análisis laborales, que me digan si todo el procedimiento fue realizado profesionalmente, porque la verdad es que yo no sé. La mina se arrodilló. Al principio, no dijo nada. Fue como que tanteó el panorama, y cuando digo panorama quiero decir mis bolas. Mis mismísimas bolas. Yo ahí parado, desnudo y con mi bella genitalia prolijamente acicalada, con la mina ahí arrodillada y con su rostro a unos veinte centímetros de… quiero decir… vi demasiada pornografía en mi vida como para tener que asociar ese plano con la medicina y no con otra cosa. No se imaginan ustedes lo mucho que tuve que concentrarme a fin de no “agrandar” la situación. Ustedes me entienden, jejejejeje… ¿Entienden? Porque el cuerpo quería reaccionar de acuerdo a su instinto más primitivo. Imaginé que había cámaras escondidas en el consultorio, y que todo era una trampa de mi esposa para probar mi fidelidad, pero eso también hizo que comenzara a transpirar helado debido al nerviosismo.

-A ver, tosé –dijo finalmente, transcurridos los que deben haber sido los diez segundos más largos de mi vida. Yo tosí, y seguí tosiendo a su pedido, mientras ella tanteaba primero un lado, luego el otro, luego de nuevo el uno, luego de nuevo el otro.

-No, así no siento nada –dijo ella-. A ver, acostate en la camilla.

Y al igual que ustedes, lectores, cuando dijo “así no siento nada” pensé que iba a seguir con un “ponela dura y metémela en el orto”. Y ahí estaba yo, queridos amigos. Acostado, desnudo, boca arriba en una camilla, en un consultorio que para ese entonces se me hacía a prueba de ruidos y de pecados. A mi lado, la doctora se calzaba otro guante en la mano libre, y con dos dedos desplazaba entonces… bueno, lo desplazó. Pongámoslo así: una mano levantaba el colchón y los almohadones mientras que la otra tanteaba buscando una media extraviada.

-Tosé ahora –me dijo, así como me tenía, firmemente agarrado. Yo obedecí a mi dominatrix nuevamente, y tras otra serie de cateos pude sentir que de una u otra manera, la cosa se iba a resolver a la brevedad, porque al acostarme había conseguido que me relajase peligrosamente. Por vergonzoso que resultase, yo no iba a poder permanecer concentrado en mantenerme “empequeñecido” mucho tiempo más.

-Podés vestirte –dijo al fin, retirándose los guantes-. Estás bien.

Y yo le hice caso, y me vestí, calladito, sin decir palabra. Calzones, pantalón, remera, polera de lana. Afuera debía hacer menos frío que a la mañana considerando que ya serían como las doce, o doce y media, pero así y todo en ese consultorio hacía mucho calor. Yo quise estirar la mano para que nos saludáramos con un apretón de manos, más ella acercó su mejilla y nos dimos un beso. Los resultados de estos análisis y exámenes se envían directamente a la empresa contratante, por lo que a casa no me traje nada más que esta anécdota que probablemente habría resultado mucho más interesante de no ser yo un tipo fiel, y casado.

Si quieren saber el nombre de esta doctora, la verdad es que no me di cuenta de preguntárselo, o de espiarlo en algún diploma.

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La idea es que me interpreten el sueño que tuve. No tiene mucho de especial esta experiencia onírica en particular (son todas mas o menos así, a razón de cuatro o cinco por semana debido a que soy de “cenar fuerte”), pero siempre me va a resultar más fácil narrarles esto que tener que ponerme a pensar algún artículo de los que parecen más ingeniosos o trabajados. Hay hombres que levantan pesas de doscientos kilos, hombres que hacen el amor con la maestría y la efectividad de quien ha nacido para el sexo, hay hombres que son lo suficientemente atractivos como para que algunas mujeres piensen en engañar a sus parejas, y hay hombres que tienen un sitio web y tratan de escribir en él con la mayor frecuencia posible. Yo soy todo eso junto y quería recordárselos. También tengo trabajo nuevo desde hace algunos días, y se levantan apuestas para ver cuanto me va a durar. Yo digo un mes, con toda la furia. Pero vayamos al sueño:



La cosa empezaba más o menos así: Yo medio como que iba caminando por la vereda y de repente entraba a un banco, o un edificio de esos con pinta de banco, con aire acondicionado y olor a cosas bancarias, tipo la plata –pero no cualquier plata, sino la plata amontonada de a muchos billetes- o los empleados bancarios. Y entonces un ex-compañero de la primaria se me aparecía y estaba igual, como todos los compañeros de la primaria en los sueños. Esa gente a la que uno no vio nunca más después de haberla visto todos los días durante años, y que se queda guardada en alguna carpeta del disco rígido cerebral nomás para que uno pueda reconocerla en la calle y decir: “con eso del SIDA la verdad es que está varias veces más hecho mierda que yo”.



-¿Qué llevas en el auto? –le preguntaba yo en determinado momento de la conversación, señalando un Duna que tenía pinta de estar medio flojito de papeles.
-El único rotweiller con cara de que no te va a atacar –me respondía el tipo.



Y no me acuerdo como era que se escribía rotweiller, pero pongámosle que es así. Al fondo, porque era invierno, alguien había desarmado unos escritorios y había empezado un lindo fueguito. Yo entonces dejaba de hablar con el tipo este y me iba a chusmear el fueguito, que no andaba muy bieny era más humo que otra cosa debido a que los escritorios estaban hechos de esa cosa que vienen hechos los escritorios desde hace treinta años: un aglomerado plastificado, enformicado, laminado. Pero uno se aparecía con una botella de gasoil y entonces el fuego medio que se avivaba, medio que despertaba. Pero en determinado momento se ponía demasiado caliente y yo me mandaba a mudar. Quería apurar el paso pero no podía, porque las zapatillas se sentían como con mucho talco adentro.



Y en el fuego hay una tele, y entonces yo empezaba a ver cosas, a ver cosas en el fuego. En la tele que había en el fuego. Era un pedacito de un programa supuestamente viejo, pero que no era viejo. Y aparecía como animador Creonte, el rey de Tebas, el de la obra “Antígona” interpretado por Daniel Scioli ¿Era manco, Creonte? No importa. Scioli ya no era gobernador de la provincia de Buenos Aires, sino que era ministro de algo. Y de repente yo paso a ser uno de los participantes del programa, que es medio de entretenimientos. Y se da una conversación en la que se debate acerca de lo que tiene que hacerse con el chacal mendocino, ustedes saben, el tipo que le daba a la hija, dale y dale. Que le daba sortija por la sopapirola. Que la embarazó siete veces pero que para su esposa es inocente, porque “la pendeja lo provocaba al padre”, según dice la vieja. Bien ahí. Esos son lazos matrimoniales. “A mí me gusta que mi marido se sienta bien atendido”, le faltó decir.



Scioli-Hay que dejar que lo atiendan los mismos presos –decía Scioli.
¿Por qué? –Intervenía yo, que era defensor de los derechos humanos, parece- ¿Con que derecho va un homicida a desquitarse con un violador? ¿No se da cuenta que a sus víctimas es a quienes se les debe preguntar que crimen resulta peor? Lástima que están muertas esas gentes. Habría que preguntarles a los muertos si es que hubieran preferido ser violados.



Pero Scioli sacaba un libro y empezaba a leer:



[…incluso los que matan a gente inocente quieren creer que existen personas más despreciables que ellos. Incluso dentro de una cárcel hace falta un “malo”, que en el mejor de los casos puede aparecer en la forma de un mago de los que hacen animalitos con globos para animar fiestas de cumpleaños. Un mago pedófilo. ]



Y se da un campeonato de analogías. El juego consiste en decir una analogía que represente en todo su esplendor la belleza de esa morocha instructora de danzas árabes que hace las veces de compañera mía en el profesorado de Inglés. Esa que está bien sanita y que cada vez abandona más materias porque además de las danzas árabes también juega al hockey tres veces por semana. Mamita, que gamberolas, mamita. Los competidores somos cuatro. Estoy yo y también hay otros tres. Uno es mi tío Luis. A mí me toca ir primero, y me río porque estoy convencido de que la victoria es mía, porque precisamente las analogías son las cosas que me salen mejor.



-Soy capaz de tirarme rodando por una escalera con las manos atadas a la espalda y un foquito en la boca con tal de verla desnuda a esa hija de puta -decía yo.



Y todos me aplaudían, porque ganaba. Y ahí, ahí me desperté.

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Resulta que estamos en alerta 5, o DEFCON 5 o algo cinco de la OMS, que es la Organización Mundial de la Salud. Organismo que –si me preguntan- no funciona bastante bien, considerando que no conozco una persona que estè realmente sana. El nivel de alerta 6 viene a ser ese en el que yo salgo a la calle semidesnudo gritando incoherencias a boletear a cualquiera que lleve encima un paquete de pañuelitos descartables. Y la gripe porcina sigue fuera de control, si bien los mejicanos dicen que somos unos desagradecidos y no sè que otra cosa por cerrarles el aeropuerto y no dejarlos entrar a la Argentina con gripe porcina, cuando ellos no tienen ningún problema en dejarnos entrar a nosotros con dengue. Pero habìa quedado claro que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Porque ponele que el chancho no tenga nada que ver. Habìamos dicho eso.

Entonces: no nos engañemos: puede ser cualquier cosa. Y sì, puede tratarse de un brote de infecciòn zombi. Fìjense que nadie saliò a decir: “se descarta absolutamente la posibilidad de que esta infecciòn sea capaz de producir un holocausto zombi”. Afortunadamente, ustedes ya leyeron la primera, la segunda, la tercera, la cuarta, y la quinta, y la sexta, y la sèptima (no recuerdo cuantas eran) partes de la guìa práctica que les sirve para protegerse de los muertos vivientes. Y si no, deberìan, porque me llevò mucho tiempo escribir ese asunto. Pero nada es permanente, y todo lo que conocemos varìa de vez en cuando. Que la cultura es un metamorfo constante; que todo conocimiento es momentàneo y que cualquier sentencia es correcta hasta que otra la demuestra equivocada, dirìan algunos. Yo no, yo dirìa otra cosa, màs en el orden de: “¿A quien le tengo que chupar la pija en este restaurant para que me venga a atender un mozo, la puta madre?”, o “espero algún dìa poder aprender a amar”, o “Kirsten Dunst me da impresión. Luce como un niño que muriò ahogado pero que de algún modo siguiò creciendo.”

Y ustedes se preguntan entonces, ¿De què me sirve la guìa si ahora las condiciones del campo de batalla parecen haberse modificado? Bueno, para eso llega aquì la primera parte del Expansion Pack con todos esos consejos que nos permitiràn mantenernos a salvo por lo menos hasta las pròximas elecciones. Che… con eso de que es colombiano y de que recibe llamados telefònicos de los implicados en la efedrina, medio que lo de De Narváez queda muy colorado, ¿no? ¿No?

Transmisión del Virus: Aparentemente, esta cepa del virus-que-podrìa-convertirnos-a-todos-en-zombis no necesita de mordidas, intercambios sanguìneos ni nada de eso. Sangre y mordidas no deben preocuparnos por ahora. El virus se transmite sin necesidad de otra cosa que la cercanìa, y eso lo hace bastante mucho muy letal desde un principio, considerando que nomàs por ser portador, un infectado cualquiera puede estar estropeàndote sin que te des cuenta. Yo tengo la fuerza de diez hombres sanos y me muevo sigilosamente como un gato, pero asì y todo estoy considerando la posibilidad de adquirir y llevar una màscara (gas mask) de verdad: de las que tienen pastillas, estàn hechas de goma y cubren tanto ojos como boca y narices. Mucha gente lo desconoce, pero el globo ocular es mandado a hacer a la hora de absorber podredumbres. Y si uno puede contagiarse una gripe cualquiera a travès del ojo, màs aùn una posible gripe de chancho zombi. En caso de que no vaya a comprarse la màscara, procure evitar que le tosan o le respiren cerca. El ano tambièn està hecho de membranitas de las que absorben ràpido (por eso los supositorios), por lo que serìa buena idea tambièn el evitar que le respiren o escupan cerca del ano. En caso de estar usted leyendo este artìculo desde una unidad penitenciaria, bueno, puede dar fe de que las cosas que comienzan con alguien escupièndole cerca del ano no terminan bien, generalmente.

Manejo de los desechos: Y me refiero a los cuerpos, y todo material utilizado en el cuidado y tratamiento del difunto-quizà-no-tan-difunto. Aquellas màscaras anti-radioactividad de las que hablè se hacen indispensables (a la par de un enterito de goma y fibra como los utilizados en la planta nuclear de Springfield), pero màs indispensable se hace el fuego. Serà de primera necesidad el quemar los cuerpos, dentro de hornos cerrados, de ser posible. Leì en el fotolog de un muchacho que en Alemania se conservan algunos hornos que se usaron para quemar gente en una època, no me acuerdo porqué motivo. Este muchacho hablaba de una enfermedad hereditaria, que le venìa de las madres. Pero bien por esa gente, bien. La previsiòn es la madre del èxito cuando se trata de prevenir enfermedades infectocontagiosas o hereditarias. No me acuerdo el nombre del fotolog, pero debe ser un club de amigos fanàticos de los helicópteros que hacen quimioterapia juntos, porque todos los que salìan en las fotos estaban peladitos y tenìan tatuadas unas hélices medio raras. Bien por ellos. Bien por los valientes que luchan cuando las condiciones son adversas. Tambièn en Internet pude ver el nuevo trailer de la película “Transformers 2”. Parece que (en lo que se conocerà como “el guiòn màs estùpido y menos coherente jamàs creado”) la onda es que el protagonista (Shia LaBeouf) se muda de la ciudad para asistir a clases en la universidad renunciando a:

1) Su automóvil deportivo que puede cambiar de forma y convertirse en un robot.
2) Sexo con Megan Fox.



Megan Fox

Prevenciòn: Cuando la forma de contagio es sexual, uno puede protegerse mediante la abstinencia sexual. Cuando la forma de contagio es la transmisión sanguìnea, uno puede protegerse evitando tal procedimiento. Y cuando la forma de contagio es que venga un croto y te tosa encima, lo que uno tiene que hacer es poner, entre el croto infectado y uno, toda la distancia posible. Con ello en mente, fueron los mismìsimos mejicanos quienes tomaron el toro por las astas y decidieron, en su momento, suspender la interacción personal entre ciudadanos. Subirse al tren o al colectivo es peligrosìsimo, y lo mismo cualquier otro transporte pùblico. O sea, ya era peligroso, pero ahora lo es màs. A la hora de jerarquizar riesgos, hacer combinaciones con el subte es màs o menos lo mismo que irse a México a besar chanchos. Còmprese un automóvil o no salga nunca màs. A precios devastadoramente elevados, es posible conseguir una màquina ozonizadora (o sea, que produce ozono) de las que destruyen bichitos invisibles, tipo bacteria y virus. Se suelen usar para higienizar quirùrjicamente escenas de crimen o lugares semejantes. Por ejemplo, en un edificio se muriò un tipo de SIDA y nadie se diò cuenta hasta que el olor empezò a entrar en los otros departamentos, pasados diez días. Después de cepillar todo con lavandina, los que limpian ponen la maquina de ozono y chau pinela. Usted debe adosàrsela al vehìculo en el que vaya a viajar, y ponerla al màximo, cosa de que mate todo. Cuando sienta que se està mareando un poco, bájele un poco la intensidad. Ese mareo es indicador de envenenamiento por ozono, pero nadie dijo que llegar a viejo serìa cosa fácil.

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