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Archive for 30 marzo 2007

Me considero un caballerito. Puedo tener mis distracciones y olvidos, pero siempre trato de comportarme como un auténtico hombrecito (o señorito inglés, si se quiere emular las palabras de mi madre) frente a los desconocidos. De esos que les encantan a las abuelas, vecinas y madres de compañeras de colegio. Sostengo la teoría de que en caso de planear y llevar a cabo la violación de una adolescente, el hecho de contar con la reputación de un muchacho bueno, estudioso, serio y trabajador del que “no se esperaría jamás una cosa así”, me simplificaría mucho las cosas. Me gusta estar dos o tres movimientos adelante.

Pero creo que algunos se abusan de mis buenos modales. Y de los buenos modales de casi todos los muchachos varones de entre 18 y 40 años que procuramos dar una imagen positiva a fin de cubrir nuestros futuros crímenes de lesa humanidad, que como bien sabemos, Dios mediante, no serán pocos.

Tomemos por ejemplo una mujer de 75 (setenta y cinco) años de edad. Probablemente, y siguiendo lo predecible, esta mujer pertenece a una generación de damas que no se ha visto en la necesidad de trabajar, ya que habiéndose casado muy joven, en una de esas ni siquiera pudo terminar sus estudios, hubiese querido o no. Lo que quiere decir que tampoco tuvo que viajar demasiado, a menos que fuese por placer. Y en aquellos días, un hombre de cualquier edad (los llamados caballeros de antes, que ya no existen según las viejas) no lo pensaba dos veces y le cedía el asiento (en el espeluznante caso de que su esposo no contase con vehículo propio). Por lo que podemos llegar a asegurar que la otrora mentada señorita, quizá alguna vez atorranta rasca higos o amísima de casa y hoy vieja pútrida y temblorosa, se ha cansado viajando, a lo largo de toda su vida, mucho menos de lo que muchos de nosotros conseguimos cansarnos meramente en dos meses de ir y venir del laburo.

Y a pesar de ello, cuando aborda el tren, hoy chocheando pintarrajeada y cargando consigo bolsas coquetas en las que lleva caprichos o regalos para sus seres queridos, a ojos de las descontroladas cuarentonas menopáusicas especializadas en armar escenas, no es sino demostración de pésima educación el no cederle el asiento ferroviario a fin de que en el lúgubre trayecto “Belgrano-Martínez” no se le resquebrajen espasmódicamente los pocos restos de cuestionable humanidad que envuelven sórdidos su alma descansada pero no por ellos menos viscosa y deleznable, pronta a escamparse cual candela centenaria bajo los monzones de enero.

A ella, le digo: Abuela, hoy mal presupones. Mierda te voy a dar el asiento. Porque me duele la garganta, me caigo de sueño y no se me canta someterme a tu actitud de “me corresponde”. La única razón por la que conseguí este asiento fue porque se me escapó el tren anterior y estuve casi media hora haciendo cola y esperando.

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Quiero que me ayudes a sacar una conclusión, porque realmente creo que algunas almas no están siendo del todo coherentes. Digo, ¿Qué hace falta para que una persona pueda ser considerada culpable o responsable de sus actos? ¿A que condiciones debe someterse cualquier fulano para que al menos podamos decir que es un hijo de su mala madre al cual no resulta horripilante desearle una hemorroide de medio kilo?

Porque el tipo que saca una pistola y abre fuego contra la muchedumbre, es víctima de la violencia de la sociedad, queriendo evitar una masacre. Es el resultado de verse involucrado con personas poderosas e impunes. Es alguien a quien las circunstancias hicieron lo que es. Pobre. Y su abogado es otra víctima, de un sistema que no le ofrece otra forma de practicar su profesión, que incluso debe sufrir siendo abogado penalista, ya que en su idea del mundo su profesión no sería necesaria. Mártir.

El tipo que toma un arma y sale a matar gente para sacarle la bicicleta o las zapatillas también es una víctima de la sociedad que no le da oportunidad ni respuestas. Y los que torturan y encierran a abuelos en sus propias casas, golpeándolos hasta matarlos, también son víctimas de una sociedad fuera de control, de violencia y desigualdad. Al igual que los barra-bravas que hacen destrozos impunemente porque son víctimas de la corrupción apañada por poderosos dirigentes deportivos con aspiraciones políticas.

Pero los políticos también son víctimas de una sociedad que los trataría de ladrones aunque no lo fuesen y no les pone límites ni les reclama como debería, degüelle francés mediante. Los pequeños corruptos que mañana serán grandes corruptos son víctimas también, ya que las presiones y amenazas hacen que resulte mucho mas beneficioso aceptar involucrarse en ilegalidades cada vez más grandes, a tener que lidiar con las consecuencias de no haber reflejado un porcentaje real de desempleados o inflaciones en sus planillas. Y los organizadores de eventos musicales que salen mal, también son víctimas, pero de la negligencia del estado y la falta de conciencia social de parte de la juventud, o la demanda a satisfacer, que obliga a violar ciertas reglas. Y los militares son víctimas de un sistema de instrucción y cadenas de mando que los prepara para tomar decisiones difíciles e imponerse mediante la fuerza, matando y torturando al enemigo a fin de lograr sus objetivos, pero no les enseña a lidiar con los civiles. Y quienes responden a la dictadura con violencia y sangre son víctimas de la misma, y no rebeldes revolucionarios a la espera de convertirse en tiranos.

Como el dueño de un restaurante también es víctima de la necesidad de prosperidad que en otros países se consigue tal vez con menor sacrificio, y sin necesidad de tener que andar teniendo a todos sus empleados “en negro” a fin de producir la ganancia digna de la empresa. Y los niñitos de country malcriados que evolucionarán en los empresarios del futuro no tienen la culpa de lo que serán, ya que no conocieron otra forma de vida, y tienen que pensar en su prosperidad a fin de poder protegerse de los delincuentes, dinero, pena de muerte y muralla mediante. Si es menor, es porque es menor, y si es mayor, es porque alguna vez fue menor. Pero los tipos que secuestran y matan son víctimas, así como quienes hacen justicia por mano propia también son víctimas de la desesperación ante la burocracia, los tecnicismos legales que amparan a las sanguijuelas y la sociedad violenta, llena de corrupción. Mala, la sociedad, esta.

Vos sos víctima de este blog. Si tenés una prefabricada en la costa, alquilala como si fuera el penthouse del casino más lujoso de Las Vegas. Salí y hacé desastres, o mejor dicho, lo que más te beneficie o se te plazca. Cortá rutas, o golpeá a quienes lo hacen. Si alguien pregunta, diré que mi amo agitó las masas porque es víctima de todo lo que lo molesta y parece injusto, y saldrá libre también. Porque vale todo, ya que la sociedad malvada y despiadada en la que vivimos, deben de haberla hecho los marcianos. Y que a la cárcel vayan nomás las prostitutas: que sus hijos sigan sueltos. ¡Vamos Argentina todavía, que hasta el Serenito con “paco” no paramos!

Porque resulta que son todos buenos y víctimas de la sociedad ésta en la que vivimos: corrupta, degenerada, capitalista, terrible, violenta, e insegura. Fenómeno. Así te lo digo: fe-nó-me-no.

El único hijo de puta, entonces, ¿vengo a ser yo?

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Insert Coin

El otro día pasé por lo de mi tía G., una de las pocas personas que ha leído este blog desde el principio. A pesar de que vivimos a escasas cinco cuadras de distancia llevaba semanas de no saludarla de cuerpo presente, cosa que se entiende debido a la casi incompatibilidad de nuestros horarios laborales y al hecho de que después de las ocho de la noche tendría que estar quemándose mi casa para que yo la abandonase. Yo soy así: me enfermo, me agarra fiaca, sueño y frío, porque no fui hecho para salir a trabajar todos los días. Aproveché que tenía que pagar el gas y le caí de visita. De pasada, compré cincuenta centavos de caramelos en un kiosco y aboné con un billete de dos pesos, apuntando clara y descaradamente a conseguir monedas, porque no tenía ni una de diez centavos.

Abramos un paréntesis.

Resulta que ando escaso de monedas, como todo el mundo. Y no me refiero al dinero en general (me he acostumbrado a que me falte), sino a lo metálico, literalmente hablando. En una demostración de lo perturbador de este país en que vivimos, las máquinas expendedoras de boletos aceptan monedas mexicanas pero no billetes argentinos, los negocios prefieren perder ventas y clientes antes que dar cambio, los supermercados a veces redondean a tu favor y te cobran de menos, EN LOS BANCOS SE NIEGAN A CAMBIARTE MONEDAS y los colectiveros se empecinan en no aceptar otro tipo de elementos equivalentes, a ser: fichas metálicas de los viejos videojuegos “Enjoy”, cospeles de subte o esas dos fichas (una roja y otra verde) que no sé donde meter desde que cerraron el Ital Park. Ahorrate la sugerencia, era sólo una expresión. Sé donde podría meterlas, piola. Me lo explicó tu mamá, me mandó un video y todo.

Cerremos paréntesis y volvamos a la casa de mi tía.

Mientras vaciaba mis bolsillos a fin de sentarme cómodo, al sacar la billetera, el vuelto y los caramelos, recordé mis falencias crematísticas

¿No tendrás monedas? –pregunté recordando que ella solía tener algunas en una lata-. No hay en ningún lado y estoy podrido de comprar caramelos de miel. Yo no como caramelos de miel. Los odio: lo hago para decirme: “ves, mirá lo que tuviste que hacer por no cuidar las monedas…”
-Algo tengo, pero más de treinta pesos no te voy a dar –me dijo.

Y aluciné. ¡Treinta pesos! ¡A mí, que tenía un peso cincuenta! Me imaginé a mí mismo yendo en colectivo a recorrer el país, ¡qué digo el país! ¡La Tierra toda! Me vi rumbo a Namibia, subiendo a un colectivo lleno de africanos transportando jaulas con gallinas, recorriendo la India, atravesando caminos, bordeando montañas, desiertos y ríos, todo a la voz de “¡un peso! ¡Ma sí, dame dos de uno veinticinco, la puta madre!”

Pero mi tía G. seguía sacando monedas de esa lata. Y todas de un peso. Suele hacerme buenos (los mejores) regalos y siempre cuida de mí, pero confieso que ver tanto metal junto me hizo pensar en denunciarla ante la Casa de la Moneda bajo el cargo de “acaparamiento obsceno”. Cuando vislumbré que la cifra que pensaba cambiarme sobrepasaba las cincuenta monedas me di cuenta de que la emoción me impediría dormir esa noche. Para ese entonces yo era Tío Rico, esquiando sobre centavos en la bóveda.

¿Cuánto tenés? –me preguntó.

Creo que en ese entonces comenzó a sangrarme la nariz. No estoy seguro, porque dije algo así como: “¡My preeciioouus…!” y me desmayé. Luego, al despertar, sumé el vuelto de la factura de gas a lo que llevaba en mi billetera, y con voz temblorosa dije: “setenta… setenta y cinco”. Nótese el milagro, considerando que normalmente no suelo andar con más de doce pesos encima.

Setenta y cinco monedas de un peso me dio mi tía esa noche. Y me las dio en una bolsita, la cual yo eché en mi mochila con excitación equivalente a la que debe haber sentido el Padre Grassi cuando se enteró que estaban retransmitiendo “Amigovios” en el canal Volver.

No sé cuantas monedas le habrán quedado todavía en esa lata, pero que conste en acta: no voy a aceptar que ninguno de ustedes diga que tiene una tía mejor que la mía a menos que alegue estar usando en este momento un riñón o pulmón donado por ella.

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Muchos de ustedes no lo saben, pero lo cierto es que tengo muy linda letra. Bellísima. Y si no estoy siendo modesto a la hora de describir mi caligrafía, se debe a que es una de las pocas cosas que hago bien, junto con eso de cocinar, estornudar (soy muy prolijo y lo hago en tonos que resultan casi agradables) y jugar a los videojuegos, especialmente al momento de anticipar movimientos, memorizar combos de luchadores y nunca dar un round por perdido.

Como les decía, mi letra manuscrita es lo más. Y mejoró (¿pueden creerlo? realmente, ¿pueden creerlo? porque yo no) en los últimos dos años. Si fuese yo un guardia en una cárcel, más precisamente en el pabellón de condenados a muerte, no me sorprendería oír que los convictos, a la hora de definir su última cena, dijesen algo así como: “no importa, siempre y cuando Mantis haya escrito la carta”. Les digo a ustedes: si un día frotan una lámpara y de ella sale un genio que les permita pedir tres deseos, deberían concentrarse en los otros dos. Porque el primero tendría que ser el recibir algo que yo hubiese escrito. A decir verdad, sospecho que Dios no me dejó a mí la tarea de escribir las Tablas de la Ley debido a que yo, en su lugar, habría convertido en mandamiento el adorar también a mi letra manuscrita. Sólo por eso. Y estoy seguro de que debe haberlo pensado dos veces, porque la oportunidad era única e irrepetible.

Ahora bien, de un tiempo a esta parte, ya no puedo lucir esa condición. Me manejo mucho con el teclado. Y al haber escogido materias de estudio como la “cocina” y las “computadoras”, tan sólo empeoré las cosas. Claro, me queda el consuelo de saber que mi agenda es una suerte de cofre hecho de renglones en el cual se atesora el más delicioso de los néctares en cursiva, pero… resulta triste que no puedan (casi todos) ustedes conocerme sino a través de estos caracteres que tecleo, incansable. No se como hacen para vivir con ello.

Si mi letra manuscrita fuese una mujer, sería tan hermosa desde todo punto de vista (me refiero a esa belleza de mujer tan completa que da tantas ganas de poseerla carnalmente como de irte de picnic con ella), que me imagino sería una preciosura envidiable. Entonces vendría un tipo cualquiera, y me pediría su mano, sin saber que es la mía. Querría casarse con ella, pero yo le diría que no, que es imposible.

-¡Porque es una letra manuscrita, no una persona de verdad, flaco! –le diría yo.

Entonces, probablemente, este tipo procuraría al menos, encontrarse a escondidas con ella. Y oculto entre las sombras clandestinas de un country en Tigre, la sumergiría en una piscina repleta de crema batida, y luego la lamería, lentamente, durante horas, hasta dejarla limpia. Apuesto el cuervo de Odín a que lo haría.

Sería algo así como un caligrafílico, supongo.

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Durante la noche del lunes, y tras haber subido con brutal paciencia unos cinco o seis niveles de cada personaje del Final Fantasy de turno, me sentí con ganas de cambiar el mundo. Me pasa cuando me involucro en cuestiones de tinte más bien heroico. Y como se empieza por lo que se tiene a mano, me propuse encerar el piso de mi habitación. A tal fin, días atrás habías comprado yo una lata de cera “Glo-Cot” para roble oscuro, de un litro, a unos ocho o nueve pesos de los que todavía me acuerdo y probablemente no vaya a olvidarme en los próximos tres meses. Me pasa cuando me involucro en gastos de más de cinco pesos.

Entonces corrí los muebles, saqué algunas cosas afuera, barrí, pasé un trapo apenas húmedo y busqué varios retazos de tela que mi madre guarda con fines cuestionables, que van desde la limpieza de un ciclomotor a (supongo) la futura confección de un espantapájaros maldito, de los que comen uvas de la parra que tengo al fondo de casa y corren y se ríen durante la noche. Para ese entonces ya me había arrepentido y tenía ganas de sentarme y seguir jugando, pero como ya me había mandado la macana de empezar y sacar todo, decidí seguir y ver qué pasaba.

Como todavía quedaba algo del viejo tarro de cera comprado el año pasado, y era mi deber el aprovecharlo, recurrí a éste. Gruesas gotas de cera colorada cayeron sobre la madera y quien les habla, trapo en mano, comenzó la labor de desparramarlas. No poseo una enceradora eléctrica, pero por motivos que no vale aclarar me divierto mucho encerando siempre y cuando haga grandes círculos con mis brazos. Alcancé a cubrir una quinta parte de la superficie antes de que la lata dijese basta. Medio turbado por las emanaciones tóxicas (no creo en eso de los ambientes ventilados, porque al aire libre te pica un mosquito con dengue y te morís) eché mano de la lata nueva. La sacudí durante unos instantes y, acto seguido, con una navaja apuñalé el sello plástico. Nuevamente en cuclillas, presioné el centro del envase. Y he ahí la razón de este artículo.

Imaginen que compran un pomo de mostaza y cuando lo presionan sobre el pancho sale un chorro de vinagre, y estarán cerca de entender lo que me sucedió. Era nafta pura, de un color anaranjado prácticamente transparente. Líquida, con menos cuerpo que Elijah Wood.

-Mamaaaaá –dije alzando la voz-, ¿se puede “cortar” la cera para pisos? ¿Cómo la leche?

Mi mamá no respondió, porque está acostumbrada a que le pregunte ese tipo de cosas. Comparé la lata nueva con la vieja y eran exactamente iguales. Idénticas. Los porcentajes de las sustancias que hacen al producto no están definidos en ninguno de los envases pero los ingredientes son los mismos, por lo que no puede tratarse de “un cambio de fórmula”. Si alguien me pregunta, diré que de un año al otro (11 meses sucedieron entre fabricación de lata y lata), la gente que fabrica esta cera decidió diluirla. El piso chupó cera de una manera descomunal. Cubrí todo con absoluta rapidez, pero sé que voy a tener que darle una o dos manos más esta semana si es que quiero que quede, por lo menos, bien. Porque la calidad del producto bajó más que los calzoncillos de los integrantes del equipo de producción de Gran Hermano mientras se hacía el casting.

Con la ropa en general también me está sucediendo: cuando yo era chico, podía usar un buzo de jogging dos o tres años y luego heredárselo a otra persona cuando me quedaba chico. Hoy en día, me compro uno y de un otoño al otro ya estoy en condiciones de mudarme a la Isla de la Desesperación y cambiar lo de “Chinchulín” por “Viernes”. Lo que quiero ahora es que ustedes colaboren y enriquezcan este artículo denunciando esos productos (y marcas) que bajaron de calidad a fin de reducir costos. Como los restaurantes de la cadena Scuzzi o Pompeii (dependiendo de la zona), que achicaron sus porciones y no van a volverme a ver a menos que reconsideren tal actitud.

Háganme feliz.

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La cosa es así: me despertó un calambre en la parte trasera de la pierna derecha a las cuatro de la mañana, y ya no pude seguir durmiendo. El dolor fue tanto, y el tirón tan grave, que hasta caminar me cuesta. No sé si se deberá a la falta de potasio como dice mi madre, o a la falta de prostitutas y cabarets como dice mi tío, o a la falta de esferas del dragón como digo yo, pero todo esto se reduce a que perdí hora y media de sueño, y estoy lleno de odio. De odio, malignidad y violencia, como todo macho. Súmenle a eso lo siguiente: tengo el acceso a Internet cada vez más restringido (postear no está bien) y en el interior de una de mis fosas nasales se está gestando un grano duro, grandote, de esos que duelen y no pueden ser reventados. Si manejase un camión, estoy seguro de que en lo que va de la mañana ya habría arrollado con gusto a una docena de niños limpiavidrios. Mínimo. Y subiéndome adrede a la vereda, con el semáforo en verde en algunos casos.

Como me parece inapropiado dejar pasar esta oportunidad de manifestar tanto mi violencia como la ajena, les dejo aquí las que considero fueron las seis muertes más violentas en la historia del cine. Bueno, al menos, de los últimos tiempos. Son 6 porque es el número imperfecto, porque es demasiado temprano como para que sean más, y también porque quiero dejarles a ustedes lugar para que agreguen las suyas.

The Godfather (El Padrino). La emboscada. Resulta que a Sonny (James Caan) lo engañan a fin de que salga sin protección, como el loco explosivo que es, rumbo a casa de su hermana, quien fue golpeada por su marido. Entonces, su automóvil se detiene en una cabina de peaje en una autopista desolada, el dependiente de la cabina cierra la ventanilla y se arroja al piso, y estalla el pandemonio. ¿Doscientas balas? ¿Trescientas? Tal vez más. Intenso. Sonny Corleone recibió una lluvia de plomo en una de las escenas más recordadas de esta gran película. Es el tipo de balacera que te hacer preguntarte cuánto le dolió, o hasta qué balazo estuvo consciente. Fue bueno que sucediese, porque dió origen luego a la famosa frase “look what they did to my boy Sonny, look what they did to my son… ”, que yo uso cada vez que deshueso pollo. Esta escena sería lo más violento que le sucedió a James Caan en toda su carrera de no ser porque Annie Wilkes le rompió las patas a mazazos tras atarlo a una cama.

Silence of the Lambs (El silencio de los Inocentes). El garrote. Para muchos, Hannibal Lecter es el mejor villano de la historia del cine. A mi parecer, es al menos el que más estilo tiene, y el asesino serial que algún día seré, Dios mediante. Sin embargo, Anthony Hopkins se vuelve básico y elemental en la terrible escena de la jaula, garroteando a muerte un oficial, en un plano más que impresionante en el que no se ve otra cosa que la horrible expresión del ganador del Oscar llevando su boca ensangrentada, las salpicaduras correspondientes y el movimiento de su brazo. El camarógrafo debe haberse orinado antes de llegar a la parte en que el cuerpo es destripado y colgado artísticamente de la parte superior de los barrotes.

28 Days Later (Exterminio). El piquete extremo. Esta película es realmente violenta. Estamos hablando de zombies, muertos vivientes y las formas de eliminarlos, cosa que se repite en el género llegando a niveles casi cómicos. Cuando uno se dispone a verla, se va haciendo a la idea de que las muertes van a sucederse una detrás de la otra, pero la escena en la que el protagonista ensangrentado (quien resulta creepy nomás de verlo en una foto mirando tele) hunde sus pulgares progresivamente a través de las cuencas oculares del oficial “malo” (pero no zombie) entre gritos y gruñidos es una revolvedora de estómagos. Hacer explotar un caballo con un collar de dinamita no debe resultar tan violento ni tan estremecedor. Es el tipo de escena que hace que después de sucedida uno se pregunte: ¿Era necesario? ¿No podría haber venido al cine a ver otra cosa? La respuesta es no. Fue uno de los dineros mejor gastados en mi vida. Un auténtico Resident Evil.

Saving Private Ryan (Rescatando al Soldado Ryan). La puñalada. En una escena del principio, un soldado destripado llora y grita por su madre, pero en comparación con la escena que más recuerdo de esa película, parece un comercial de PinyPon. Esta muerte a la que me refiero corresponde al soldado americano judío (Mellish) que tras una pelea feroz a mano desnuda con un soldado nazi es apuñalado en el corazón, lentamente, con una daga que él mismo había sacado. “No… no…no no no no” dice el pobre flaco, a lo que el agresor responde: “Shhhhh…” mientras hunde la hoja. Terrible, realista… qué se yo. Si el servicio militar aún fuese obligatorio en la Argentina, y el aviso de reclutamiento me hubiese llegado tras haber visto esa escena, yo mismo (con una pinza pico de loro y unos metros de alambre) me hubiese roto la espina a fin de zafar.

Casino. La paliza del desierto. Recuerdo que cuando tenía ocho o nueve años, solía quedarme a ver tele durante madrugada, y así conseguí enganchar Saló, o “Los 120 días de Sodoma” sin saber de qué se trataba. Pero eso no me pareció tan violento como esto. Cabe decir que el personaje interpretado por Joe Pesci se la había buscado durante toda la película. Las había hecho todas, desde involucrarse con la mujer equivocada hasta robar a los jefes de la mafia para los cuales trabajaba, pasando por reventarle a un tipo la cabeza con una morsa o apuñalar a otro en la garganta con una lapicera. Así y todo, la escena de la golpiza en el desierto es demasiado. Cruda en todos los sentidos, ya que comienza con él siendo obligado (por sus ex-compañeros) a ver como su hermano recibe una tunda brutal, con bates de béisbol. La sensación horrible y desesperante de que es el fin, de que no hay salida. Impotencia pura, que luego se transforma en su propia cuota de batazos amigos. Desnudos y ensangrentados, ambos cuerpos son arrojados a una fosa en la arena, y comienzan a ser sepultados todavía vivos. Ahí es cuando te das cuenta de que tu laburo no está tan mal, aunque el sueldo no sea la gran cosa.

American History X. El “enjuague bucal ruso”. Muchos no saben que esta gran película existe. Por un lado eso está mal, ya que en ella Edward Norton lleva a cabo una actuación absolutamente magistral y escalofriante representando a Derek, un “cabeza rapada” neonazi que da unos discursos de antología, hermano mayor del siempre perturbado Edward Furlong. Pero por otro lado está bien, ya que “American Histoy X” hospeda a lo que sin lugar a dudas es la muerte más violenta que uno pueda imaginar. Quienes la hayan visto, ahora estarán recordando con pavor silencioso ese momento (en blanco y negro) en el que Derek sale a la vereda en calzoncillos y botas, pistola en mano, y se encarga de “educar” al ladrón malherido, tan afroamericano como delincuente y desafortunado. Nada, pero nada, nada se acerca a eso. Derek termina en la cárcel, pero ni curando el SIDA habría podido llegar a reparar lo hecho.

No me horrorizo ante la violencia ni tengo un estómago delicado, pero la verdad es que nada me había preparado para tanto… No sabía que eso existía… Me dolió a mí. Todavía me duele. No voy a describir la escena. Si quieren verla, busquen “curb stomping” en Wikipedia y YouTube, pero estén preparados para sentirse incómodos durante un buen rato. No sólo es la muerte más violenta en la historia del cine, sino que también es la cosa mas violenta que vi jamás en película alguna. Nada llega a ser tan simple y tan brutal. La película es de lo mejor que hay, y debería haberse ganado el Oscar en la categoría de “Mejor Violencia”, desbancando a todas las de Faces of Death.

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Los hay quienes dicen que Dios no existe porque suceden los terremotos y los tsunamis. Eso no es sólo estúpido sino también aburrido, porque me parece mucho más simpática la imagen de un pobre pescador africano que tras rezarle durante toda la tarde al Dios tiburón, ve venir una ola gigante y dice algo así como: “¡Munboka numayakaba mukako!”, que (imagino) en afrikaans significa “si tan sólo hubiese escuchado a ese misionero antes de hervirlo”. Los hay quienes dicen que Dios existe en cuanto no se ha podido explicar el porqué de muchas cosas. Eso es tan sólo estúpido, ya que la ignorancia no es evidencia. Los hay quienes creen que Dios existe porque así fueron criados en sus casas y está escrito en un libro (estúpido, porque eso hace que prácticamente todos los dioses sean verdaderos, incluyendo a Spiderman) y los hay quienes no creen porque no se les oyen las plegarias (estúpido, porque Dios no puede hacer que Boca y River ganen el mismo partido, aunque creo que Grondona sí).

Lo de las desgracias y alegrías también funciona como un detonante para los místicos. Podría decirse que Dios no existe porque no hizo nada para cuidar a mi hermana cuando ésta murió en un accidente de tránsito, pero eso sería –una vez más- estúpido. Dios no puede andar impidiéndole salir a nadie durante los días lluviosos en compañía de borrachos peligrosos con delirios legendarios de Collin McRae. También podría decirse que Dios me jodió abusando de las probabilidades al hacer de mi primo el único muerto en otro accidente, tirándole un ómnibus encima y salvando al resto de los cuarenta presentes, pero así también podría decirse que me favoreció al permitirme nacer y crecer sano y sin apuros a pesar de las probabilidades escasas de un prematuro cincomesino, o al organizar el cosmos al punto de que mi actual prometida me diese bolilla y me hiciese feliz. Es por eso que dejo a Dios fuera de esas cosas, cuando puedo.

Hoy en día, no estoy convencido de que Dios sea tal y cual me lo han presentado. Quiero decir, he elegido a Cristo como mi salvador, pero fue una decisión responsable y no el producto de una percepción. Nunca se me presentó un ángel con trompetas y espadas (simplificaría el asunto y lo haría mucho más interesante) ni se me apareció Jesús vestido de blanco con un mensaje de redención. O sánguches. Nunca presencié un milagro gigantesco, ni nada de eso. Que me he sentido overwhelmed en más de una ocasión, seguro, pero más veces fuera que dentro de una iglesia. Y podría haber obedecido a muchas otras cosas además de la intervención del espíritu santo. Podría haber sido amor, pánico, pata de cabra o empacho, por ejemplo. Porque debe haber agnósticos overwhelmed.

He aquí que entre los tantos dilemas que se me presentan, está mi bautismo. Digo, ya he sido bautizado cuando bebé católico, pero eso es decir poco. No tomé la comunión (mis videojuegos no iban a jugarse solos, caramba), pero mi bautismo adulto en una iglesia se avecina. Ahora bien, quiero que mi nuevo “compromiso responsable” con Dios funcione como corresponde, pero no estoy dispuesto a querer “curar” un homosexual y llevarlo por la senda de Dios. Por mí está bien así, mejor, más minas para los muchachos que quedan (camaradería y honor). Mucho menos voy a cantar en el coro, simplemente porque una persona seria no canta a menos que sea por plata, y ante un montón de gente que pagó una entrada. Tampoco pienso hacer carrera diciéndole a los musulmanes y judíos que yo tengo la posta y ellos están meta y meta hablar pavadas, porque la verdad, el Islam tuvo a Saladino, el mejor rey que jamás haya existido, y si lo descarto es por eso de que la mujer pasa a ser cualquier cosa salvo una compañera en la vida. Bueno, por eso y por el hecho de que Alá era tan pedófilo como cualquier cura católico. Por otro lado, no me opongo a todos los abortos, ni a todos los homicidios. Por algunos, incluso, saldría a juntar firmas y recaudar fondos. No hay vergüenza en ello. Hagan las cuentas. Termino siendo un incongruente cristiano “new age”. O algo peor: un hare “hippie” krishna con tintes sintoístas. Espero resolverlo.

La macana es que, indefectiblemente, cuando adoptás una religión por completo, estás dando a entender que por lo menos seiscientos millones de personas están equivocadas, ya sea ignorando o descreyendo (ateos) o simplemente conversando con un amigo imaginario (otros). Lo confieso, no me da el ego para tanto. No me creo tan sabio. Tal vez porque todavía quiero creer que los musulmanes buenos se van al cielo musulmán, y no a un infierno cristiano. Llámenme ingenuo.

Igualmente, peor le debe ir a Tom Cruise. Digo, a nadie le quedan dudas de que eligió la única religión que no es cierta. Eso es tan triste como esperar un colectivo en la parada equivocada durante un día de lluvia, o como que te regalen un dragón bebé (él último que existe) y al volver del trabajo lo encuentres muerto de sed porque lo encerraste y antes de salir te olvidaste de llenarle su tarrito de agua. O porque estaba jugando en tu escritorio y se le cayó encima una enciclopedia.

Bueno, no, tal vez no tanto. Nada puede ser más triste que eso.

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