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Archive for 26 enero 2008


He aquí una noticia que es de gran alivio para mí: un grupo de norteamericanos con autoridad alimenticia está asegurando que no se corre ningún riesgo al comer la carne de un clón, o ingerir alimentos derivados de éste.

Molecularmente hablando, un cacho de carne clonado sería indistinguible de un cacho de carne original.

La parte más bien seria de la noticia es la que tiene que ver con las posibilidades a futuro de esta afirmación. Clonando una vaca que naturalmente es capaz de producir una cantidad de leche muy superior a la media, más de uno podría hacerse un lindo negocio. El asunto es simple: busco la mejor lechera de todas, y cuando la encuentro, la clono. Algo similar a lo que sucede con los caballos de carrera campeones y molecularmente superiores, cuyo esperma se vende a precios muy altos. No voy a imaginar nada ni hacer chistes con eso, ya que la tarea de ordeñar un caballo se me hace lo suficientemente ingrata para con el pobre peón así como está.

Ahora bien: los detractores de la clonación argumentan -entre otras cosas- que muchos clones son de un tamaño sobrenaturalmente grande cuando nacen (lo cual podría lastimar a la madre), y yo creo que ahí se esconde una enorme posibilidad.

Vaca en serioYo, si fuera científico, haría lo siguiente. Primero, desarrollaría una vaca gigante, y la tendría en su establo, también gigante. Bueno, no, entonces lo primero que debería hacer sería comprar un terreno grande, ya que estoy hablando de una vaca grande como un edificio. Luego, con mangueras –si, mangueras gigantes-, le extraería toda la leche y con ella haría queso, yogur, y cuanto lácteo aprendiese a hacer. El razonamiento lógico y sensato dice que si fui capaz de crear una mega-vaquillona lo suficientemente grande como para obstruir el Canal de Panamá, es probable que sepa también manufacturar productos lácteos, caminar sobre el agua y matar con la mirada. Quien puede lo más, puede lo menos. Y no, los lácteos no serían gigantes, porque eso requeriría refrigeradores gigantes y además habría mucho desperdicio.

Pero la verdadera gracia –y objeto del proyecto- radicaría en poder hacerla lo suficientemente grande como para que uno pudiese cortarle un churrasco sin mayores consecuencias, causándole apenas dolor, y dejando una cicatriz ínfima, que cerraría a los pocos días. Eventualmente, esto involucraría la tortura y mutilación casi eterna de un animal, desde un determinado momento hasta su muerte, quizá tras diez o doce años de tajos y cortes, pero los defensores de la vida animal no pueden negarme que la cantidad de animales “pequeños, normales y originales” que salvarían sus vidas bien valen el sacrificio de la gigantona desafortunada, la cual podría clonarse obedeciendo a un promedio de 1 por familia interesada. Además, no sé ustedes, pero yo a mi costosísima vaca proveedora de carne la cuidaría, bañaría, medicaría y atendería mejor a que muy pocas otras cosas en el mundo. Y la bautizaría con un nombre del tipo: “Cuerno de la Abundancia que Muge”. El punto flojo de mi teoría sería la imposibilidad de comer otra cosa que no fuesen cortes superficiales (omitiendo las achuras, por ejemplo), pero habría puntos de venta -mayoristas gigantes de carnes y embutidos- en los cuales abastecerse de ese tipo de elementos. Además, quienes habitan departamentos en el microcentro no renunciarían a su estilo de vida así nomás, imagino.



Mantis: -Buenos días, Morgan
Morgan: (dejando de atender a una clienta y haciendo una reverencia, inclinándose ligeramente con el gesto propio de quien ha leído mucha literatura inglesa de fines del siglo XVIII, llevando su cuchillo manchado de queso fresco al pecho) -Buenos días, Señor.

(Ambos permanecemos en silencio y con la mirada perdida durante varios segundos. La clienta –sí, se escribe clienta- se retira finalmente sin ser atendida, soltando insultos)

Morgan: ¿Qué puedo hacer por ti?
Mantis: -Un mortadela en bocha para la merienda de la semana me tendría feliz como un párroco ante un monaguillo desnudo, ¿podrás ayudarme?
Morgan: -Tengo, pero he de cobrarla cara, porque mi nuevo proveedor cambió de rubro y no sé cuando volverá a entrarme otra pieza semejante calidad.
Mantis: -Otro más que se va detrás del dinero fácil del gigantismo vacuno, imagino. Es el segundo en lo que va del año.
Morgan: (asintiendo con la cabeza, llevando un gesto preocupado: -Mis predicciones en alguna época se orientaban hacia la explosión de la soja y su aniquilamiento de las tierras aptas para cultivo, pero realmente no entiendo como pudo prender la idea esa…
Mantis: -¿Avistas un futuro negro?
Morgan: (cambiando el gesto a una sonrisa, elevando el tono de la voz) -No tan negro como el himen de Diana Ross en una película de Orson Wells.
Mantis: – Jajajajajaaaa… lo has hecho otra vez… No sé de dónde los sacas, mi querido paladín.
Morgan: -Ellos están en el aire, yo tan sólo los atrapo. ¡Anselmo!
Mantis: -¿Anselmo?
Morgan: -Es mi sobrino, lo tengo aprendiendo el oficio.
Mantis: -Me parece fantástico: la venta de productos de charcutería bien debería ser una asignatura obligatoria en todas las escuelas.

(Por la puerta del fondo entra un muchacho de unos 15 años, comiendo con entusiasmo lo que parece ser una gruesa barra de leberwurst, cual si fuera una banana. Su imagen inevitablemente denuncia un parentesco con el fiambrero, a quien mediante gestos le indica que mi presencia le resulta incómoda. Camina arrastrando los pies, con fastidio)

Anselmo: -¿Y éste quien es? Sabés que no me gusta la gente…
Morgan: -Cuida tus modales y saluda al señor, que es nuestro mejor cliente.
Mantis: (extendiendo mi mano) -Es un gusto, Anselmo
Anselmo: (sin estrechar la mano ni dejar de mascar su pieza de leberwurst) –Hola…
Morgan: (empujándolo con la punta del cuchillo) -Tráele una mortadela al señor.

(Anselmo se retira un par de segundos y vuelve con el pedido: una mortadela de poco más de dos kilogramos, manchada de leberwurst)

Anselmo: Acá está. Más mortadela que Heath Ledger en una farmacia.
Mantis: -Hey… eso no estuvo bien, sobrino del paladín. Ese chiste…
Morgan: Disculpe señor, pero a mi sobrino lo educo yo. Cualquier cosa que pudiera usted decir estaría oprobiosamente fuera de lugar.
Mantis: -… ¿Morgan?
Anselmo: (guiñandole un ojo a su tío y eliminando todo resto de antipatía, para luego estrecharme en un abrazo que no termina nunca) -¿Tan fuera de lugar como un himen en una villa miseria?
Mantis: -Jajajaja… ¡Me han pillado ustedes! Caí como un Juan Castro cualquiera.
Morgan: -Lo practicamos ayer, durante toda la tarde.
Mantis: -¿Alguna vez te dije que este lugar es lo mejor del barrio, Morgan?



Pero volviendo al tema, si tienen una mejor idea para acabar con el hambre en el mundo y al mismo tiempo tener alimentos siempre frescos sin tener que salir a comprarlos, este es el momento de abrir la boca.

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Omitamos el hecho de que tranquilamente se puede uno pescar la fiebre amarilla quedándose aquí y compartiendo mosquito con gente no necesariamente brasilera. Eso de que la gente se esté vacunando contra esta peste (cariñosamente llamada “vomito negro”) antes de irse de vacaciones a Brasil se me hace maravilloso. Es una forma de decir mediante gestos algo así como: “son tantas las ganas que tengo de ir a Brasil con los nenes, que no me importa correr el riesgo de que todos contraigamos una enfermedad mortal de las que acaban con pueblos enteros y te hacen sufrir antes de despacharte.” Y después se preguntan porqué es tan difícil luchar contra el SIDA, que se transmite de modos mucho más macanudos y también es mucho más letal pero no cuenta con apodos ni la mitad de intimidantes.

Fiebre AmarillaComo siempre pasa entre los papanatas, más de uno salió enloquecido a bajarse un licuado de vacunas y ahora se encuentra hospitalizado y agonizando debido a una sobredosis. Ahora son más los sobredosificados en peligro de morir, que los infectados y los muertos combinados. Me cuesta trabajo encontrar una forma más cómica-trágica de dejar este mundo… lo único peor que eso es que te dé un infarto debido a que llegaste del trabajo más temprano, abriste la puerta de la habitación y encontraste que tu hijo de 9 años se hallaba acostado desnudo en la cama, con tu suegra parada a su lado, también desnuda pero luciendo una nariz de payaso y sacando fotos a la voz de: “mi chiquito… papá y mamá no entenderían la forma en que nos quisimos esta tarde…”.

Pero resulta que, el otro día, estas posibilidades de contagio y/o muerte debido a falta y/o exceso de vacuna salieron a discusión entre un par de compañeros/as de trabajo dispuestos/as a todo con tal de voltearse un brasilero. Y no, sinceramente no creo estar olvidándome de un “/a” al final del gentilicio. Fue entonces que otra compañera, ajena al asunto y venida no hace mucho tiempo desde el interior del país (léase: desesperada por volverse), acotó:

-A los virus los sueltan las farmacéuticas y los laboratorios, para vender las vacunas y los antibióticos todo el tiempo. Es obvio, en serio, créanme.

Ahora bien, esta señorita no es ninguna imbécil en el día a día -muy por el contrario, es de lo mejorcito-, pero su comentario me provocó cierta compasión por la ternurita ingenua, llevando ella ese razonamiento propio de un hippie malcriado o un preadolescente, si es que no son éstos sinónimos. Así y todo, asentí con la cabeza y le otorgué el beneficio de la duda porque en una de esas sus padres son dueños de un laboratorio y ella maneja información importante.

Sin embargo, la hipótesis del resto de los presentes era del tipo: “es todo una campaña para que el turismo no apunte hacia Brasil”. Hubo quien también dijo, que: “así se busca reducir los accidentes de tránsito, porque la mayoría de los muertos eran gente que iba a Brasil”, lo cual me recuerda que debo mandar un correo electrónico a recursos humanos para solicitar un análisis de sangre en busca de estupefacientes. Mi hipótesis era más bien del tipo: “Y bueno, la fiebre amarilla siempre está, y es natural que de vez en cuando algún episodio salga en la tele por afectar a un no-indígena. De algo hay que morirse”.

¿Qué puedo decir? Ya no creo en los “planes malignos” o “conspiraciones gubernamentales”. Se mueren unas 40.000 personas al año de fiebre amarilla, y estoy bastante convencido de que para morirse de tal cosa hay que contagiársela primero. Tampoco creo que lo de las Torres Gemelas haya sido planeado por nadie más que un puñado de decididos terroristas fundamentalistas y a la luna espero que se haya ido. No imagino tampoco una mesa en un cuartel subterráneo, donde los líderes del mundo pudiesen estar decidiendo las mejores maneras de ocultar la existencia de vida extraterrestre. Casi podría decirse entonces que estoy curtido de pelotudeces, o que lo mismo me da todo. Casi.

Porque tengo un par de teorías de “conspiración maligna chiquititita”.

Mi primera teoría/conspiración/jugada macabra tiene que ver obviamente con el Estado y sus intereses ya casi ridículos de sacar ventajas económicas mediante cualquier artimaña. Sabrán ustedes, que como el país estaba creciendo pero saliendo de una crisis, en determinado momento, hace algunos añitos, se entregó a si mismo esos famosos “superpoderes” concediéndose –entre otras cosas peores- la capacidad de no llamar a licitación y contratar directamente las empresas destinadas a realizar cualquier tarea del tipo: “cambiar el banco de una plaza”, “arreglar el cielorraso del Ministerio de Economía” o “reemplazar un semáforo”. Creo yo (no tengo evidencia real), que todas las empresas encargadas de atender esos asuntos pertenecen a testaferros de Julio De Vido, sin excepción. Pero lo más lindo es que también creo que es una tropa de “Devidistas contratados” la que sale de madrugada a robar semáforos para luego reponerlos.

Parecerá una tontería, pero no imagino un negocio “chico” más efectivo, redondo y lucrativo que ese: un semáforo siendo reemplazado por si mismo en unas diez oportunidades, dando un margen de ganancia del 1000%, ponele.

Mi otra teoría chiquitita dice que el Estado le subvencionó el precio del papel a los diarios más importantes (o sea, se los paga), y por eso los mismos se convirtieron en boletines oficialistas pero no aumentaron sus precios en un diez mil quinientos por ciento, cosa que sí sucedió con prácticamente todas las otras cosas.

Ustedes, ¿tienen alguna?

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En un comentario del artículo anterior, un muy querido lector mío se ofendió/ enojó/ ofuscó debido a que agarró todo para el lado de los tomates. Síntoma de espíritu indómito, joven e inexperto, de caballo salvaje, de potro enloquecido, de león embravecido, de huracán adentro de un torbellino adentro de un volcán erupcionando golems de lava sin control. Algo así.

Copio y pego parte de su comentario. La parte que me interesa, para ser preciso:

“Tipos como vos… que chusmean un rato en internet; ¿tiran abajo los 60 CENTIMETROS de literatura que me comi este año en la UBA?”


Dejen de lado la incomprensión de texto, ya le hablé a ese respecto. Agrego también que lo de 60 centímetros de cualquier cosa me suenan re-porno, pero aún no entiendo bien porqué. Dejen de lado eso también, por favor, junto con el hecho de que en la UBA más de un profesor ha recibido favores sexuales de algún alumno/a, y obrado en consecuencia, NO haciendo por ello de la Universidad de Buenos Aires un establecimiento menos prestigioso o recomendable. Dejen de lado por último, ese rumor urbano que dice que si dejás un ladrillo en la vereda de la facultad de Ciencias Económicas y lo pasás a buscar dentro de cinco años, tiene el título de Contador Público abajo.

Golem de LavaLo cierto es que desde ese preciso instante en que tomé cartas en el asunto (léase: desde que respondí al comentario), me tiene entretenidísimo esto de medir en centímetros lo leído. ¡Con todo lo que me gusta Sarmiento resulta que le leí apenas unos veinte centímetros, como mucho! Yo solía juzgar de acuerdo a la calidad o valor (cualesquiera fueran los parámetros previamente definidos) del texto, pero esto le pasa el trapo con la violencia privativa de uno de los golems de lava que usé en la primer analogía. Escribí alguna vez un cuento breve acerca de las formas de medir las cosas (si supiera donde quedó, lo haría publicar por mi negrito esclavo), pero las posibilidades son realmente infinitas. Al principio creí que leer en centímetros me simplificaría las cosas, pero muy por el contrario, la cancha se embarra considerablemente. Créanme, resulta que el mundo no estaba tan loco ni mal hecho como creen algunos. Cuando en Tango Feroz Fernán Mirás le decía a Cecilia Dopazzo eso de “el tiempo debería medirse en sensaciones”, es sólo porque estaba más drogado que Maradona en… bueno, no sé. Lo único más drogado que Maradona que conozco es el robot de Robocop 2. En la foto, un golem de lava.

Imagínense que mi comentarista hubiese dicho “las 400 HORAS de literatura…” por ejemplo. Saldría uno a discutir la velocidad de lectura, en cualquier caso, o la calidad de lo leído. Sería indispensable establecer un ritmo estándar, y asegurarnos de que no se hacen detenciones o tareas con correspondientes a la lectura, a menos que las pausas para ir al baño estén ya incluidas y consideradas. Ni hablar de las distracciones… ¿Vieron como se va complicando? Mi madre tiene un tic nervioso que consiste en pestañear más seguido que el resto de los mortales, por lo que sería injusto no ofrecerle algún tipo de tiempo de descuento. Leer por peso también resultaría complicado. Me pondría a llorar si alguien se refiriese al “Facundo” como a “medio kilo papel y un poco de tinta”.

Pero… por ejemplo, yo podría levantarme una mañana y comprar las cosas de acuerdo al tiempo que lleva hacérselas. No digo trabajar, ya que tengo un horario que cumplir más allá de mi productividad, que cada vez le saca más cuerpos a mi sueldo. Pero supongamos que de regreso a casa paso por la fiambrería y pido 25 segundos de salame picado fino. El despachante debería entonces comenzar a contar desde el momento en que la hoja giratoria toca contacto con el alimento (y no cuando se enciende la máquina), cortando durante el tiempo establecido, cobrando luego según correspondiese. Al principio podría haber algún tipo de confusión, pero los chistes homofóbicos fáciles del tipo “dejame a solas con tu longaniza media hora” ayudarían a fortalecer la relación vendedor-cliente.

Una vez dominado el tiempo o valor de corte, la apuesta podría elevarse agregando un eslabón estándar, como ser un tema musical. Cobrándoseme por canción. No tardaría mucho en darse una conversación como la siguiente:



Mantis: -Buenas…
-Buenas tardes ¿En qué te puedo ayudar?
Mantis: -Cortame un “Funky” de jamón cocido, queso, y mortadela. Mi esposa está de humor para una picadita.
-¿El de Charly García? ¿Partes iguales?
Mantis: -Por supuesto, tan iguales como tres hombres negros. Y las fetas más delgadas que tu pericia permita, mi fiel amigo.
-Las haré finas como el himen que separa a una joven virgen de mis placeres nocturnos.
Mantis: -Jajaja… eres ácido e incorregible, Morgan. Tú y tus chistes de hímenes…
-¿Acaso los hay de otra clase?
Mantis: -Si los hay, no quiero saberlo.
-Por cierto… está muy lindo el matambre que me llegó hoy.
Mantis: -Bueno… Dame un “Afternoon Delight” de la Starland Vocal Band, pero frenate en la parte esa en la que dicen “thinking of you is working up my apetite” y empiezan a cantar más agudito.
-¿A dieta?
Mantis: -Me estoy cuidando un poco.
-¿Cómo una niña victoriana de 8 años cuida su himen en casa de Lewis Carroll?
Mantis: -Jajajaja… Amo este lugar.



No apostaría mi vida a que el tipo se llama Morgan, pero es una posibilidad. Él, armado de una PC y parlantes de escritorio entonces comenzaría a reproducir el mp3 correspondiente. Por supuesto, ningún plan es infalible y el fiambrero bien podría hacerme trampa, en todo caso, poniendo un disco con una versión “desenchufada” y de duración inferior en unas tres fetas. Y el mercado negro de canciones ligeramente adulteradas reemplazaría con mucha sutileza el de las balanzas mal reguladas. Pero es que no se puede todo… Y mientras escribo me acabo de dar cuenta de que este procedimiento a la inversa también me permite medir la duración de una canción en fetas. O las cosas en fetas, y las cosas en canciones… ¿Alguna vez se han preguntado cuantas tostadas pueden preparar en un More than Words de Extreme, o si basta con un Don´t Stop Me Now de Queen para doblar la ropa recién descolgada de la soga, y guardarla en el placard?

Este va a ser el mejor fin de semana de mi vida. Pero la pregunta asesina y fantasticobulosa del día (y del fin de semana o hasta que pueda volver a escribir) es ¿60 centímetros de qué cosa preferiría usted comerse ahora, en este preciso instante?

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Me encuentro haciendo un poco de dieta a fin de bajar el salvavidas flojo, horrible y adiposo que me dejaron las últimas semanas de comilona. Desayuno casi incorpóreo, almuerzo vegetal, merienda mínima y cena nula. Me gustaría decir que soy como esas chicas que “se comieron todo en las fiestas y quieren lucir bien en malla” pero la verdad es que más o menos desde Octubre que venía comiendo como un verdadero degenerado, con mi alma sintiéndose tan bien como un condenado a muerte al cual se le ofrece la posibilidad de salvar la vida siempre y cuando pueda vencer al cantante de los Paralamas en los 100 metros con obstáculos.

– Pues, yo soy tu amigo fiel –

Pero la verdad del asunto es que les había prometido a ustedes contar algo acerca de mi encuentro con un nutricionista a fin de que se me brindase una dieta baja en grasas que mejorase mi calidad de vida (me hubieran dado plata y me la habrían mejorado más) y me permitiese postergar definitivamente esa operación que quieren hacerme para despojarme de mis cálculos biliares. Hoy por hoy, la única razón sensata para bajar la panza que puedo encontrar es que temo que mi futura esposa pueda estar considerando la posibilidad contratar un muchacho a fin de limpiar la pileta y tenerla lista para usarla durante este caluroso verano, si bien no tenemos pileta.

Llegué quince minutos antes de lo impreso en la orden de consulta, con la esperanza de poder desocuparme lo antes posible, quizá con la suerte de que el esculapio se encontrase libre y con ganas de ganar tiempo adelantando algún paciente. Pero obra social mediante, el facultativo supo hacerme esperar todo lo que pudo antes de atenderme. Se dio esa horrible situación –imagino que alguna vez les ha tocado a ustedes vivirla- en la que se hace la hora del turno propio y aún hay cuatro personas a la espera de ser atendidas previamente, por no hablar del que está siendo atendido desde hace 20 minutos y no sale.

Finalmente, cuando la puerta se abre con 50 minutos de atraso y mi apellido se escucha, yo me encuentro sólo en esa sala de espera a la cual le dejé surcos de tanto caminarle encima, cual león enjaulado. El edificio está ubicado sobre la Av. Centenario, en San Isidro, por si les interesa ir a orinar en la vereda. Es a pocas cuadras de la estación.

No sé ustedes, pero hay cuestiones en las que depender de un joven no me pone cómodo, y la medicina es una de ellas. Me desespera que el/la especialista que vaya a tratarme no tenga edad suficiente como para haber peleado contra los ingleses en Malvinas, mínimo. Me lo/a imagino apareciendo borracho/a en su fotolog, incapaz de escribir dos palabras seguidas y dibujando cosas con los caracteres del teclado. Me enajena, prácticamente, pero no se nota porque soy un tipo muy cordial y educado, más allá de lo ordinario que pueda llegar a ponerme cuando insulto debido a que no recuerdo donde dejé mis efectos personales antes de acostarme. El tipo éste tendría unos 26 años, como mucho.

Se excusa por la demora, me saluda con un apretón de manos de pescado metrosexual al que yo respondo con la firmeza del que con los ojos dice: “Metete las disculpas en el culo: no soy tu amigo, ni está todo bien, ni voy a soportar actitudes del tipo Patch Adams, así que mostrate profesional o te parto algo en el lomo.” Pero hago un alto y abro un paréntesis:



La Licenciatura en Nutrición dejó de ser una “carrera conexa” para pasar a ser una “carrera de la salud”. No puedo opinar sino desde este ejemplo, pero nunca me había sentido tan triste ante la realidad de la medicina tilinga. Que me sirvan de herramienta unas palabras de la secretaria del área de licenciaturas y cursos de la Facultad de Medicina de la UBA: “Al ser más jóvenes, nuestras profesiones tienen enfoques más humanísticos y multidisciplinarias que la Medicina”.

Que sometidas al Traductor Mantis, quieren decir:

“Salvo excepciones, todos los que llegan acá y se anotan son papanatas o animalitos a los que –salvo excepciones, nuevamente- no les dio el bocho para seguirle el curso a una carrera madre de la Medicina, y como su interés por el cuidado de la salud siempre fue mas bien nulo, optaron por una carrera corta y medio médica, como para que cualquier persona incauta los llame doctores de todos modos, amparada en el común desconocimiento de que los doctorados en la Medicina, el Derecho, la pedofilia y cualquier otra carrera son cosas que se adquieren por separado. Y con esto no se ataca particularmente a la Licenciatura en Nutrición, ya que todos estamos al tanto de que hay tanto médico malo e ignorante como nutricionista malo e ignorante, pero el último no es sino la expresión frustrada del primero, y por eso, más deleznable”.

Cierro paréntesis y prosigo.



¿A qué voy con todo esto? Bueno… No quiero entrar a profundizar esparciendo detalles que me interesarían sólo a mí, pero resultaba innegable que yo, un “quema-cebollas”, Profesional Gastronómico a medias pero adepto a la cocina y el conocimiento desordenado desde siempre, manejaba un caudal de información no sólo mucho más abundante, sino también más valioso que el del Licenciado. Mientras era medido y pesado, mencioné cosas acerca de los cálculos biliares colestéricos o cálcicos, pigmentación y varios etcéteras, todo aprendido es un par de días de buscar apuntes médicos muy básicos, esperando alguna acotación de su parte y corrigiéndole detalles que como respuesta sólo tuvieron un: “¿Estás haciendo la carrera de medicina?”. Guardé silencio. Finalmente, revisando un sobre de papel marrón tamaño oficio este muchacho comenzó a mirar, hoja por hoja, hasta que encontró la que le gustaba, seguramente, para mí. No presté atención, pero no me extrañaría para nada que las mismas estuviesen rotuladas como “Celíaco”, “Diabético”, “Alérgico al tomate”, “Desnutrido”, “Gordo”, etc.

Superando a mi interlocutor en calidad y cantidad de conocimientos sobre temas en los que él supuestamente debe darme cátedra y confort, o por lo menos tranquilidad (desde su posición de Licenciado en Nutrición), fastidiado por la demora injustificada, odiando al médico clínico que consideró “indispensable” la consulta y absolutamente convencido de que todo el asunto había sido sólo una enorme pérdida de mi escaso tiempo, tardé pocos minutos más en pasar a hacer lo que siempre hago con los papanatas, y le perdí el respeto. Sé que estuve mal, pero no pude evitarlo, detonando justo cuando el cristiano éste iba a la mitad de esa dieta fotocopiada, leyendo palabra casi por palabra lo que allí decía, sin agregar ni siquiera un sonido o aclaración que justificase su guardapolvo ante los ítems de la lista, abismalmente predecibles todos y cada uno de ellos. Porque resulta que yo gracias a él me estaba enterando de que me convenía comer menos fiambre… y más pescado hervido, más pollo al horno sin piel, más…



-La sacaste de Internet a esa dieta, ¿no?
-…
-Digo, porque hay varias parecidas. Me parece que es la misma con la que Cormillot viene robando desde que se inventó la tele a color.
-Algunos conceptos son comunes. Por ejemplo (leyendo): frutas cocidas…
-(estirando la mano) Si la idea es que una de las personas en este cuarto lea el texto en voz alta, dejame a mí, que leo mejor y desde hace más tiempo.
-…



Creo que no voy a volver a la consulta “de control” el mes que viene, y seguiré haciendo buena letra a mi manera, usando el sentido común y mis propios conocimientos. Lo más lindo es que yo tenía cosas que hacer y compromisos ineludibles a los cuales asistir puntualmente luego de la revisión, meta que cumplí –el lector atento sabrá rescatar la paradoja- únicamente porque corrí como un desaforado omitiendo cualquier tipo de pequeño “parate” para hacer el almuerzo, la merienda, etc. Ni siquiera una botellita de agua mineral pude comprarme, a fin de no perder un colectivo que tuve que perseguir.

Me quedé con ganas de meterle un bife al tipo. ¿Entienden? Un bife jajajajajja…. No hay caso, soy tremendo-tremendo. Pero la pregunta juguetona del día es: ¿Renunciaría hoy usted DEFINITIVAMENTE a comer y beber sus diez alimentos favoritos, a fin de vivir diez años más de lo que en teoría le tocaría vivir? 40 en vez de 30, 70 en vez de 60…

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¿Alguna vez se preguntó usted cual es el calor que lo afecta? ¿Cuál es el calor que toma por sorpresa el barrio y que no muchas veces se ve reflejado en esos noticieros que le hacen creer a usted que hace calor nomás cuando las oficinistas ninfómanas salen a ponerse en bolas en la plaza que más a mano les queda? Dios las bendiga. ¿No le parece a usted que a veces hace más o menos calor y los numeritos de temperaturas y sensaciones térmicas no rezan consonantes?

¿No? Bueno, no importa. Hay gente que a la que sí le pasa todo eso. Para ellos, aquí está otra Guía Mántida de cómo identificar la calor fuera de la playa y no morir en el intento.

LinduraCalorcito lindo: Da para salir a tomar un helado, o hacer un asado, o hacer un picnic. Estoy imaginando, porque a decir verdad, cualquier tipo de calorcito me molesta. Se puede andar, medianamente, y la sombra basta y sobra para no sufrir, pero el que se sube al colectivo, pierde. Y si se viaja en tren, a rogar que no se descomponga ninguna vieja, porque el tren no arranca hasta que la revivan a la doña o venga la ambulancia, cosas altamente improbables ambas. Lo bueno es que ciertas damas, arrechas ellas o por lo menos con ganas de histeriquear, se calzan desesperadas sus pantalones blancos ligeros, altamente translúcidos y recomendables con su respectiva tanga. Porque si hay verdad alguna en este mundo, esa verdad es la siguiente: a un buen culo en pantalones blancos no se le quita la mirada de encima así nomás.



Mucho Calor: Es el que se identifica gracias a que los noticieros utilizan cortinas musicales que no salen de las siguientes alternativas:

-Hace Calor, de Los Rodriguez
-Así es el calor, Los Abuelos de la Nada
-Pa´ calor, de Rosana
-Párate y mira, de Los Pericos
-Me haces tanto bien, de Amistades Peligrosas



Lindura 2Un Calor de cagarse: Suele darse los sábados. El ventilador a duras penas hace su trabajo funcionando al máximo y girando incansable. De a ratos el aire se pone caliente, pero zafa. Se puede estar mejor a la sombra de un árbol que tomando algo helado al sol, cabe decir. En cueros, el vecino lava el Fiat Duna al punto de gastarlo y convertirlo en un Fiat Uno, y se refresca con la manguera amigablemente. Su pequeña hija, aún desprovista de rasgos físicos de feminidad, lleva el pecho desnudo y de vez en cuando también se hace remojar en la vereda por la manguera de su padre, sacudiendo sus ojotas con sonoridades chapoteantes. Ya tendrá tiempo de hacerse remojar en la vereda con la manguera humana de algún otro vecino, pero como dije, aún es pequeña y carece de rasgos físicos. En las avenidas, la gente mira precios de cuanto artículo enfriante hay en exhibición, muy segura de que el calor es algo que se inventó en la década del ochenta, porque antes la gente no podía arreglárselas sin freezer y se suicidaba.



Frío: Este tipo de calor se conoce como “frío”. La gente sale envuelta entre bufandas y camperas, buscando refugio de la nieve que se acumula lentamente, copo tras copo, diezmando sin piedad las filas de indigentes, desamparados y demás tipo de lacras anti-macristas poco paquetas. Usted dirá: “Ah qué gracioso” o “Que genial este Mantis, dice que el frío es un tipo de calor y yo acá leyéndolo”. Y hará bien, pero lo cierto es que dos o tres grados de temperatura se consideran “calor” en ciertas regiones del planeta, como por ejemplo Stowe, un pueblito en Vermont. Lo sé porque así nos lo informó un ex-compañero de trabajo que se fue a trabajar allí, a un “resort”, y que dice (cito, copio y pego textualmente respetándole las mayúsculas de bruto) : “ESTA SEMANA FUE MAS CALIDA CON 0 GRADOS O 1 O 2 GRADOS BAJO CERO, PERO LA SEMANA PASADA TUVIMOS 15 O 20 BAJO CERO Y LO MAS DURO DEL INVIERNO ESTA POR VENIR”.

Me encuentro sudando en calzoncillos mientras escribo, y si no creen ustedes que le estoy deseando a este muchacho una fractura de columna a la altura de las cervicales y una posterior mini-avalancha que le tape sólo la boca a fin de cubrir su gritos de ayuda, es porque recién han comenzado a leer este blog, buscando jugadores de fútbol feos o fotos de Jennifer Connelly.



Un blog lleno de linduras, este...Calor Hijo de puta: Es el que me agarró lunes y martes a la salida del trabajo, a las tres de la tarde. O a las dos, si nos medimos de acuerdo a los tiempos no oficialistas. Cuando me veo obligado a abandonar el aire acondicionado de la oficina y el edificio todo, realmente me pregunto: “¿No será peligroso en serio este calor?” “¿No me hará mal?” Ser arrojado dentro de un horno pizzero con un secador de pelo atado al cuello es la analogía que habría utilizado en otras épocas… épocas pasadas ya, de cuando mi estilo narrativo era más bien sofisticado. Hoy en día me conformo con decir que cada vez que salí de trabajar esta semana, tras atravesar las puertas giratorias sentí que estaba metiendo la cabeza en el recto de un hipopótamo, en plena flatulencia dentro del vagón furgón del tren.



Un Calor de la puta madre que lo parió a este Dios de mierda: Ese viene a ser el que experimentó mi madre esta semana, que hoy con 59 años y ya alejada de los calores menopáusicos está bastante menos cristiana de lo que lo estaba cuando yo era niño y ella me llevaba a Liniers, a ver a San Pantaleón. Tengo algunas medallitas, todavía, y el éxito obtenido por el patrono de la salud sobre mi persona es cuestionable, ya que se puede considerar poco si se tiene en cuenta que vivo achacado de algo, o mucho si se considera que pese al asma, la vesícula, la miopía, etc., etc., etc., vivo una vida plena y no me privo de nada. Bueno, nada salvo esas cosas que requieren la posesión de dinero para planearse y ejecutarse.



Lindura BrasileraCalor Hijo de Puta, pero hijo de puta y Mortal: Es el que sentí lunes y martes a los cinco minutos de salir del laburo, y que se repitió al bajar del tren rumbo a casa. Bajo estas condiciones, dos cuadras de caminata alcanzan para que uno experimente malestares y desesperación, llevando un rostro desorientado, adoptado tras muchas películas en las que alguien se pierde en el desierto y empieza a ver espejismos. Las aves estallan en llamas en pleno vuelo, y la suela del calzado se hace brea, dificultando la marcha. La imagen del asfalto caliente que hace hervir y “vibrar” el aire a lo lejos es desmoralizadora. Los vendedores ambulantes de gaseosas, sin embargo, están de para bienes, porque salen a deshacerse de esas bebidas vencidas que compraron a precio de oferta y se la encajan a los desesperados hipertensos que olvidaron cargar agua helada gratis de dispenser en su botellita cantimplora. No quiero preocupar con esto a los seres queridos que puedan estar leyendo, pero me tomé una Paso de los Toros (que de por sí no me gusta) sin fecha de vencimiento, y cuyo sabor decía que había sido envasada más o menos al mismo tiempo que se firmaba el tratado Roca-Runciman.



Los bikinis japoneses la rompenLa puta madre, pero si son las once de la noche: Se hizo de noche y el calor sigue. Psicológicamente, uno se lastima a sí mismo diciendo cosas como: “¿se supone que esto es lo más fresco que va a estar?”, y fisicamente se convierte en todo un reto eso de seguir viviendo. La heladera ha agotado sus reservas de agua fría y los cubitos llevan rato de desaparecidos. “Ambicioso de mí, debería de haber bebido la gaseosa sin cubitos, si total ya estaba fría”, se dice uno a sí mismo, transpirando a grito pelado, llorando vapor. Los más afortunados cuentan con un aire acondicionado de 2000 pesos (sin contar instalación) que, al cortarse la luz, cambiarían contentos por una bolsa de rolitos o media hora en una pileta “pelopincho” llena de agua no necesariamente limpia, o no necesariamente agua. ¿Lo mejor? El sueño no llega ni siquiera a través de los narcóticos más prohibidos, y si se logra dormir algo será solo de a ratos. Mosquitos, la sensación inequívoca de estar en una cama pegajosa de hotel alojamiento y el deseo sincero de que todo termine pronto son las Tres Marías en esta suerte de cinturón de Orión infernal que es el verano del pobre.

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El otro día me divertí nuevamente viendo por televisión ese informe o gran investigación ese que todos los noticieros hacen dos o tres veces por año acerca de los peligros de la adicción a los videojuegos. Ya saben cuales son los personajes de estas obras:

1) Los conductores del noticiero. Se les reconoce porque son cuarentones de country y se la pasan diciendo cosas como “las consecuencias de esto” o “los riesgos que acarrea aquello”. No tienen idea de nada, pero usan trajes bonitos y computadoras portátiles. Su pregunta de rigor es “¿Hay algún juego que sea mas peligroso/adictivo que otros? Pasa las mayores vergüenzas cuando se ve obligado a pronunciar nombres o definiciones en inglés, aunque esto poco tiene que ver con los videojuegos, ya que en otros casos menos anglosajones se da lo mismo (Ver TN y preguntar por Catalina, Silvestre).

2) El psicólogo. Suele ser una psicóloga en realidad, y no tiene idea de nada tampoco. Mete dos o tres bocadillos del orden de “todas las adicciones son peligrosas” o “es importante el rol de los padres” y se vuelve a casa a practicar el sexo con un par de amigos, algo de marihuana y su bien dotado ovejero alemán. Gente linda.

3) El notero: No, tampoco tiene idea de nada, y eso en el medio se conoce como “madera de conductor”. Lo más grave que es que debería, considerando que su “investigación” lo llevó a pasarse un buen rato en un par de telecentros y salas de arcades. Todavía tiene problemas a la hora de diferenciar el número 8 de la letra B debido a que lee y escribe al nivel de una criatura de quince meses, pero se convirtió en “el elegido y referente tecnológico” porque en el estudio era el que tenía el reproductor de MP3 con más botones y el único capaz de instalar el Acrobat Reader.

A este no lo terminás metiendo una hora a la semana4) El adicto recuperado. Un pelotudo de entre veinte y treinta años que se siente como salido del paco y aparece diciendo cosas semejantes a: “No podía parar… llegaba a pasarme quince horas frente a la PC” o “se te vuelve una adicción”. Se cree mejor ahora, que pasa la misma cantidad de tiempo a la semana hablando con su psicóloga y otro grupo de adictas recuperadas a las que, obviamente, se quiere voltear. Por cierto, quince horas pasa cualquiera: eso se llama “dedicación” o “compromiso” y en forma de RPG es una de las mejores cosas que le han pasado al hombre. La semana que siguió a la compra de mi Family Game me tuvo tan emocionado e insomne como lo habría estado el padre Grassi de haber sido el encargado de elegir el casting de “Un Detective en el Kinder”.

Pero la pregunta del día es: ¿No les da bronca que los canales de cable se hagan los “serios”, sigan pasando su programación a la hora de siempre, y ajenos al cambio de horario argentino tengan el tupé de empezar a dar las películas y series medianamente interesantes a las 23.00 hs.? Llevo exactamente una semana de dormir una hora menos al día y estoy comenzando a cometer errores del tipo “coordinación cerebral / motriz”, tratando de meter las llaves de mi casa en los molinetes de la estación de tren.

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