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Archive for 29 octubre 2007

Tres cositas


1) Por más que a uno se la refrieguen en la cara todos los días, en todo momento y en todo lugar, uno no se acostumbra a la mierda. Lo comprobé y lo compruebo, encontrándome así, decepcionado, asqueado, furioso, deprimido y preocupado. No tengo muchas elecciones encima, pero lo que siento no es sino dolor. Me duele en la ciudadanía, quizá hasta en la Patria, semejante estafa. Semejante fraude.



2) Me chupa soberanamente un huevo que haya que hacer media, una, o tres horas de cola para votar. ¿Nunca hicieron un trámite bancario? O lo que es peor, ¿Por qué tantos de los que se quejaron tienen cara de hacer cola cuarenta minutos para entrar a un pub o a un restaurant lleno? ¿Van a dejar de hacer cola para ir a estar parado en recital dos horas más? ¿Nunca tuvieron que viajar una hora de parado en el colectivo?



Delincuente3) No tengo ganas de escribir. Si quieren, conversamos y hacemos de Damos Pen@ un foro, al menos por unos días, hasta que se me pasen las ganas de organizar un golpe de Estado en este país que sigue sin estar listo para lidiar con la democracia, que es una responsabilidad. No vale comenzar los comentarios sin antes anteponer un encabezado del tipo: “[miembro de la gestión actual], la concha de tu madre”. Por ejemplo: “Aníbal Fernández, la concha de tu madre”.

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¡Y yo que creía que Dios no me iba a hacer un regalo de cumpleaños! Miren: leyendo blogs me terminé enterando de esto:

El deputy mayor (digámosle “Alcalde”) de Nueva Delhi murió este domingo, un día después de haber sido atacado por una horda de monos salvajes.

Otra que el mono Silvio...El tipo se llamaba Bajwa (digámosle “Benítez”). Y aparentemente, se rompió el cerebro tras caerse del balcón de su casa, mientras peleaba con una pandilla de monos. Los animales, aparentemente, lo agarraron cuando estaba solo y lo hicieron caer. Por irónico que parezca, al tipo se lo criticaba políticamente (la oposición, obvio) por no estar haciendo lo suficiente en la lucha contra los monos salvajes. Hey, imagino que hizo todo lo que pudo, al menos en ese último ratito.

Estos animalitos, en India, vienen a ser lo que aquí denominaríamos “plaga del orto”. Para algunos indios también es así, pero para los más devotos los monos no son sino manifestaciones del Dios Mono Hanuman. Dios que simboliza la fuerza (aunque yo diría “fuerza de gravedad”… jajajaja… soy un loco). Precisamente por ese carácter divino es que las autoridades no los pueden castrar, torturar o estofar. Y los monos (animales sucios y despreciables si los hay) hacen entonces lo que quieren: se meten al parlamento, invaden los ministerios y oficinas gubernamentales, rompen todo, roban. Como acá, pero sin metáfora, juegos de palabras ni nada. Allá son realmente monitos, ya saben, con olor a caca.

Lo fantástico, desde luego, es la solución que las autoridades indias le buscaron al problema: entrenar en sus instalaciones militares a pandillas de monos del tipo “Langur” (más grandes y violentos), y luego soltarlas para ahuyentar a los monos más pequeños. Tómense unos instantes para disfrutarlo.

Maravilloso, absolutamente maravilloso.

Ahora bien, por si acaso (supongo que sospecharon que algo de incoherente había en eso de dejar la seguridad pública en mano de criaturas que bien podrían aliarse y conformar el bloque mayoritario en el Congreso) también formaron una suerte de ejército de tipos cazadores de monos (atrapa-monos), lo cual remite inevitablemente a la que debe ser una de las profesiones más entretenidas del mundo. Si creen que no me gustaría trabajar gratis tratando de atrapar monos satando entre andamios y azoteas, es porque no leen este blog con la suficiente frecuencia. Incluso llevaría mi propio martillo gigante y una bolsa arpillera a tal fin. Lo haría gratis.

Algo evidente: la noticia es muy graciosa, por todos lados. No me permite escribir demasiado al respecto, porque lo hilarante está muy cerca de la superficie a lo largo de todo el hecho… el reportero finaliza diciendo inclusive que Benítez dejó una viuda y un hijo. Imagínense la vergüenza del chico, cuando el día de mañana tenga que explicarle a una mina que le guste, lo que le pasó a su padre.

Yo mentiría. Yo diría que a mi papá lo mataron los ninjas, o algo así.

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Como ya supe decir, cumplí años este domingo. Como era el día de la Madre (o de la familia) también, aproveché para salir a comer asado con papas fritas, y torta y después fuimos al cine, y a tomar helado. Me porté como un chico y la pasé lindo, y me regalaron plata, y al otro día estuve a punto de romperme intencionalmente una mano con la puerta de casa, porque tenía ganas de no ir a trabajar y repetir todo el procedimiento.

Haberme deshecho de muchos círculos sociales y amistades con las cuales me unía poco y nada, me tiene hoy privado de beneficios varios, cual si hubiese abandonado un club o religión. Por ejemplo: cuando cumplo años, recibo regalos provenientes de –a lo sumo- cuatro fuentes distintas. Y antes de conocer a mi novia, recibía sólo dos o tres, de los cuales uno (el mejor) me lo hacía yo mismo, y de alguna manera podía enchufarse a una pantalla y jugarse. Nada de obsequios de grupos de amigos o compañeros de trabajo. Eso es una macana, porque veo que muchos compañeros o amigos de otros (por lo general mujeres, compartan mucho o no entre ellas) hacen colectas silenciosas y regalan todo tipo de cosas lindas, u organizan fiestas sorpresivas, con comida rica. Y a mí me gusta mucho la comida rica. Construyo mi felicidad en base a ello: es la idea que me mantiene tibio durante las noches.

Le pasaba la final sin perder una sola vidaTampoco soy invitado “directamente” a muchos cumpleaños de gente de mi edad. A ninguno, casi. Tal vez se deba a que cuando me invitan, mi respuesta suele ser algo así como: “Uuuh, justo cumple años –ponele- Fulano, y ya quedé en ir con él. Que macana…”. Si alguna vez les respondo así, sepan que estoy mintiendo. Hoy en día entro a trabajar lo suficientemente temprano como para tener que estar durmiendo (a más tardar) a las doce de la noche, sin sábados, pero prefiero que la gente no me crea un esclavo del siglo XXI. Desde luego, la soledad antisocial tiene sus puntos a favor. La libertad de saber que no tengo que encajar, fingir cariño o negociar con nadie mis actividades extracurriculares, hace que tener un pulóver de menos o verme forzado a pagar mis propias empanadas no me parezca un desatino. Mi mundo sería un lugar mucho peor si tuviera que disfrutar de lo que aparentemente es el “entretenimiento joven”. Les digo: aún no entiendo eso de salir a divertirse bailando con amigos. El baile no se justifica si no es un brevísimo prolegómeno de una orgía segura y prolongada con desconocidas de pechos ridículamente enormes, o al menos eso creo yo. Y al asunto sumémosle el hecho de que cuando estoy a solas (y haciendo nada) pienso mejor y mas variado. Y hasta me divierto más, podría decir.

Lo curioso es que estoy convencido de que tomé una decisión favorable cuando, cumplidos los trece años –mas o menos-, comencé a alejarme con firmeza, ya no aceptando invitaciones de esos/as fulanos/as que creían que me quedaba en casa leyendo o mirando una película (y por consiguiente, padeciendo) debido a que no tenía con quien salir a joder. Probablemente este blog no existiría, de haber sido otra mi actitud. Quizá habría perdido (o no adquirido) en parte, mis ganas de transformar prácticamente todo en algún tipo de relato en el cual se termina metiéndole algo en el culo a alguien.

Igualmente sigo creyendo que uno debe de conseguirse la menor cantidad posible de enemigos mortales, that´s for sure. Pero la pregunta del día es: ¿Ustedes creen que sus cumpleaños van siendo cada vez mejores, o peores? En mi caso, creo que toqué techo durante ese cumpleaños en el que no sólo comí hasta tener que sentarme a vomitar sánguches para poder seguir comiendo sánguches, sino que además recibí de regalo el Family Game. Nueve o diez años, tenía, además de un montón de seres queridos vivos y la única responsabilidad de ir al colegio todos los días, cosa que solía gustarme.



PD.: Las probabilidades de que me regalasen dos pares de pantalones completamente idénticos, de la misma marca, modelo y color, comprados en el mismo lugar, el mismo día, y con el talle equivalentemente equivocado en ambos casos, aparentemente no eran pocas.

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Me refiero al responsable de todas mis carcajadas y “hip-hip-urras” de los últimos días. Su nombre es James Watson y muchos lo conocen por ser quizá el “Padre del ADN”. El tipo salió en el diario británico The Sunday Times (ustedes ya lo habrán oído, visto o leído en algún medio local, pero este es el link original) diciendo que:

“Los negros no son tan inteligentes como los blancos”.

Me dieron ganas de hacerme racista, qué quieren que diga… desde las épocas de José Luís Chilavert que no escuchaba a alguien hablar con tanta libertad de expresión, toda junta. El tipo es pesimista respecto a los africanos, considerando que las políticas sociales aplicadas sobre los mismos están basadas sobre ideas erróneas de “igualdad”. Dijo algo así como que: “Todas las pruebas efectuadas contradicen esa creencia de que la inteligencia de los africanos es como la nuestra.” Pero lo verdaderamente interesante es que la remató (Dios lo bendiga, Dios lo bendiga muchísimo y por siempre jamás) diciendo que: “cualquiera que trate con empleados negros puede saber que eso no es así”. ¡Oh Captain! ¡My captain!

Y entonces, rasgándose las vestiduras, la mayoría de los blancos y –supongo- la totalidad de los negros salió a tratarlo de racista, enfermo, hijo de un vagón de putas y esas cosas, olvidándose de que quien habló fue un hombre que supo recibir un Premio Nobel de Medicina en 1962, galardón compartido con otros dos muchachos (Francis Crick y Maurice Wilkins), quienes lo ayudaron a “organizar” ese asunto de la estructura del ADN y también son blanquitos, limpitos y superiores intelectualmente. Lo único que podría hacer de este escándalo algo más entretenido sería que a alguno de ellos se le escapase un “y no sólo son brutos, sino que se hornean mucho más despacio que un judío o un homosexual.” Considerando que cumplo años este domingo, eso sería un muy buen regalo.

(Por cierto, en el diario Clarín dicen que ganó el Nobel en el ‘92, si bien el premio de ese año se lo ganaron Edmond Fischer y Edwin Crebs, lo que me hace pensar que el periodista que redactó el artículo es un bruto ignorante, y, por consiguiente, negro. O blanco pero “mentalmente desafiado” y con algún pariente medio “marrón mostaza”.)

Negro piolaJames Watson, que –insisto- le dio forma al ADN, debería tener algo más de crédito que cualquier racista común y silvestre. Yo me voy a animar a darle el beneficio de la duda (a pesar de que cuenta con edad suficiente como para estar haciendo comentarios de abuelito senil), ya que creo que pocos más autorizados que él puede haber a la hora de opinar acerca de la composición genetica del negro cerebro de los que el tan mentado Martín Fierro dio en llamar “tizones del infierno hechos por el diablo”, aunque valiéndose de una maravillosa cuarteta de versos octosílabos (cualidad tan amiga del castellano) que supe aprender cuando niño debido a que me parecía graciosísimo. Lo curioso es que ciertos estudios (ajenos a James, espero) demuestran que los rubios eventualmente desaparecerán, debido a la cruza entre razas y a que los genes de los negros son más fuertes que los de los paliduchos. Eso es un hecho legítimamente comprobado, que me hace apreciar todavía más la belleza de Scarlett Johansson, pero me ata a aquellas palabras de “si vas a ser tonto, más te vale ser fuerte” o “donde la inteligencia falla, la fuerza bruta prevalece”. En una de esas nos dirigimos ineluctablemente rumbo a un mundo lleno de “Locomotoras” Castro. Yikes.

Ahora bien, analicemos la situación con frialdad cotidiana, fuera de bromas. Los negros suelen ser brutos, eso es seguro. Los blancos, más bien suelen ser tarados, pero no brutos. Hay quienes dirán que se debe a que los miembros integrantes de lo que comúnmente se conoce como “negrada de mierda” provienen de esferas sociales mal alimentadas y poco comprendidas por la distribución de la riqueza, de madres que quizá –irresponsablemente- no cuidaron del feto debidamente (ni de ellas mismas ya que estamos), fumando, drogándose, bebiendo, etc… causando luego consecuencias irreversibles. De los padres no hablé porque suelen estar presos y medio que no pinchan ni cortan. Se habrán dado cuenta ustedes de que me refiero puntualmente no al “negro zulú”, sino mas bien a los negros ordinarios y anti-paquetes que uno –que es de pelo castaño pero blanco y brillante casi al punto de la fosforescencia- suele cruzarse cuando sale de casa y se expone a la vía pública. Imagino que los que son apenas morochos también zafarían, junto con albinos y colorados.

Pero, ¿Y que de malo habría en ser negro y bruto? Son obviamente mucho más atléticos, los negros. Físicamente se ven favorecidos por muchas razones, contando esa genitalidad monstruosa en la que algunas y algunos están pensando. Varios deportes se ven absolutamente dominados por la raza negra, y yo no recuerdo la última vez que hubo un campeón blanco de los boxeadores de peso pesado (valga la redundancia). No sé si Michael Jordan sabrá conjugar correctamente todos los verbos irregulares, pero ningún deportista mejor (o por mí más admirado) se ha visto sobre esta tierra. Podría seguir, y seguir… ya que yo –personalmente- fracaso estrepitosamente en casi todo lo que intento, y mi piel es cuando menos equivalente a la de un pálido cadáver polaco recién dragado del río.

Por eso, si bien he conocido a muchos grones que supe considerar mis sabios superiores, imagino que los porcentajes de “inteligencia” podrían ser “racistas” sin que nadie tuviese que atrincherarse en su domicilio a esperar el fin de la civilización. No me parecería ofensivo el hecho de que los blancos tuviesen los cerebros mejor predispuestos, mientras que los negros, todo lo demás. No estamos hablando de “pulir la raza”, sino de Dios, el equilibrio cósmico y su sentido del humor. De lo contrario, también entrarían a tirar la bronca los petisos, los narigones… y así hasta aburrirnos. Ya bastante tenemos con los gordos que quieren ser asistidos, mimados, operados, cuidados y vigilados 24 horas al día por un gabinete de profesionales de la salud, como si nuestra medicina no tuviera nada mejor que hacer; como si no hubiera casos de desnutrición infantil en esos lugares donde este blog no llega a leerse porque no sólo no hay acceso a Internet, sino que no hay computadoras ni luz eléctrica, por decir algo. Y no digan que (a diferencia de los gordos, petisos y narigones) uno no puede elegir su color de piel porque les juego la carta “Michael Jackson” y los cago a todos como desde arriba de un F-14. Él incluso eligió para su piel un “grisáceo-rosa-celeste” que no existía hasta aquel entonces.

James Watson -agregaré para finalizar- también está convencido de que en algún momento, será posible concebir la belleza gracias a la ingeniería genética, haciendo lindas a todas las minas (“Pienso que eso sería grandioso”, fueron sus palabras), o curar la estupidez. Yo, por las dudas, crucé los dedos y empecé a contar los días. Espero que no se refiera a alterar genéticamente a todos los negros con vacunas para hacerlos blancos (por defecto superiores, según sus palabras). ¡Eso sería trampa!

Además, aquí en Damos Pen@ a Chinchulín lo queremos tal cual es.

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Por suerte perdieron los Pumas, me tenían podrido. Con esto no quiero que se me encasille en el sector tan poco querido de los “anti-patriotas” que están esperando a que cualquier derrota suceda para decir: ¿Viste? ¡Nos bajamos los pantalones ante los (inserte nación cualquiera) como siempre! ¡Los otros nos ganan porque son un país en serio!

A mí, lo que me tenía cansado era el espíritu rugbier.

Puma yaguaretáceoQuizá el rugbier supuestamente representa al argentino que todos creemos llevar dentro. Y cuando escribo desde la primera persona del plural, lo hago para parecer amigable, amable, confiable… como un pediatra de pueblo que invita a tomar remedios horribles o colocarse supositorios. Yo llevo dentro cosas mucho más interesantes y lampiñas. Aunque suene mal. Pero es cierto que ví el primer tiempo del partido para enterarme de que ya no se usa un montoncito de arena para patear los penales, sino que ahora usan una suerte de base plástica, un “tee” gigante. Imaginé que la distancia en el marcador liquidaba el partido y no me equivoqué, cambiando de canal.

Al argentino le gustaría ser un supuesto rugbier amateur argentino (de los “nenes bien”). Porque los Pumas tienen poco y nada de amateur (si quieren amateurismo vayan a conversar con los fusileros olímpicos, que no juegan en Europa), y a buena parte de los argentinos seduce la idea de sufrir el acostumbrado buen vivir de los dobles apellidos (¿no es fino llamarse Carlos Ignacio Fernandez Lobbe?), el bronceado, las chicas superarregladas y domables, los anhelos británicos, la convicción a la hora de votar a De Narváez y las propiedades en el partido de San Isidro o Pilar. Que la nena se case con un médico atlético es el sueño de toda madre argentina (inclusive las que jamás lo reconocerían). Pero hablando de plata, hagamos una pausa para conversar acerca de algo que escuché mientras miraba el partido.

(abro pausa)

Resulta que parece que uno de los jugadores sudafricanos (ese montón de rubios arios vestidos de verde) es heredero de una mina de diamantes, lo cual suena fabuloso realmente. Díganlo: “tengo una mina de diamantes”. Es más espectacular incluso que otras alternativas interesantes: fíjense… imagínenselo desde una enunciación como las siguientes:

Amalia: Mi novio heredó unos campos en Entre Ríos
Pamela: Mi novio recibió una herencia de miles de dólares
Karina: Mi novio heredó del padre una empresa, ahora la dirige él.
Susana: Mi novio tiene una cadena de restaurantes muy famosos.
Virginia: Mi novio es un abogado exitoso y millonario.
Hilda “Chiche” D.: Mi marido maneja el cartel del narcotráfico a nivel nacional y la levanta con pala.
Novia del rugbier: Mi novio es dueño de una mina de diamantes.

Es fácil adivinar cual de las siete chupa con más ganas, ¿no? Suena a “fábrica de plata”. Volvamos al artículo.

(Cierro pausa)

Pero no escribo desde la envidia, ni nada eso, a pesar de lo que puedan creer los retardados que se la pasan escribiéndome correos electrónicos y comentarios sin leer correctamente (busquen Francis Mallman en Google y tarde o temprano van a llegar a un artículo mío de cuestionable repercusión), sino desde el machismo. Porque en lo único que tenemos que estar todos de acuerdo es lo siguiente: mirar un partido cualquiera, de un deporte cuyas reglas no entendemos, luciendo la camiseta recién comprada e hinchando como un completo desaforado, es cosa de minas. Cosa de mi-nas.

Así y todo, ojalá este viernes ganen los pumas. Me parece mucho más cierto un tercer lugar honrado que un primer lugar conseguido nomás a base de “garra” y “empuje”. Amarga mi perspectiva, quizá, pero no puede culpárseme por escoger la aptitud y la idoneidad por encima de las ganas y la pasión. Al fin y al cabo, esa cuota semanal de incompetencia laboriosa que puedo llegar a tolerar está cubierta por los gatitos que patinan por un sueño.

Qué perra terrible, la Capristo.

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Algo que se viene dando desde hace algunos días en buena parte de la población es la abstinencia de tomate. Porque el tomate está caro, o -lo que es mejor- imposible de comprar para los simples asalariados. ¿Cómo fue que se dio la campaña? Algunos medios se dignaron a propagandear la campaña que ciertas asociaciones civiles supieron orquestar (se llegó a regalar un tomate por persona en el barrio de San Telmo) bajo el estandarte de “boicot al tomate”, los consumidores se prendieron al trencito, y listo. Dicen que los más feroces promotores de este boicot fueron los encargados y empleados de supermercados chinos, lo cual no resulta difícil de entender considerando que muchos de ellos son inmigrantes ilegales cuyas familias se encuentran amenazadas no sólo por un régimen comunista tirano y fusilador, sino también por los chinos mafiosos que ponen la plata para el viaje. Bajo esas circunstancias, eso de no comer tomate ni se nota.

Los que no pudieron dejar de comprar fueron –imagino- algunas pizzerías, restaurantes coquetos y las fábricas de sánguches de miga, pero bueno, me parece saludable que quien esté dispuesto a pagar de más, lo haga. ¿No hay acaso pantalones a $400 y remeras a $200 en los Shoppings? ¿Y el pochocho del cine a más de $10? Bueno, eso. El despilfarro del sueldo es un derecho que todo papanata debe asumir, pero lo fulero llega cuando se somete a un pueblo completo al hambre, y eso es lo que viene pasando últimamente. Porque cuando los precios acorralan (sube uno y en respuesta sube el otro, y el otro, etc.), la gente termina comiendo mal, o lo que puede pagar. Y no poder elegir lo que se come (o el precio al cual comprar) es parte del hambre. Uno pasa hambre en cierta medida. No una bruta y total hambruna como la de los tucumanitos desnutridos sino su equivalente citadino; apetito frustrado y diluido cómodamente en todo tipo de beneficios y comodidades.

Y entonces –decía yo- la gente se unió a la cruzada anti-tomate, y dejó de comprar tomate. Se vendió un 40% menos y, como era de esperarse, bajó el precio del tomate. Un 30% en algunos casos, llegando finalmente a un 50% o 70%, lo cual sigue siendo caro pero a más de un abusador le debe haber dolido en el ano. Porque lo mágico del tomate es que una vez arrancado de la planta, si no se come, (por más refrigerado que esté) eventualmente, se pudre. Y se transforma en agua podrida, y por consiguiente no puede venderse con tanta facilidad. Échesele la culpa al tiempo, que sabe ser taimada hada madrina con lo biodegradable.

Pero, ¿era necesario que al pueblo se le sugiriese la omisión del tomate en la dieta? Ilustraré la situación con un ejemplo sacado de la vida real. Esto sucedía el sábado pasado, o el anterior. Déjenme buscar en la agenda así les doy precisiones… Acá está: sábado 29 de septiembre. A eso de las diez de la mañana, mi madre me llamaba al trabajo:

Mantis: -Hola…
Mamá: -¿Hola hijo, como estás?
Mantis (con sueño): -Bien, con sueño.
Mamá: -¿Qué querés comer hoy? Hay churrascos y compré un pollo.
Mantis: -Bueno, como churrascos con ensalada, entonces.
Mamá: -Escuchá, hijo… el tomate está muy caro, ¿querés que compre?
Mantis: -No…Si está caro, no compres. Lo mismo con la papa, el morrón… Comprá fideos y esas cosas que todavía no aumentaron tanto. Ya se les va a pasar, yo a la vuelta compro espinaca, que está barata en el autoservicio de la avenida. Y si los fideos está caros comprá hilo sisal: mi imaginación poderosa hará el resto.
Mamá: (riendo y refiriéndose a mi amada) -¿Y si Gimena quiere comer tomates? A ella no le gusta la lechuga…
Mantis: (amando) -Qué se yo… comprá dos tomates, cosa de que algo haya… ¿Cuánto piden estos degenerados?
Mamá: (refiriéndose a nuestro verdulero amigo, de confianza, que nos regala “yapa” siempre en forma de limones, cabezas de ajo y perejil) -Y… el peruano dice que compró un cajón pero que tiene que venderlo a quince pesos el kilo.
Mantis: (golpeándose la cabeza con el auricular): ¡¡¡AAAHHH!!! ¡¡¡AAAHHHHHH!!! ¡¡NO!! ¡¡NO!! ¡¡QUE SE LO METAN EN EL CULO!!! ¡¡¡DECILE A ESE PERUANO DE MIERDA QUE SE LO META EN EL CULO!! ¡¡AHHHHH…!! ¡¡AHHHHHHHH!!!

La canción era pegadizaElla sabía que yo estaba sobreactuando, pero entendió el mensaje de todas formas, y mi novia habría estado de acuerdo en mi negativa a la desfavorable maniobra financiera. Lo peor es que este maldito fruto llegó a estar más caro, coronándose en algunas verdulerías de zonas más o menos paquetas allá por los $20. Algunos negocios llegaron a poner el precio en dólares o euros, nomás para hacerse los graciosos y salir en televisión, supongo. Ciertos restaurantes directamente dejaron de servirlo en parte del menú, considerando que las ensaladas veían volar sus costos a niveles más ridículos que los acostumbrados, que –vale decir- siempre me parecieron un despropósito a la hora de servirse. Las últimas noticias unieron la calabaza al boicot, que supuestamente terminaba hoy, viernes.

Desde luego, un hecho se me hace evidente a todas luces. Toda sociedad necesitada de que alguien le diga: “no compres tomate porque está caro”, merece tener el tomate caro. Merece lo que le pasa, aunque el impresentable de turno mienta y niegue las deformaciones monstruosas en los precios. Porque más que una república bananera, es un pueblo de zapallos. Zapallos votantes, lo cual no deja de atemorizarme considerando que en dos semanas tenemos elecciones presidenciales.

Mamita querida.

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Podría decir que todas las mañanas me despierto haciéndome a mi mismo esa pregunta, pero sería mentir. Porque me despierto casi siempre excitado o pensando en el diseño de un robot que escriba lo que quiero en la PC a medida que lo voy armando en mi cerebro mientras cumplo con el resto de mis actividades diarias. Eso me simplificaría mucho este asunto del blog y haría que tuviésemos lecturas no tan espaciadas.

La cuestión es que el otro día, un muchachito de los que hacen malabarismos en el tren me hizo reflexionar sobre mis capacidades para la bondad, la beneficencia y esas cosas. Ubíquense: yo estaba en el tren, parado, esperando a que arrancase la formación.

-“Buenastaaaardesseñorespasajeros… minombreesFulanitoylesvoyahacerunosmalabares… cuandotermineesperoquemeaplaudanymepuedanayudar… conunamoneditaparapodercomprarleelpanylalecheamishermanitos… muchasgraciasqueDioslosbendiga”.

Finalizado el acto circense, el susodicho se me acercó a la voz de: -Eh, amigo, no me convida un poquito-, viendo una botellita plástica de gaseosa que se asomaba desde mi mochila. Mi respuesta fue sincera:

-No, mirá, tenía agua y está casi vacía- le dije.

El niño, no obstante, quizá no entendiendo razones o queriendo despertar mi culpa y conseguir unas monedas capaces de saciarle la sed, retrucó sin vergüenza.

-No me mienta, mire, que la naranja está a la mitad.

Y yo, en vez de cagarlo a patadas me arrojé a abrir la mochila y a demostrarle que la botella sólo tenía un fondo de agua tibia de dispensador.

Eso es de buen tipo, o de pusilánime, al menos. Mi respuesta debería haber sido la cagada a patadas antes mencionada, o en su defecto un “No te la voy a dar porque para mí esa botellita vale más que para vos, ya que vos la tirarías por ahí y yo, en cambio cargo en ella agua todo el día, todos los días, porque soy demasiado pobre y canuto como para andar comprando gaseosa” o “No sabés qué bronca me da el vivir en provincia y no haberlo podido votar a Macri”, o “No, no quiero darte nada pero si se te cae una pelotita y me golpeás la cabeza van a tener que sacarte la botellita del culo con una bomba de vacío y la destreza de un monje forjador de espadas damasquinas” . Pero opté por la que creí que sería la menos agresiva de las reacciones, y no me arrepiento. A fin de cuentas, era un Chinchulín de pelito largo.

Mi granito de arena en el itinerario de ser mejor persona todos los días se ve mejor reflejado en los detalles que más me competen profesionalmente. Mi trabajo consiste de varias tareas administrativas, muchas de las cuales tienen que ver con la satisfacción de algunos clientes. Cuanto más rápido resuelvo mis cosas, mejor para el cliente, ya sea una empresa archimillonaria o un modesto comercio. Y les confieso que el hecho de escuchar a alguien sorprendiéndose cuando los trámites salen antes de tiempo me llena de un bienestar particularmente egoísta y sólo comparable a lo bien que me sentí hace algunos minutos, cuando me llamaron de la armería y me avisaron que ya podía pasar a retirar los porta-cargadores y pistolera termoforjados a medida que encargué hace semanas. No necesito estímulos económicos o premios para hacer más de la cuenta, y en rigor de verdad, confío en que el equilibrio cósmico va a hacer buenas cosas por mí si es que hago buenas cosas por los demás. My name is Earl. Podría decirse que soy un interesado de mierda, desde cierta perspectiva, no lo sé, no lo he decidido aún. Puede que sea miedo.

Ahora bien, algo que no tiene lugar a discusión es lo siguiente: yo no quiero ser mucho más bueno de lo que ya soy, sin importar mi actual posición en la escala del “Buen Samaritano”. Cualquiera de ustedes tiene más chances de verme pariendo un alce antes que vendiendo mi televisor a fin de mandar una encomienda de arvejas a Ghana, y una de las razones por las cuales tengo armas en casa es precisamente el hecho de que me interesa –y parece prudente- poder meterme un tiro en la rodilla en caso de ponerme demasiado bueno. Contra, un juego para hombresY en el mismo orden de cosas, ir al Cielo es algo que me interesa en cierta medida, pero lo cierto es que hoy por hoy no me arrepiento de todos mis pecados. Así, poseo aproximadamente unos 200 o 300 cd´s piratas de Playstation), que no bastan para quebrar a la Sony pero bien justifican el hecho de que la misma no tenga una filial de su división “videojuegos” en Argentina. Espero poder lamentarme por ello en mi lecho de muerte, pero hoy eso no va a suceder, no. Es más… mientras escribía estas líneas traté de decirlo en voz alta y me entré a reír porque me acordé de todos los cartuchos de SEGA y Family Game que tengo encajonados. Tuve una niñez plena, caramba, y si Dios cree que voy a pedir perdón por las trescientas revistas que tengo entre Hobby Consolas, Action Games, Club Nintendo, GamePro, Micromanía y otras de menor clase, es porque no me conoce bien.

Pero si tengo que elegir entre ser “bueno” o “malo” (permítanme la simplificación excesiva de las cosas), prefiero lo primero. Ahora, imagínense que un rapto de luminosidad cristiana me incitase a despojarme completamente a la “San Francisco de Asís”, y el gran líder mántido –yo- terminase abrazando a un montón de pibes chorros a la voz de: “los quiero porque somos iguales, muchachos, somos iguales”…

Prométanme que me matarán antes de que suceda eso. Y con dolor, para que aprenda.

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