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Archive for 22 julio 2009


Feliz día del amigo a todo el que se sienta mi amigo, y bien por CTI/Claro, que me tuvo sin celular todo el día. Antes de comenzar, confesaré que me parece que lo más mejor sería que, de primero, brindásemos respuesta a algunas de las preguntas que se nos habían quedado pendientes desde la última vez que nos vimos.

1) ¿Hice algunos de los parciales domiciliarios en estos casi veinte dias de asueto sanitario / vacaciones de invierno? No, no hice

2) ¿Comencé a trabajar en algunos de ellos? En uno. Bajé algunas cosas de Internet para leerlas pero no las leí. Me dio paja.

3) ¿Estudié para alguno de los parciales no domiciliarios? No.

4) ¿Aprendí a manejar un automóvil? Estoy en eso. Mañana tengo la segunda clase de la escuelita.

5) ¿Descubrí la forma de otorgarle vida al pequeño ser antropomorfo que supe días atrás valiéndome de una buena cantidad de palitos y chizitos? No.

6) ¿Tuvo crías mi pastora alemán? Sí. Y gracias a Dios ninguno salió parecido al albañil hijo de puta ese que estuvo haciéndome algunas reparaciones en casa, lo cual demuestra que a veces pienso de la gente lo peor. Pero lo peor, peor. Así y todo es probable que esos cachorritos sean hijos de su hijo, Bugen. O sea: Bugen tuvo hermanos. Y tuvo hijos. “Hermanijos”.

Pues bien, se preguntarán ustedes entonces, ¿Qué me hace escribir cuando tengo una Playstation 2 en casa? Pues precisamente el hecho de que mi esposa tiene la televisión ocupada con el programa ese de Julián Weich que lleva el concepto de bodrio a límites jamás conocidos hasta ahora. “Justo a tiempo”, se llama, creo. ¿Algunos de ustedes lo vio? Cuando lo empezás a ver lo primero que decís es: “No, no va a ser mas aburrido que ver como se seca la pintura en una pared de una oficina a medio hacer”. Pero resulta que sí.

Entonces, mientras mi esposa mira eso en la tele a fin de entender las razones que lo hacen un éxito de rating (yo creía que Delfina Gerez Bosco era la causa, pero no la ponen en pantalla lo suficiente) yo no puedo jugar a los videojuegos. Podría, digo, porque la tele tiene AUDIO/VIDEO y el otro cable por separado, pero mas allá de que los videojuegos han sido siempre la piedra fundamental de la existencia y de que me siento capaz de jugar y terminar un juego sin verlo ni oírlo (me oriento a través de las vibraciones que hace el DVD cuando gira, como un delfín superinteligente), lo cierto es que no se disfrutan tanto así. Pero lo que quería era que me ayudasen a entender lo que busca la gente hoy en día. En lo que al entretenimiento videojugante se refiere, por supuesto. Porque si habláramos en general, la respuesta sería algo con tetas grandes.

Pero esto parte desde el momento en que me decidí a comprarme la Playstation 2 por segunda vez. No, la 3 no, porque sale demasiado cara y –como toda consola salida no hace mucho del horno- carece de una buena cantidad de juegos geniales y a buen precio. La primera vez (porque dije segunda, esténse atentos por favor, no me hagan perder renglones con esto) sucedió cuando la Playstation 2 aún no pisaba suelo argentino. Ubiquémonos en el año 2000, antes de la crisis. Un amigo se iba a USA y era mi deber el darle la guita (facilitada por mi querida tía benefactora) a fin de que me la trajera de allí. Eso sucedió, pero mi poca flexibilidad hizo que me viera obligado a venderla a los pocos meses debido a que no tenía más juegos que el Ridge Racer Revolution, y a que la tecnología pirata aún no había desarrollado un chip pirateador lo suficientemente bueno como para no derretir la PC sin hacer explotar la cocina, atraer rayos y causar cáncer de útero al mismo tiempo. Luego se vino la malaria y ciertas cosas (como eso de que los países tercermundistas tuvieran acceso a la diversión primermundista) salieron de mi Universo.

Quiero decir: las saqué. Porque me negué a seguir comprando publicaciones relacionadas, o a interesarme siquiera, a fin de no sufrir ante lo que de tan lejano se hacía imposible. Luego, cuando tuve trabajo empecé a gastar mi dinero en otras cosas y finalmente casi terminé olvidándome de todo. Hasta hace algunos días, cuando me pregunté: ¿Y por qué no comprar una PS2 nuevamente, aprovechando la excusa de esa gripe letal que mata a los que se animan a ir al cine o tomar un colectivo? Así lo hice. Aunque en esta ocasión me dieron una versión “slim” o de bolsillo. Una mínima payasadita plateada, si se me permite la expresión, de aspecto indudablemente frágil si se lo compara con la negra dura que supiera yo tener. Bien negra y bien dura, era. Como mi p… ¡Eeeeeehhh! ¡Casi caemos todos juntos en esa nuevamente! ¡Jajajaja! ¡Qué locos somos!

Me vino con unos diez juegos a los cuales hay que agregar otros 5 que me tuve que comprar en otro negocio debido a que no estaban. Lo cierto es que los juegos estos que no pude sino llevarme (amparados en su fama) tienen en común un elemento, que es el espectáculo por encima de lo demás. Cierto es que uno –me refiero a mí- no busca necesariamente realismo en un videojuego, sino toda una aventura, o por lo menos un rato de sorpresa. En mi caso, también exijo de mis videojuegos una calidad acorde a los tiempos que corren, más que nada en lo que a la jugabilidad, complejidad y respuesta se refiere. Como cuando a mis mujeres les exijo una energía y belleza superiores a la media. Ellas me entienden porque soy muy sensual, y me gustaría revelarles a ustedes mis secretos, pero lo cierto es que la sensualidad no puede enseñarse. A menos que usted se anote en mi academia y tome las clases del curso “La sensualidad puede enseñarse”. Docentes capacitados. Aranceles accesibles. We speak English.

Ahora bien, el mundo cambió bastante en los últimos diez años, y no para bien. Y me refiero al mundo de los videojuegos, por el mundo “en general” siempre estuvo bastante hecho mierda, o al menos así está desde que lo conozco, con la diferencia de que ahora hay floggers. Lamentablemente, lo que alguna vez supo ser un mundo de competencia y entretenimiento desarrollado por gente que era relativamente poca y muy enamorada de lo que hacía, terminó convirtiéndose en cualquier alboroto. Así, los videojuegos mal hechos coparon el mercado. Las posibilidades de jugar a través de la red global hicieron que los programadores se volcaran a aprovechar tales prestaciones y la inteligencia artificial fue dejada de lado, siendo reemplazada por cientos y cientos de megas invertidos en posibilidades de “personalizar” aspectos de personajes a fin de que la gilada pueda sentirse especial. A fin de satisfacer a cuanta gente fuera posible, comenzaron a hacerse juegos en todos lados, y para todas las plataformas, incluyendo las barbaridades hechas en flash para Internet, y esos infecciosos socotroquitos videojugables para teléfonos celulares.

Entre los que compré con conocimiento se encuentran el Tekken 5, el Metal Gear Solid 3: Snake Ester, el Winning Eleven 9, el Resident Evil 4, el Final Fantasy… ¿12? No recuerdo por donde van, quichicientos, ponele, y demás consagrados. Pero de entre los que compré nomás por sugerencia de las revistas especializadas, dos juegos se destacan abrumadoramente, y ellos son el Shadow of the Colossus (lo más lindo que he jugado en mucho tiempo), y el God of War 2. Dos éxitos de los tiempos modernos, si se quiere, lejanos al Sonic 2 y al Comix Zone. Sin embargo, el juego al que más uso le he dado es, lamentablemente, el Guitar Hero Encore, de rock ochentero. Porque es el que puedo jugar con mi esposa, mi cuñado, etc., sin necesidad de andar enseñando combinaciones complicadas de botones, ni pidiéndoles que memorizen patrones a fin de derrotar a tal o cual jefe.

Quiero decir, entonces, que los videojuegos se achataron. A fin de poder llegar a todos, los juegos se hacen parte de lo que hay y apuntan a gustar por gustar, como juegos de feria. El ejemplo más claro de tal filosofía es la Wii; la última consola de Nintendo, pensada para que juegue hasta el más papafrita. Y como videojugador de buena cepa que soy, reconozco que de a ratos no me siento en mi ambiente. ¿Cuan bueno puede ser un videojuego cuyo mérito es el de hacerte escuchar buenas canciones? ¿No se inventaron ya los cd’s de música para eso? ¿No sería mejor aprender a tocar la guitarra de verdad? ¿Cuánto mérito puede haber en eso de fabricar un joystick para que te haga creer que podés tocar la guitarra o jugar al ping-pong? Al precio de la Wii, yo preferiría comprarme una verdadera mesa de ping-pong, o de billar. O una guitarra. No sé si ustedes lo saben, pero por mucho menos te podés comprar un “OutRunners” (con la mejor música en la historia de un juego de coches) en su versión de arcade, con doble cabina completa, asiento, volante, pedales y cambios. O un “The Simpsons” en su versión arcade, con la posibilidad de jugar de a cuatro y rescatar a Maggie de las garras del malvado Sr. Burns. Apenas termine de escribir y publicar este artículo, tengo pensado hacer algo al respecto. Y con eso quiero decir que me voy a poner a jugar al Captain Commando con el Mame, pero ustedes de seguro ya lo habían adivinado. Al principio pensé en hacer público ese blog de videojuegos que armé hace algun tiempo, pero luego me percaté del hecho de que ya cuento con un sitio web exitoso y famoso.

Ah, me olvidaba. La pregunta Action-Games-consolera-Micromaniática del día es:

7) ¿Corregí los trabajos prácticos de mis alumnos?

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Viernes a la nochecita y yo me pongo a escribir como si no hubiesen pasado cuarenta días desde la que fuera mi última publicación. Lo bueno es que elegí bien el tema. Fíjense: la última vez escribí acerca de la muerte de Michael Jackson (que a algunas personas les pareció prematura y repentina y sorpresiva e inesperada, pero la verdad es que… ¿Cómo se esperaban que muriese Michael Jackson? ¿Durante un torneo clandestino de artes marciales en una isla secreta, todo bajo la atenta de un millonario organizador?) y Michael Jackson todavía no fue enterrado. Es más, le hicieron el velorio recién hace tres días. Puesto así, parece que publiqué ayer. Y la calidad de los artículos puede bajar, pero lo cierto es que yo no soy una de esas personas orgullosas o envueltas en cierto código de honor narrativo que dicen que cierran sus sitios web porque ya no tienen la calidad que supieran tener. A mí no me pasa eso, probablemente porque soy más bien un tipo humilde. El día que no se me ocurra nada para escribir entro a subir fotos porno, digo. Viste que si no evolucionás te estancás.

Y lo cierto es que lo de la gripe tiene a la gente asustada (hasta que apareció el fin de semana largo y volvió el coraje), y a mí, beneficiado. Quiero decir, una de las mejores decisiones que tomé en mi vida debe haber sido esta de elegir la docencia como profesión y carrera de estudios. A menos que estén un poco lentos, habrán deducido ya que desde el jueves pasado (o sea, ayer no, el otro) no sólo no estudio, sino que tampoco trabajo. A mis alumnitos supe prepararles un enorme y fastidioso trabajo de investigación que los tendrá entretenidos, y a su vez, mis profesores supieron encargarme el preparar media docena de parciales domiciliarios y estudios y una decena de libros y novelas que leer, y cosas de esas. Y espero que mis alumnos estén haciendo más de lo que yo estoy haciendo, porque de lo contrario nos va a ir mal a todos y eso sería una picardía. Que quede claro si alguno de ellos está leyendo esto: si van día por medio a casa de mi tío y se ponen a jugar al V-Rally 2 de a cuatro -por plata- con mi ahijado y mi primo, los voy a tener que desaprobar. No me interesa lo bien que la puedan estar pasando.

Pero este tiempo de descanso (que en realidad estoy disfrutando con algo de culpa) tenía que aprovecharse de alguna manera, con alguna cosa especial. Pensé en escribir una cosa muy larga respecto al moquillo N1H1 (diciendo que la cosa es más grave de lo que dicen pero no tanto, porque el año pasado se murieron 4000 personas de gripe común, mas allá de que hasta ahora se deben haber dado unas 1500 muertes además de las diagnosticadas y confirmadas, y observaciones plagadas de ingenio y críticas al Estado) pero imagino que esa gente que escribe más seguido lo debe haber cubierto ya. O puesto en otras palabras, querer decir algo nuevo va a ser el equivalente informativo a vestirme de negro, entrar esta noche por una ventana a la casa de Alejandra Pradón y querer desvirgarla.

Pero como bien dice el título, comencé lo que parece ser un experimento. Lo bueno es que ustedes también pueden participar, ya sea acondicionándome o practicando una experiencia similar en vuestro caso. O tal vez no sea lo bueno, pero acá estamos.

Todo comenzó durante la mañana del domingo. Hallábame yo guardando y ordenando algunas cajas de revistas viejas. Centenares de Patoruzitos, Isidoros, Condoritos, etc., etc., etc. En una de las cajas encontré, traspapeladas seguramente, algunas revistas de mi madre. Una edición de la revista “Gente” del día en que asumió Raúl Alfonsín la presidencia de la república, otra del Mundial ‘78 que nos encontró campeones, algunas revistas Clarín del domingo y un par de revistas españolas. Me enganché con estas últimas, más que nada en la parte de gente que busca gente con intenciones amorosas y amistosas, y –por qué no decirlo- de cojimiento frustrado o algo parecido. Me puse a pensar en cuanta de esa gente habrá muerto ya, del mismo modo en que trato de imaginarme la apariencia de las nenas de seis y siete años que escribían a las Billiken y Anteojito cuando yo tenía esa edad, más o menos. Me pregunto si no se habrán muerto, o si se volvieron gordas inviolables, o lesbianas, o si estarán cojiendo en este preciso instante con sus maridos o amantes, nomás porque siempre siempre me entretengo pensando en cosas relacionadas al garche. En una sección romántica adyacente de este correo (Dios quiera que adyacente signifique lo que creo, ando bastante bruto últimamente) una españolísima y supuesta especialista en consejos del amor respondía a las dudas de otra españolísima dama que solicitaba trucos para automatizar (o algo así) a su marido. La mina (caliente como una cimitarra calentada en la hornalla) quería algo que le permitiese excitar a su marido sin que éste se diese cuenta, lo cual, si me preguntan, resulta muy difícil de lograr en mi caso, porque cuando me excito rompo mis pantalones violentamente, mi elemento se asoma y todo el mundo se da cuenta y grita. Si quieren imaginarse la situación, lo más parecido es esa escena de Terminator 2 en la que el T1000 intenta apuñalar a John Connor dando estocadas a través del techo metálico del ascensor en el manicomio.

La sugerencia que daba la especialista era más o menos así: al marido había que programarlo cual si fuera el perro de Pavlov. La treta consistía en los siguiente: se suponía que, un día cualquiera, en cualquier momento, la mujer interesada debía poner a sonar en casa un tema musical determinado que estuviese de moda y sonando constantemente en las radios (supongamos, no sé… “Take My Breath Away” de Berlin, ya que ese tema parece funcionar con todas las minas) y pegarle una capillada de antología al tipo. Al marido. Al día siguiente, lo mismo, con el mismo tema, en otro momento del día. Y así, siempre con “Take my…”. Eventualmente, al cabo de un par de semanas, el tipo –se suponía- iba a excitarse y buscarla a ella, nomás de escuchar la melodía en la radio del automóvil, o en la oficina, etc. ¿Se entendió? Espero que sí, porque yo sigo.

Ahora bien, eso me pareció sensatísimo y bastante predecible. Efectivo, digamos. Y yo no tengo problemas sexuales pero a veces mi recto se encapricha con que no quiere cagar (sospecho que tiene algo que ver con mi dieta súper-fortalecedora de asado con chipá) y no quiere, y no quiere. Ya todos sabemos eso en Damos Pen@ porque no soy capaz de callarme la boca. Y entonces pasan días y días, y la gente que me rodea se preocupa porque no entiende que yo no me siento mal, ni incómodo ni nada. Y si bien por estos días ando comiendo sano y no sufriendo de malestares ningunos, está interesante eso de prevenir para algo. Algo además de una hecatombe zombi, se entiende. Porque yo puedo charlar y pavear con ustedes hablando de cualquier cosa, pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

-Entonces –me dije entrecerrando los ojos con un gesto de magnífica sabiduría-, en una de esas, si cago al ritmo de una canción determinada, lo más probable es que, eventualmente, termine cagando o sintiendo el impulso cagador nomás de escuchar el tema.

Se imaginarán ustedes que el tema a elegir resultó ser la situación más delicada, ya que tenía que ser un tema muy característico e inconfundible, pero no demasiado popular o “de moda” últimamente, para que la experiencia pudiese llevarse a cabo sin contaminantes. Por ejemplo, los temas de AC/DC son todos iguales: elegir uno habría sido elegirlos a todos. Elegir un tema de Michael Jackson por estos días iba a tenerme en el inodoro ocho horas diarias. No elegí un tema de A77aque porque mierda con mierda es comida de zonzos, etc. ¿Cuál fue el tema elegido, entonces?

“What a Fool Believes”, de los Doobie Brothers. Siéntanse libres de buscarlo y descargarlo de la web abundantemente. En YouTube sobran versiones. Lo elegí porque es un tema no demasiado popular hoy en día, muy particular debido a la excelentísima vocalización del cantante, cuyo nombre no recuerdo, y también porque el tema está bueno. Confórmense con saber que el experimento está actualmente llevándose a cabo y es muy pronto para aventurar resultados, pero sería muy gracioso que fuese todo un éxito. Aunque confieso que me da algo de miedo que el día de mañana alguien tenga ese tema como ringtone del celular y me haga cagar en un colectivo. Pero la pregunta del día es: ¿Cómo está usted manejando este desconcertante período de vacaciones-asuetos-feriados-adelantados?

Yo no sabía que hacer y entonces fui y me compré un celular nuevo. Me iba a comprar un auto también, hasta que me acordé de que no sé manejar y ni sería capaz de sacarlo de la concesionaria. ¿Es muy difícil manejar un auto? ¿Tenés que tener registro? Si me pongo a ir a la escuela de conductores a partir de este lunes, ¿Llego a sacar el registro antes del fin del asueto?

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