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Archive for 30 septiembre 2006

Yo por Dentro – Cine, tele y así

Si esto no te gusta, amén de que comprobarás no saber diferenciar la bosta del chocolate, yo llegaré a la conclusión de que sos mala persona. En serio.

Porque a Bob Esponja todavía le hace falta tomar mucha sopa, los dejo con una cucharada de ambrosía sonora y visual. Un sanguchito de maná y crudo. Hagan click, por favor.

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Casi un William Wallace

Yo por Dentro – Del Habla – Otros

Releyendo y reflexionando sobre algunos artículos aún no publicados, descubrí que en mi caso, la tortura es aquel procedimiento al cual es sometido un fulano en “Los Tigres de la Malasia”, de Emilio Salgari, que consiste en verse obligado a beber agua a través de un embudo hasta casi reventar. O las cosas que los vietnamitas y coreanos le hacían a Chuck Norris en una de cada dos películas. Tal vez porque sé muy poco de historia argentina, no asocio la palabra “tortura” con los desmanes cometidos por la Dictadura Militar de hace algunos años. Y a los que se escandalicen por eso, les aviso que tampoco la asocio con la crucifixión, método romano que se hizo famoso gracias a su víctima más célebre, salvador de algunos de nosotros. Menos aún me suena a lo ejecutado por los acólitos de Stalin.

Sin embargo, me extraña que dentro de lo terriblemente específico y sádico de alguno de los elementos y técnicas desarrolladas, nadie se halla dedicado a intensificar el dolor de muelas, o a provocarlo artificialmente. Tal vez no quedaron registros, si es que alguna vez se hizo. Imagino que hoy en día podría llevarse a cabo y requeriría de elementos ya inventados: un torno, un especialista capacitado, y una forma de mantener a la víctima (que podría ser tranquilamente un hombre sabedor de información importante en la organización Al-Quaida) completamente inmóvil. Luego, a eso hay que agregarle una aguja oxidada y sucia de vómito en contacto con el nervio. El resto es magia.

Se me ocurre porque hoy debo ir al dentista y uno de mis temores es que cuando quiera medir la profundidad de las caries -tengo dos- en mis muelas, me agujeree accidentalmente. Tengo que realizarme un “tratamiento de conducto”, procedimiento que por más que se me explique una y otra vez, seguirá sonándome a que alguien va a tratar de abrirse paso a través de mi recto, C4 mediante, en un acto que debería ser supervisado por algún ingeniero civil, o por el Silvester Stallone de “Daylight”. Es una sensación.

A lo que voy es a que, a los diez minutos de verdadero e incontrolable dolor de muelas, yo estoy listo para dar los códigos de lanzamiento de todo misil a mi disposición, o torturar y asesinar a quien pueda dármelos.

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Los Peligrosos Masíes

Yo por Dentro – Vida Diaria

Hace cosa de un año, cuando todavía estaba yo recientemente desempleado, reparando algunas pc´s y viendo que hacer de mi vida (por enésima vez), en mi casa (más precisamente en el único baño que hay en ella) se estaban llevando a cabo algunas refacciones. Quedó lindo, pero mientras el albañil trabajaba (diez días, quizá más), atender el llamado de la madre naturaleza constituía toda una ceremonia.

A fin de ganar espacio para trabajar cómodo, el tipo sacó la puerta y la reemplazó provisoriamente con una cortina. No contento con haber aniquilado mi intimidad sonora, pasó romper las paredes que comunicaban esta conflictiva habitación con la cocina (por las cañerías del gas) y el lavadero. Cuando quise darme cuenta, estaba haciendo pis en un recinto menos privado que la estación Constitución, y que también olía a milanesas, como la estación Constitución. Lo peor fue que, con la puerta de mi casa abierta de par en par debido a las idas y vueltas del tipo (que preparaba la mezcla, que cortaba caños, que esto, que lo otro, etc.) y las bajas temperaturas inevitables, comencé a sentir que me pillaba a cada rato.

Y si alguien ronda cerca, yo no puedo, no me sale. Para agravarlo todo aún más, saber que cada vez que yo iba al baño el albañil tenía que salir momentáneamente y dejar de trabajar, me hacía sentir incluso culpable o desconsiderado. Fue entonces que descubrí los peligros del “Masí” adulto.

-Ma sí… -me dije malhumorado; cansado de tener que esperar a que ese viejo infeliz diese muestras mínimas de apuro y de tener que parecer relajado cuando llevaba una semana de bañarme con una jarrita y una palangana, como si fuese el año 1257 de Nuestro Señor. Y comencé a buscar en mi habitación un recipiente. Días atrás, mi madre había acompañado a una amiga al casino de Tigre, y había traído consigo uno de esos enormes vasos plásticos en los que se depositan los descuidos de las máquinas tragamonedas.

-Ma sí… -insistí beligerante. Y vacié mi vejiga dentro de lo que podría haber sido un fantástico portalápices, tal y como quería mamá. Cuando ella preguntó, le dije que accidentalmente lo había aplastado con un libro y que se había roto, tras lo cual lo tiré a la basura. Después de vaciarlo a escondidas, obvio. Pero imagino que existen “Masíes” mucho más controversiales (yo ignoré la falta de inodoro pero hay quienes hacen la vista gorda ante la falta de pastillas anticonceptivas), y estoy seguro de que ustedes tendrán alguno para contarme.

Y si es un “Masí” impune (como el mío), mejor aún.

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Cobré Kai

Yo por Dentro

Todos los niños de la cuadra se iban anotando, y uno no podía ser menos. Además, siempre me habían interesado las artes marciales de las películas y ese “no se qué” que tiene el poseer la capacidad de hacer daño con lo que se tenga a mano (una escoba, una espada, una banca en el senado, un cheque sin fondos). Entonces, empecé kung fu, “Shaolín” style.

Considerando que vuestro servidor no contaba con más de ocho o nueve años y se divertía mirando “La Isla de los Wittys” en la televisión, sobra aclarar que las artes marciales no lo hacían en absoluto más peligroso. Además, quien escribe era lo suficientemente listo y asmático como para entender que su madre podía hacer mucho mas daño, si era bien manipulada.

Uniforme negro, cinturón blanco en un principio, amarillo y verde luego. Y no era ni bueno ni malo en la disciplina. Simplemente, era. Y eso es mucho más de lo que puedo decir hoy en día. El caso es que llevaba yo mas o menos un año de hacer salto de rana y practicar rutinas (jugar a ser la mantis religiosa siempre fue de mis costumbres) cuando un nuevo niño (rubio, flaquito, de ojos claros) fue incorporado al grupo, proveniente de otra escuela de artes marciales. Recuerdo su nombre (David) y lo mucho que influyó en mi carrera como artista marcial. Porque nomás al segundo de iniciado el primer combate que tuvimos, me pateó en los testículos. En las mismísimas bolas. Rugby style.

¡Ay, ahí no! –dije. Más claro, imposible. Estuve flojo, porque debería de haber respondido con algo más ocurrente, que se yo. Algo así como: “Oh no, not in the baby makers!”

Todos los que hemos recibido una patada en los testículos sabemos que el dolor sube y se queda en la parte baja del estómago, provoca náuseas y se te afloja todo en un sudor helado. Mi mejor amigo de aquel entonces dijo algo obvio acerca de que eso no valía, que estaba prohibido, el resto de mis amigos lo apoyaron, el profesor chequeó mis signos vitales, luego regañó al agresor y al minuto, yo ya estaba preparado para seguir peleando. Esquivé una patada lateral y con un puñetazo al pecho conseguí un punto a mi favor. Como las peleas de práctica eran entre niños y debían ser breves para todos que tuviésemos tiempo de divertirnos sin matarnos, a los dos puntos (o dos minutos) se terminaban.

-¡Peleen! –dijo el profesor reanudando el combate.

Resumiré lo acontecido diciendo que a la segunda vez que te patean las bolas en menos de dos minutos, no te duele tanto, pero te caes lo mismo. No emití un solo sonido. Mientras aterrizaba, no pude evitar pensar en que mi rival tal vez no era tan buen deportista. Mis sospechas aumentaron todavía más cuando, desde el piso, lo vi sonreírse, levantar los brazos y decir: “Gané”.

Al profesor, ese último gesto le causó gracia. A mí, no. Cuando pude recuperarme, le avisé que le iba a decir a mi mamá que era la última clase. Que no me trajese más. El profesor dijo que yo exageraba, que tenía que entenderlo, que él lo conocía, que era su sobrino, que no era mal chico. Tal vez por eso siempre recuerdo con algo de cariño y lástima a ese muchachito, dispuesto a dejarme sin día del padre (aún no he intentado comprobarlo) en caso de ser necesario, con tal de ganar.

La parte en que mis amigos lo apalearon a la salida y yo le rompí el parabrisas al auto del profesor a escondidas no la cuento, porque no fue tan divertida, y mi madre no tiene porqué enterarse ahora, después de tantos años de creer que enfrenté la injusticia con hidalguía.

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A la eterna defensiva

Yo por Dentro – Vida Diaria

Antes de salir a tomar el tren para ir a trabajar todos los días, (mejor dicho, antes de iniciar la caminata hasta la estación) reviso que esté todo en orden. Con esto quiero decir que me aseguro de que mis pantalones y mis pertenencias se encuentran en perfecta armonía. O sea:

-Bolsillo trasero derecho: Billetera y llaves. (Colgando éstas últimas de una celdilla pasa-cinturón del pantalón)
-Bolsillo trasero izquierdo: Pañuelo de tela. (No confío en los de papel)
-Bolsillo delantero derecho: Tarjeta magnética para entrar al laburo.
-Bolsillo delantero izquierdo: Teléfono celular

A ustedes tal vez les parezca gracioso, pero a través del tiempo me he acostumbrado tanto a funcionar bajo este organizado régimen de conducta, que la más mínima alteración del mismo me abre las puertas a un mundo de desesperación. Porque si mi mano no encuentra la billetera, automáticamente se me hace un nudo en el estómago y comienzo a sudar helado, porque seguro que ME LA ROBARON EN UN DESCUIDO, y si mi mano no toca la hebilla de la funda del telefonito, es porque ME LO ROBARON O SE ME CAYÓ AL PISO PORQUE NO PRESTO ATENCIÓN, y si me falta la tarjeta, de seguro SE ME ENGANCHÓ EN ALGÚN LADO Y ALGUIEN LA VA A ENCONTRAR PERO NO ME LA VA A DEVOLVER CREYENDO QUE LE VA A SERVIR PARA ALGO, y si no están las llaves, es fija que ALGUIEN VIÓ CUANDO SE ME CAYERON Y AHORA ME VA A SEGUIR PARA ENTRAR A MI CASA, y si falta el pañuelo, es porque NO LO GUARDÉ BIEN EN EL BOLSILLO, SE ME CAYÓ, Y AHORA SEGURO EMPIEZO A ESTORNUDAR Y ME VAN A ECHAR DEL LABURO POR ANDAR COMO UN INFELIZ CON LOS MOCOS COLGANDO, y así.

Pero si la tarjeta no está, es porque me la olvidé en casa, ya que no la llevo en la billetera por miedo a que me roben todo junto. Si me falta la billetera, es porque “subió” y está en el bolsillo derecho de la campera o en el delantero derecho del mismo pantalón, junto al desobediente pañuelo. A veces se hace rogar un poco más, y es porque la metí en la mochila, donde ocasionalmente se alojan también las llaves. Y el celular suele ser izado al bolsillo izquierdo de la campera, donde no se siente su peso.

Lo peor es que (sacando la tarjeta) no puedo dejar de perseguirme ni durante los domingos. No consigo poner en “stand by” la paranoia, ni siquiera por un día. Y me gustaría saber de quien es la culpa, en estos pagos en los que uno no puede descuidarse y se halla toqueteándose a si mismo todo el tiempo cuando sale a la calle, buscando que no falte nada, y a sabiendas de que en cualquier momento, la falsa alarma va a dejar de ser falsa para convertirse en mala sangre, o algo peor.

Para peor, mi mochila tiene como cuatro bolsillos. Pero que van todos vacíos, por supuesto. Por si acaso…

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Código de Barras

Yo por Dentro – Madre Naturaleza

Me pregunto lo que sucedería si yo terminase yendo a la cárcel. Dejemos de lado la posibilidad de librarme del asunto durante el juicio, y vayamos al grano: la vida en el presidio.

Tendría horas y horas para leer y estudiar bastante, y no debería preocuparme por detalles como los gastos, la higiene personal o la percepción del paso del tiempo. Eso sería bueno.

Debería prestar, en cualquier caso, especial atención al hecho de que soy un joven grandulón delicado, de tez extremadamente blanca, con rostro de niño libre de bigote, pecho lampiño, anteojos y que debido a la insistencia maternal sufrida durante la niñez se la pasa diciendo: “permiso”, “por favor”, “discúlpeme”, “no es problema” y demás tecnicismos que –como todos sabemos- resultan poco útiles a la hora de evitar que un formoseño apodado “Leche Sucia” te sodomice, regentee y alquile para las orgías homosexuales organizadas quincenalmente por los bolivianos desdentados del pabellón 4.

Tengo muy en claro que la forma más efectiva a la hora de ganarte el respeto del resto de los presos es matar a alguien nomás a los cinco minutos de estar preso. A cualquiera, pero que parezca de poca monta y no pertenezca a ninguna “familia” o “agrupación carcelaria”, obviamente. Porque matar al primo preferido del recluso que sale de vez en cuando y tiene permiso incluso de manejar el auto del gobernador, no daría sino más problemas. Y si luego uno de los guardias recordase al difunto a la voz de “era el hijo que nunca tuve”… eso sería malo en serio.

También ayudaría hacerme algunos tatuajes (ayudan a crear la impresión de que ya estuviste preso), porque no tengo ninguno. Creo que lo recomendable sería elegir motivos demoníacos y denigrantes pero no demasiado específicos, porque en una de esas, que tu cuello diga “los milicos son todos paparulos” puede garantizarte una golpiza semanal, cuarenta días de reclusión solitaria y duchas de agua servida, en el mejor de los casos. Irte al otro extremo también sería peligroso: Un “A las madres y hermanas de los negros villeros hay que quemarlas vivas porque son un cáncer social” sobre el pecho también sería una mala idea, pero creo que el peor tatuaje que uno puede hacerse es una rubia desnuda, con las piernas abiertas, comenzando sus caderas en la base de la espalda propia, de espaldas, en tamaño natural, y a todo color.

Y así, muchas otras cosas. Es por eso que mantengo mis crímenes en stand by: es más fácil hacerme mala sangre y soñar, que tener que lidiar con toda la maroma que se vendría después. Aunque si hubiese estado preso podría permitirme el lujo de rematar mis argumentos diciendo cosas como: “¿Sabés con la caquita de cuantos nenes como vos se me manchó la p*ronga mientras estuve guardado?”

Y ganar en todas las discusiones.

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Vanilla Mood – Haku

Yo por Dentro – Cine, tele y así

A veces, algunas piezas musicales (buenas o malas, simples o complejas, conocidas o privadas) me hacen creer que entrometiéndome con algo más de ímpetu en el mundo de la música, habría sido abrumadoramente feliz. Completo aún en la peor de las miserias, total, etéreo si se quiere llevarlo al borde del absurdo. Y eso me rompe mucho las bolitas, aunque no tanto como para impedirme el disfrute propio de todo músico pasivo (léase, quien escucha, nomás).

Negándome como siempre a instalar una jukebox, pero deseoso de compartir algunas debilidades mías, les acerco lo siguiente. Porque tampoco va a ser todo joda en Damos Pen@… y los sábados me parecen un lindo día para un par de clips. Que este sea el primero, entonces. Después me cuentan cual de los dos les gustó más. O tres, si cuentan el de ayer.

Vanilla Mood – Haku

Ryuichi Sakamoto – The Last Emperor

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