Samuel
Mayo 7, 2008 por Mantis
Me voy a olvidar de la mayoría, pero aquí van los más representativos (los que recuerdo):
Catalina, los trillizos Manchita, Pintita y Saddam Hussein, los mellizos Guillermina y Gustavo, Luz, sus hijos Francesca y Jamemú, Envido, Coco Liso, Chatrán, Pikachú, Leoncio, Junior, René, Totó, Benito, Fernandito, Román, Rintintín, Charly, Maggie… todos ellos fueron mascotas y –a decir verdad- parte de la familia. Entre los todavía vivos podemos contar a las perras Lara y Kyra, al perro Bugenlavitz I y al gato “Chichí”. Debo haber tenido unos sesenta gatos y diez perros, a lo largo de mi vida. También tuve pajaritos, tortuga… de todo, y desde que tengo memoria.
Pero el que nos importa (mas allá de que adoré a los brillantes Leoncio y su hijo René), es Samuel. Fue Samuel. No sé porqué nunca escribí este artículo, o porqué no lo hice antes. No lean si son de las personas que no simpatizan con los animales domésticos o satánicos, porque se van a aburrir.
Samuel era un gato siamés. Habrán oído decir ustedes que los siameses son más inteligentes, y la verdad es que eso es muy cierto. Samuel era mucho más inteligente que el resto de los gatos que teníamos por aquel entonces, y también mucho más cariñoso, carismático y-por sobre todas las cosas- malvado. Era el gato del diablo. Llegó a casa por accidente, ya que un par de amigos del barrio tocaron timbre en mi casa tras encontrarlo gritando en la calle. Era un gato siamés muy bien cuidado, muy delgado y estilizado en su figura, de tamaño mediano, lo que me hizo pensar que era una gatita hembra. Lo más gracioso es que tenía perfume de mujer. Sí, perfume. Y de los caros. Mía no era, pero mis amigos me la encajaron igual debido a que yo conocía a alguien que tenía gatos siameses (a la vuelta de casa) y podía ir a preguntar.
-Tranquila, tranquila –le decía yo. Y la gata gritaba incansable con ese tono horrible y potente de tortura que tienen los siameses en el maullido.
-Es un gato –dijo mi hermana-. Es macho.
Y sí, tenía unas enomes bolas marrones. Al principio no se las habíamos podido ver porque tanto su cola como sus patas se hallaban contraídas (el veterinario luego determinaría que se trataba de una pata rota). La pusimos en una canasta y mi hermana salió a preguntar a los vecinos de los cuales sospechábamos una posible relación con esa cosa que gritaba. Pero no era de nadie.
-Me lo quedo –dije inmediatamente, pensando en que esos gatos son caros y yo no gasto plata en comprar gatos-. Si nadie viene a pedirlo, me lo quedo. Pero tenemos que hacer algo con ese olor a puto.
Y en ese instante, el gato guardó silencio y me miró con la boca abierta. Me di cuenta de que era ligeramente bizco.
Pasó ese día y nadie vino a preguntar. Pasó el siguiente y nadie vino a preguntar. Y el gato, medio rengo y ya vendado, curioseaba por lo que se convertiría en su morada. Unos veinte días después, una señora muy mayor, muy engalanada y oliendo a perfume de los caros se paró a conversar con mi madre, que barría la vereda. Su gato siamés se había escapado tras cortar, como con un alicate, la cantidad necesaria del mosquitero de la cocina. Pero para ese entonces el olor a perfume había ido reemplazado por el olor a nada, y Samuel había comenzado a ser Samuel.
El siamés tiene mucho de perro. Es territorial y adopta un amo, o socio único, si se quiere. Se podría decir que es con el único que tiene trato directo, de todos sus empleados. Samuel también, a fin de poder dominar a los otros gatos de la casa (tres además de él), supo ganarse todos mis favores debido a su condición de “paciente en recuperación”. Aprendió a morder a los otros gatos mientras éstos dormían y a ponerse siempre en el rol de víctima, pidiendo “upa” después de haber fajado a otro gato, gritando postrado desde su cama cuando alguno de los “desplazados” se acercaba a su posición, sin levantarse ni defenderse.
Tres particularidades lo hicieron único. La primera de ellas tuvo que ver son su tamaño, ya que la fragilidad propia del siamés desapareció en cosa de cuatro meses, dejando lugar a lo que parecía un pequeño puma físico-culturista de pelaje brillante pintado para parecer un gato siamés. Se convirtió en un rey de la provocación, y cuando se sintió fuerte se encargó de someter a todos los otros gatos bajo un lema: la pelea se acaba cuando uno de los dos muere o cuando la detiene el juez de paz. Un gato macho promedio de raza “mixta” ronda los tres kilos y medio, quizá cuatro kilos, antes de ponerse gordo. En su mejor momento, Samuel pesaba seis kilos y era pura fibra demoníaca, enorme por dónde se lo mirase y cada vez más astuto, más inteligente y mas mío. Un gato promedio pelea hasta echar al otro de su alcance; Samuel no aceptaba rendiciones y sus enemigos sólo escapaban introduciéndose en algún recoveco demasiado angosto para él, trepándose a un árbol (su peso le impedía trepar) o consiguiendo que algún integrante de la familia intercediese. Los otros gatos lo veían y salían corriendo. Lo evitaban, y se aparecían por la casa sólo cuando sabían que él dormía, que era precisamente cuando yo dormía. Cobraban los machos y cobraban las hembras, porque a Samuel el romance no le interesaba, cosa que se evidenció cuando le trajeron una gata siamesa revolcándose de celo para hacer crías, obteniendo como única respuesta el desinterés sexual propio de un caballero Jedi.
-Ese gato está enamorado de vos –decía mi madre.
Porque Samuel no podía dormir sino conmigo. Y me lo hizo entender a los gritos, una, otra y otra vez: no era la cama cómoda lo que buscaba, sino a mí. Y mi responsabilidad de padre era dormir con él, con mi brazo como su almohada y su mirada sobre la mía hasta quedarnos dormidos, pero sus pretensiones se acomodaron a lo que no era negociable: de doce a seis de la mañana, y alguna siesta. El único gato de vida completamente diurna, y siempre en hora. Ambos dormíamos encerrados en mi habitación, ya que de lo contrario los otros gatos se condenaban a la inanición voluntaria. Pero Samuel salía todas las mañanas y olía a su alrededor, erizando los pelos de ira al descubrir que otros gatos seguían entrando a su castillo. Así fue que, mirando y mirando, aprendió a abrir las puertas colgándose del picaporte, saltando desde una silla. Una mañana, mientras los otros pobres gatos desayunaban, la puerta se abrió sin dar tiempo a nada. Cobraron todos. Al otro día, el hecho se repitió. Y al siguiente, por lo cual tuve que comenzar a poner llave.
La segunda particularidad tuvo que ver con su forma de manejar sus desperdicios. Porque Samuel no hacía caca acuclillándose como un gato común, sino que lo hacía sentándose sobre sus patas traseras, casi como una persona, levantando una pata cual si fuera un jefe indio, y nunca aprendió a tapar su caca con las piedritas sanitarias. Tratamos de enseñarle con gestos, con ejemplos simulados, con lo que fuera, pero a Samuel le daba asco su propia caca. Si se manchaba de caca, se quedaba acostado con la parte manchada elevada en el aire, y gritaba.
-¡Qué olor! –decía mi madre ante el sorete saliendo de un gato tamaño perro-. ¡Llevalo al baño a ese gato hijo de puta!
Entonces, en pleno sorete, quien suscribe levantó al gato y lo llevó al baño. Resumiré la historia diciendo que Samuel aprendió a maullar de un modo diferente y sin salir del baño, sólo para decir que había hecho caca, y que alguien debía tirar la cadena y desinfectar todo. O bien limpiar y lavar con lavandina el bidé ante una confusión comprensible (a fin de cuentas, era gato).
Por otro lado, el hacer pis para él no era sólo vaciar la vejiga, sino que consistía en el 40% de su lenguaje físico. Al no poder hablar con palabras, aprendió a explicarme su descontento por el hecho de que yo pusiera llave en la puerta. Comenzó orinando la puerta, y luego prosiguió orinando la televisión. Y la ropa. Y así el gato finalizó ganando, ya que no prestarle atención a sus reclamos equivalía a ser orinado. Aprendí a no dormir más de la cuenta, y a estar siempre atento, cosa de poder reconocer cuando se acercaba sinceramente buscando afecto, y cuando quería en realidad subirse a “upa” mío para poder orinarme sin desperdiciar ni una gota. Los retos no funcionaban debido a que él gritaba más fuerte, y la única vez que me animé a pegarle un cachetazo, el gato cayó en un pozo depresivo.
-Tiene estrés –dijo la veterinaria, ante el gato que de un día para el otro se negaba a caminar por sus propios medios y me ignoraba, amén de que llevaba un día sin probar bocado, no maullaba y perdía el pelo de a mechones-. No tiene nada más. O sea, no tiene nada, en realidad. La caída del pelo se debe a un hongo natural, por el estrés.
-Lo que faltaba –respondió mi madre-. Un gato estresado.
-Perdoname, Samuel –dije yo acercándole comida esa tarde, poniéndolo en mi cama-. Te prometo que nunca más te pego.
El gato suspiró y se dejó caer de costado, dejándome a mí sin saber si abrazarlo o pegarle una patada, por manipulador. Finalmente nos tapamos con la frazada y nos dormimos una buena siesta, de la cual salimos tan hambrientos y animados como siempre.
Y un día, llegó la hemobartonella. Esta enfermedad hizo que mi gato prácticamente se desarmara, y perdiera peso, salud, energía. Llegó una tarde en la que (tras dos días de internación) la veterinaria lo envió a casa con la intención de que muriese en su castillo. Con sus últimas fuerzas, el gato deshidratado rengueó hasta el baño, porque un caballero no podía cagarse encima. Eso estaba fuera de toda discusión.
-Tirá la cadena –me dijo en un maullido débil que me hizo llorar todavía más de lo que ya había estado llorando.
Me llevé la canasta a la cama, y tomándole una de sus enormes patas delanteras me quedé con él. Fue una de las noches más largas de mi vida, y en la que más lloré. Fue la noche en la que me sequé. El gato agonizaba pero no se dormía. Volaba de fiebre, pero no se moría. Yo lo acariciaba y le pedía que no sufriese, como sucede con todo ser querido al que uno ve ya en las últimas. No sé cuando, pero a eso de las cinco debo haberme quedado dormido.
A las seis, Samuel me despertó con un maullido débil que decía: “No sé como, pero estoy vivo. En una de esas, zafo”. Entre lágrimas de alegría lo ví quitarse el suero con el hocico, para luego doblar la aguja de un mordisco. Y una vez en la veterinaria, pasada la sensación de milagro y mientras a mi gato lo afeitaban para cambiar la pata del suero, me desmayé. Desperté con mi madre asustada, y mi hermana explicándome que el gato necesitaría de un alimento especial, porque sus habilidades digestivas estarían disminuidas durante un tiempo. Recorrimos una docena de veterinarias hasta encontrar una que traía ese alimento. A precio de hoy, calculo que estaríamos hablando de unos 100 pesos la lata, del tamaño de un puño.
Pero se pagó, a pesar de que no había un mango, estábamos en plena crisis y la veterinaria nos había dejado secos. Y cuchara en mano me ocupé de regresar todos los bríos de mi gato, que a esa altura de la cuestión era ya mi hijo. Una lata por semana, que se convirtió en una lata cada dos días antes de interrumpirse, con la orden de alta médica. Y con mi gato comiendo de todo, como siempre, partiendo patas de pollo con los dientes cual si fuera un dogo.
Así, pasamos los mejores 18 meses de nuestra relación. Si yo estaba en casa, él estaba conmigo. Y si yo me quedaba quieto, él se subía en mi regazo. Nadie podía estar conmigo a menos que él también estuviese presente; caso contrario gritaba y orinaba cosas al azar hasta cumplirse su voluntad. ¿Llegaba yo tarde de trabajar? Él me esperaba despierto. ¿Salía a la noche? Él me esperaba despierto y preguntaba por mí hasta que mi madre me llamaba riéndose para pedir mi regreso, con el gato gritando de fondo, cabeceando debido al sueño y meándolo todo en mi habitación. ¿Yo tenía que hacer caca? Él se quedaba sentado afuera, a la puerta, siempre a mi lado. Demasiado pesado como para trepar, clavaba sus garras en mis pantalones y no se soltaba cuando quería “upa”. El haber caminado al borde de la muerte le dio una “Carta Blanca” todavía más amplia que la que supiera tener antes, y así se convirtió en el jefe de mi madre, de mi hermana, de los invitados y de la casa. Aburrido, bien alimentado y con sus enemigos erradicados, aprendió a cerrar las ventanas cuando sentía frío, y a abrirlas para romper los mosquiteros y salir a pasear, por lo cual tuvimos que comprar un arnés de perro para atarlo de a ratos (también aprendió a quitárselo). Ante la sed, aprendió a abrir la canilla del bidé con el hocico, y ante mi pereza, descubrió que las cosas ubicadas en la cabecera de mi cama, en el escritorio, eran lo suficientemente pesadas como para despertarme en caso de caerse sobre mí. Aprendió a abrir una por una las cuatro trabas de su jaula de transporte, con lo cual trasladarlo se volvió toda una odisea de cadenas y candados. Aprendió a cazar cucarachas y a amontonarlas junto al tacho de basura. Pasó a ser respetado inclusive por los perros, a quienes no temía en absoluto. Desarrolló un sistema de tortura fascinante que consistía en acercarse silencioso hasta ubicarse justo frente a otro gato mientras éste dormía, a una distancia no mayor a diez centímetros, y –tras echársele al lado cual esfinge del infierno- mantenerse con la enorme mirada fija en él, sin realizar movimiento alguno durante más de una hora, esperando por el despertar más lleno de pánico que puedan imaginarse. Todo bajo mi orgullosa supervisión, obvio. Lo más difícil de solucionar a través de las vías diplomáticas fue su ira incontrolable contra las personas que tuviesen olor a otro gato, ya que haber acariciado antes a otra mascota se transformó en sinónimo de mordisco hasta el hueso. Así, la familia aprendió a lavarse las manos antes de tocarlo, o a no tocar a nadie antes que a él.
Pero luego enfermó nuevamente. De la veterinaria al laboratorio, se le descubrió una afección en el hígado, de la cual no saldría ni aunque quisiera. Desmejoró poco a poco hasta convertirse en un espantapájaros, y mi hermana y yo nos encargamos de aplicarle las inyecciones (dos por día) a fin de bajarle la fiebre aunque más no fuese un rato. Pero su rutina jamás cambió, ni aún cuando comenzó a vomitar y defecar sangre en un paroxismo que duró tres días. Se mantuvo siempre digno y beligerante, y cuando se sintió morir (sabíamos que de esa noche no pasaría), pidió estar conmigo una vez más. Pasó la tardecita tirado al sol, conmigo a su lado. Me negué a darle una inyección letal simplemente porque se merecía una muerte que fuera suya, bajo sus propias reglas. Y a él no le gustaba ir al veterinario.
Esa noche no tuvo fuerza para subir a la cama. Lo subí, así como estaba, convertido en una bolsa irregular de piel y costillas, y me miró por última vez con esos enormes y bizcos ojos celestes que se apagaban. Luego se hizo un bollo enroscándose a un costado mío. Cuando desperté a las cuatro de la mañana, Samuel ya no existía. Los otros gatos, en un gesto que jamás en la vida entenderé pero que interpreto como curiosidad y temor ante la acefalía, me acompañaron en el entierro, paraditos junto al enorme pozo que hice en el jardín del frente de mi casa. Lo sepulté junto a todas sus pertenencias (platos, artilugios médicos, collares y correas), y supe que había tenido en él al más espectacular de todos los gatos.
Nada. Eso. La pregunta bichera del día es: Ustedes, ¿tienen mascotas?
es terrible cuando se te muere una mascota. tuve tambien un siamés, durante 13 años y los ultimos tres días (despues de haber pasado enfermedades, recuperaciones y recaidas) fueron los peores.
saludos
Toda la vida. Me crié en un pueblo de la provincia (casi campo) así que te imaginarás que tambien tuve de todo: perros, gatos, conejos, teros, un cobayo y hasta una lagartija.
Desde que tengo uso de razón soy de los que prefieren la compañía de los animales a la de la de las personas y, aunque me tilden de salvaje o cosas así, también me causan mucha mas compasión los primeros que las segundas.
Mi último perro fue de esos cuzquitos marca perro. Se llamaba “Igancio” pero todos le decíamos “Naqui” porque era mas canchero.
Por un mal diagnóstico de un veterinario hijo de puta en la plenitud de su vida se quedó ciego, primero de un ojo y tiempo despues del otro. Jamás eso lo detuvo. Se memorizó cada recoveco de la casa y seguía movilizándose y cazando palomas como si nada (para mi era como un ninja con sexto sentido).
Cuando me mudé tuve que dejarlo, porque iba a vivir en depto. y el estaba acostumbrado al campo y además a su territorio memorizado, y traérmelo iba a ser traumático para él.
Cada vez que iba de visita a lo de mi viejo me recibía como si nada hubiera pasado, a pesar de que yo, aún hoy, siento que lo abandoné.
Pasó el tiempo y cada vez estaba mas gordo y mas viejo.
La última vez que pude visitarlo, ya estaba casi sordo, casi sin olfato y apenas me reconoció cuando lo acaricié. Movio su cola enrulada sin poder levantarse. Ese día supe que era la última vez que lo iba a acariciar y me despedí en silencio.
Tiempo después, era a fines del 2006, mi mujer me dijo que mi viejo había avisado Naqui había muerto.
Vivió mas de veinte años.
Hoy, cada vez que visito mi casa allá en el pueblo, todavía siento que me falta algo.
Bueno, me deprimí horriblemente… Chau.
HernanL: Dicen por ahí que las mascotas sirven para enseñarle a los nenes acerca de la vida y la muerte, con una suerte de entrenamiento para el dolor de perder a seres más cercanos, o cosas así.
A mí me parece que es agregar un duelo y dolor innecesarios. Un garrón más a la lista, como si uno no fuera ya a tener otros.
Renegado: Y si, usted lo abandonó. Pero tenga presente que hay gente que abandona a sus padres, lo cual es peor, y al Cielo vamos todos igual.
(Lo del perro ciego me hizo acordar del gato Manchita. Otro gato lo había dejado tuerto de un modo muy cool y cinematográfico, por lo que quedó para siempre con una enorme cicatriz que le cruzaba el ojo cerrado, en diagonal.)
Y si, la idea era la de deprimirnos todos horriblemente, yo también me siento mal, por mi gato y por mi hermana, que ya no están sino en las anécdotas, porque la vida es una mierda. O casi una mierda.
No, no… si, es una mierda.
Pero es extraño. Quizá porque uno es el único que “entiende” y es necesario desarrollar un lenguaje único y alternativo, es que con una mascota pueden pasar cosas más interesantes que con las personas.
La mejor relación -practicamente simbiótica- que he tenido con cualquier ser viviente fue la que tuve con ese gato.
No tengo masotas. Tuve en la infancia.
La pucha digo don Mantis, me hizo llorar.
Que amor.
Yo he tenido 3 gatos, Nacha una gata negra hermosa, la mas inteligente de los 3 y la que mas extraño, la tuve desde los 3 meses, hasta los 13 años. Geo un gato loco que tengo actualmente al cual lo encontre abandonado con una semana de vida y tuve, junto con mi mujer, que atenderlo mas que a un bebe y Humo un gato también con sus cosas que se termino escapando y según creemos alguien lo encontró y se lo llevo, era un gato mestizo gris y blanco con la piel sueve tipo Siames.
Les voy a contar algo de Nacha, era una gata “exquisita”, le simpatizaba hasta la gente que no les gusta los gatos. Era muy educada y no le gustaba que la reten, a una vecina a la que se le metía en la casa y una vez esta la echo de un sifonazo volvió a metersele una sola vez mas para cagarle la alfombra del comedor. Se adaptaba muy bien a cualquier lugar, la hemos llevado de vacaciones a Villa Gesell y ella andaba por todos los alrededores y volvía a la casa sin problema.
Esta gata estaba muy apegada a mi y esto era reciproco, así fue que la noche que tuvo sus crías decidió hacerlo sobre la almohada de mi cama, mientras yo dormía a su lado.
Lamentablemente cuando yo me fui de viaje de egresado enfermo muy grave, y aunque el veterinario le dio poco tiempo de vida aguanto 4 días hasta mi regreso, desde que llegue no me separe de ella, y lamentablemente a la mitad de la noche la saque de mi pieza (se escondía en un hueco difícil de acceder) para que a la mañana temprano mi madre pueda darle el remedio, esa noche murió. Me quede muy mal dado que sentí que ella me espero a mi y lamentablemente no murió a mi lado como hubiese querido, todavía me arrepiento de haberla sacado de la pieza esa noche.
Usted es un sádico, Mantis.
He tenido mascotas desde niña, muchos perros y un solo gato.
Sufrí mucho en cada una de sus enfermedades y/o muertes. Y cada vez que un perro moría, le decía a mis papás que no quería más mascotas en casa, pero siempre traían una nueva y me enamoraba nuevamente.
Es lindo tener mascotas, pero es asegurarte un dolor profundo y mucho llanto, cada 10 años…
Quiero un perro.
Y un patio para tener a mi perro.
Mbrotos: Y si, usted estuvo mal. La sacó, la echó, la dejó morir sola. Ella la esperó y así le pagó usted.
Saludos.
Carolinita: En mi casa trajeron bichos nuevos después de Samuel, pero no les doy bola. Al perro Bugen nomás lo saludo, pero porque es macanudo y quiero que siga así, ya que es un ovejero grandote con un estado de salud sólo comparable al de un nadador olímpico en el momento de batir un récord mundial y podría matarme o violarme en caso de proponérselo.
Es muy lindo tener mascotas y dicen que ayuda a entender lo que es dar amor sin esperar en retribución nada más que amor; sin embargo, me parece que la cosa se complica cuando son las mascotas las que nos tienen a nosotros. Saludos.
Si, acción de la que me arrepentiré de por vida. Como excusa se puede decir que mi pensamiento fue, a las 8 cuando tenga que darle el remedio no la van a encontrar y yo después de viajar todo el día anterior en micro ni me voy a enterar si la buscan.
De todos modos el haberla sacado es algo que me me deja con un dolor de estomago cada vez que me acuerdo. Con decirle que solo mi ilusiona que allá algo después de la muerte para encontrármela y recibir lo que de ella merezco.
Hola, pobre de vos Mantis, como debiste haber sufrido por ese gato.
Pero te quiero corregir algo, los siameses no son tan cariñosos como dicen, es más, yo creo que más antipático que un siames debe ser un gato negro, lo porque yo tengo un gato negro.
Mi gato viene de los bajos fondos de Pompeya, fue encontrado por mi hermano mientras trabajaba en un quiosco (de ahí el nombre del gato, Kiosko)
Bueno, mi gato nunca tuvo oportunidad de pelearse con otros de su especie, pero si con algunos peluches felinos, a los que, si hubieran estado vivos, se los comía.
¿Cuántos años tenía Samuel cuando empezó a abrir puertas?. Kiosko empezó a los 2.
La verdad es que Samuel tiene varios parecidos con Kiosko, pero lo que más puedo resaltar en estos momentos es tirar cosas de los estantes para despertarnos y el hecho de mirar a la victima mientras duerme… recuerdo cuando se lo hizo a mi hermanita porque estaba acostada en el lado equivocado de la cama (compartida con mi madre) y ella chillaba:
- Tengo miedo -
En fin, creo que me volví un poco densa, me voy llendo.
Saludos
Mantis, hermoso post.
Comparto mi vida con doce hijos, todos felinos excepto el más joven, que es un humano de mi propia sangre. Y como madre, no me alcanzaria el espacio de la internet para contar todas las historias que compartí con ellos. Pero sí quería decir que al mayor, Tris, aunque no es siamés, me parece que lo lleva el mismo demonio o ángel que tenía su Samuel. Y recibe el mismo amor.
Cariños
Un post más que logrado, que bien descipto. Decir que no me llego sería mentir. Muy bueno. Siempre agradezco este tipo de post que comparten sentimientos y enseñan. Gracias
¡Un abrazo!
Me hiciste llorar la puta madre loco
La verdad que la historia de su gato llega bastante, se nota muy bien el cariño que sentía por ese tierno asesino que fue suyo.
Ahora mascota no tengo, pero puedo contarle de un perrito que llegó a mi vida cuando yo era pequeño, recuerdo ese día, lo trajo mi tío en una bolsa de esas con las que las doñas solían ir al almacén de barrio hace unos años atrás, su viaje en bolsa había sido bastante traumático, ya que cabe agregar que fue en moto.
Mancho era un perro caschi, cruza de pequinés con alguna otra raza que nunca supe, era chiquitito, pero era bastante inteligente, muy buen actor, recuerdo ahora con cariño, como solía hacerse el rengo para llamar la atención cuando otras mascotas habían invadido su territorio, y digo que fingía porque a la hora de mostrarle su correa para ir al parque se le curaba automaticamente la renguera.q
Con mucho orgullo puedo decir que en su juventud fue un macho que con diminuto tamaño se animó a pelearle hasta a un ovejero alemán por defenderme, y es que con el mancho, eramos un equipo.
Para el final de su vida, gozaba de una excelente salud. Un día debí hacer un viajecito de un par de días, y al volver a casa me enteré que Mancho se había perdido, salí a buscarlo incansablemente, pero ese día no logré hallarlo, al caer la nochecita, un vecino le informó a mi viejo que lo habían visto en el parque, a unas tres cuadras de casa. De inmediato salí a buscarlo, soy de Tucumán y esa noche, la del 11 de diciembre de 2006 llovió torrencialmente, y como bien sabrá por los noticieros, la lluvía en mi provincia no es joda.
Me empapé entero, todo, todito, y aún así, no había logrado encontrarlo. Esa noche no dormí, esperé ansioso las luces del amanecer, para salir de nuevo en su búsquedam luego de dos horas, de preguntar, de andar de aquí para allá, lo encontré, a la vera de un arroyo, estaba muy maltratado, y la lluvía había hecho estragos en mi perrito.
Lo tomé entre mis brazos y lo llevé a casa, empecé a lavarlo y vi unos gusanos, por lo que me asusté, lo envolví en una manta y salí a buscar al veterinario del barrio, caminé las 7 cuadras y el muy hijo de puta aún no había abierto y nadie contestaba, una señora que pasaba me indicó que unas cuadras más allá había otro, así que de inmediato emprendí de nuevo viaje, mientras lo llevaba, yo le hablaba y el me movía la cola, sí, el me movía la cola.
En el veterinario fue examinado, y el doctor me dijo que esos gusanos eran larvas de mosca, me mostró una herida en su cuello y me dijo que seguramente había sido producto de una pelea. Me quedé con el un par de horas, luego vino mi mamá y nos fuimos con el perro a casa, aunque moribundo, el perro todavía vivía y movía un poco la cola.
En casa lo recostamos en su camita acolchonada, le pusimos un caloventor, y dejamos que duerma, yo también fui a dormir, estaba muy cansado. Al atardecer mi mamá me fue a despertar con lágrimas en los ojos: Manchito había fallecido.
Me levanté, aún cansado, ya que no había dormido bien, y en silencio fui a cavar un pozo profundo, lo enterré, lo lloré y así le dí el último adiós a quien había sido mi compañero por largos 16 años.
Si, tiene 16, se llama Fernández, es perro marca perro y cada mañana miro con un poco de miedito si sigue respirando.
soy más bien anti-mascota. los animales muy lindos ellos allá y yo acá. pero tengo un perro, por mis hijos, y me rompe soberanamente las pelotas.
fuera de éso simplemente quería felicitarte por tu devoción a ese bicho diabólico y genial. puedo no ser amante de las mascotas, pero que quienes las tienen, se hagan cargo como corresponde, y vos te pasaste, y lo sabés. y samuel, donde esté, también lo sabe.
Yo tengo un gato-perro: el sordo Mingau. Yo le digo: que para que se comporte como un perro, para eso tengo un perro… pero claro, como no escucha…
Tuve siempre gatos, toda la vida.
Los que tienen perro me dicen que no me piacen mucho estos porque nunca tuve uno. Pero no. Me gustan los perros, cuando son de otro (a igual que los nenes)…
El Profe: El campo protestando y usted ocupándose de estas cosas…
Mbrotos: No, los gatos no van al cielo ni al infierno, ni a Detroit.
Mercedes: Tuve muchos gatos negros, todos ellos muy macanudos. Samuel aprendió a hacer todo eso antes de cumplir los dos años o tres.
Lamaria: Uh, el olor a meo que debe haber en su casa. Lo había en la mía.
El otro profe desde tierra del fuego: Abrazo.
Shugo: Si, soy como Sandrini, como Takeshi, te llego al alma con un fierro caliente.
Facundo: Debe estar bueno es de andar en moto adentro de una bolsa. Es casi como jugar al “desaparecido”.
Capitanfla: Cada vez hay más Fernández.
Constanza: No se enoje, que si los nenes quisieran, le encajarían otro más a base de hinchar las pelotas.
Amélie: Depende del perro y del gato, obvio. A mí me cabe más el gato porque no hay que andar bañándolo y no ladra ante cualquier estupidez, cosa que si hacen mis otros perros.
Saludos a todos.
Te cuento que tengo 2 bestias caninas, son Fila cruza con nosequé, que de chiquitos se criaron en el campo saliendo con su padre a cazar nutrias a un cañadón cercano, y hoy en día, aburridos en la casa de mi vieja, se dedican a cazar a cualquier gato, pájaro, o animal que se atreva a meterse a su patio. He encontrado varios gatitos muertos que me dieron mucha tristeza (y luego vino una buena apaleada a cada uno de los perros, no me dirigian la mirada durante una semana), pero no reemplaza jamás el cariño y afecto amistoso de un perro, un gato, no podría cambiarlos!
Un abrazo!
Disfruté mucho de su relato Mantis.
Tengo una gata hermosa pero ahora no vive conmigo o yo no vivo con ella. Es la gata más linda del mundo y no es de raza, quisimos asociarla a los Maine coons pero ni ahí porque es de acá.
En algún momento pensé que estaba gorda pero cuando P. publicó un sitio con gatos gordos realmente me di cuenta de que está bárbara así y tampoco es taaaaan agresiva como pensábamos porque muerde jugando y no siempre. Da muchos besitos también sólo que es medida. :P
Acá un sitio para solucionar problemas con gatos que se comportan de manera extraña.
http://www.telefonica.net/web2/gatorristas/agresividad.htm/
¡saludos !
Uno de sus mejores post, de seguro.
Gatos de a miríadas tuve, y perros unos cuántos. Siameses malvados hubo, gatos enormes hubo. Qué sé yo, algunos por los perros, otros los vecinos, vió como es la cosa…
Quizá el que más recuerde sea al Gato Gordo, ese era su nombre, que con su carisma de gato pendenciero y querendón se supo ganar varias familias secretas por el barrio, que lo alimentaban y ocasionalmente bañaban. Volvía a comer a recibir afecto de su familia original, y lo dejabamos ir, porque un gato que no tiene andanzas es como un perro.
Un día desapareció, suponemos que lo envenenaron, y a muchos de estos animales no les gusta morir frente a sus dueños. Su compañero, el Gato Flaco, desapareció con unas semanas de diferencia.
Tenemos una tortuga en la Unidad Básica, compañero. Manuelita se llama. Es poco demostrativa, fría y calculadora y tiende a meterse en sí misma, pero la queremos y respetamos porque es un vivo testigo de la historia peronista. Nació en el 42 y está en la flor de la edad.
Y ya que estoy, le cuento que no se crea esas historias de que vivía en Pehuajó y que un día se marchó. Las tortugas, aunque no las veamos, siempre están…
UAP, Mamboretá. No se olvide que lo quiero.
Linda la historia del puto de su gato, pero me gusta más cuando baila en la cuerda…
Qué linda historia, Mantis. La verdad, una mascota digna de usted. Y a la vez, cuando llegué a la parte de que era un poco bizco me morí de ternura.
Nunca se me murió una mascota, porque nunca me dejaron tener. A Anduril la iguana, mi primera mascota que llegó a casa a mis 17 años, la tuve que regalar. Y después vino Satriani, mi gato (http://picasaweb.google.com/claudiof/SatriOnline). Y ahí anda, modelo 2000, tiene 8 añitos.
Lo más parecido fue cuando “pusieron a dormir” a Lolita, la gata de un ex novio y amigo de muchos años. Después de pasar por eso, nada de inyecciones letales. Creo que es lo peor que se puede hacer.
Y un gatito que crié de pequeño con ese mismo ex y que perdí de vista con la separación se agarró esa porquería, hemobartonella. Dijeron que si se deprime se muere =/
Ah, y Sonic, el erizo, también medio co-criado con el mismo flaco, se murió después de separados así que no estuve. Y ese es mi historial de mascotas, de la mayoría fui madrastra nomás.
Gracias Mantis por éste tipo de artículos. (Los de política me aburren porque no entiendo nada)
En mi casa hay bastantes, 2 perras, 1 gata y una tortuga. Además tengo 3 hermanos que no sé si los incluiría. Sí, si los incluiría.
Por cierto, la gata también sabe abrir la puerta, hecho que no para de asombrar a los invitados. Para mi es algo tan común tener que poner llave en la puerta hacia el patio…
Un abrazo…
Por cierto, que loco eso de que la gente que no tenga gravatar le aparezcan esas figuras geométricas medias hippies…
Esto es increible, toca Zambayonny en La Trastienda
tenemos que ir !
http://zambayonny.wordpress.com/
Lulo: El Fila es un perro cabeza-cabeza.
Apa: ¿Los de cuestión de peso estarán castrados? Porque gordos, son…
Godize: Mis vecinos hijos de puta me hicieron sonar a más de un gato. Y la de “desaparecidos” que tengo es dolorosa…
(de algunos me enteré que fueron pisados por autos y luego levantados por el camión de la basura, directamente)
Amperio: Lo suyo es la longevidad, compañero. Yo no tengo ni parientes nacidos en el 42, prácticamente…
Carolina: Ponerle a un erizo otro nombre que no sea Sonic debería estar prohibido por ley. Es más, debe estar prohibido en algunos países, imagino.
PD. Yo también apoyo el regreso de los videojuegos con cielo azul y buen gusto (por no decir calidad, destreza, belleza y talento).
Negro: A los artículos que hablan de política yo debería acompañarlos de fotos porno, para que disfrutemos todos.
Sofía: No me gusta que me haga el spam, pero a Zamba hay que ir a verlo, si. Me parece que me anoto, si el tiempo permite.
Mantis, me encantan las mascotas, y la verdad que este articulo es excelente! no solo por la grandiosa historia, sino tambien por su habitual magnifica forma de redactar.
Respecto a lo de Samuel, que le puedo decir? al final demuestra que es cierto que usted es “un amor de tipo”!
Y además soy pura poronga, las tengo todas. De no ser por la miopía sería perfecto.
Mantis, me hiciste llorar, carajo!
Mi gato también hacía pis en todos lados, maullaba hasta conseguir lo que quería… era terrible!
Te felicito por haber experimentado esa relación con un animal.
jasajajaajajaj mantis
vos sos UN CAMPEON loco
un campeon legitimo
Me fue inmensamente grato leer esto, y sepa que me voy a dormir pensando en cada uno de los gatos que tuve, todos tuvieron algo especial.
Como dicen en una pelicula, el que tienen un gato por mascota sabe que ganarse su amor es tan dificil, que conseguirlo es impagable. Seres con un que se yo, que aunque relatemos incansablemente en anécdotas sus gracias y ternuras, el que no tuvo gato, no lo entiende.