Después voy
Septiembre 15, 2007 por Mantis
Era domingo por la tarde. Sé que era Domingo porque soy hijo de padres separados, y el domingo era el día que mi viejo pasaba por completo conmigo y con mi hermana, que hoy habría cumplido 20 años de no ser porque se murió el año pasado. Mierda. Me cago en todos los santos.
Sumérjase el lector en un día húmedo como hoy, seguramente en esta época del año. Resulta que Sebastián y yo estábamos jugando en mi casa. Más precisamente en el jardín (otro terreno cubierto de césped y pinos, debido a que mi casa supo ser en algún momento anterior a mi mudanza, un jardín de infantes) Nosotros estábamos junto a “los juegos”. Así llamábamos a las hamacas, las argollas, y demás partes de una enorme estructura de acero y caños de aleación pintados de vivos colores (no como esas porquerías de plástico de ahora), envidiada por mis amiguitos pero a la que yo casi ni le prestaba mayor importancia.
Y de repente, se escucha que la madre de Sebastián pega un grito, solicitándole al niño, a través de la medianera, el regreso y la pronta recolección de todos los juguetes que había dejado abandonados en el patio de su casa. Sebastián, que disfruta de mi compañía y nuestros muñecos articulados, se niega a ir, pero utiliza la diplomacia intrínseca en las mentiras blancas:
-Después voy –responde.
Pero el después se alarga y alarga. Varias veces más es llamado a gritos cada vez más secos, y como el cuervo de E. A. Poe, sólo responde repitiendo el mismo sonido: “Después voy”. No sirve de nada que mi madre le sugiera la retirada, Sebastián no quiere irse. Finalmente, responde con toda la furia de quien ve constantemente interrumpido su mundo de ilusiones infantiles y es traído a la realidad contra su deseo:
-“Dejame jugar tranquilo, voy a ir cuando tenga ganas”.
Irían, supongo yo, unas dos o tres horas desde el primer “después voy”. No podría precisarlo debido a que el tiempo en aquella época se me hacía mucho más largo y rendidor.
Y la madre de Sebastián toca el timbre. Estaba casi oscureciendo. Ella no “después viene”. Ella es madre enojada, y se llama Silvia. Silvia viene. Y se lleva al pobre Sebastián, a quien el culo empieza a dolerle por las dudas. Mi madre y mi padre asienten con la cabeza, dándole la razón. Sebastián llora, mitad por no querer irse, mitad por sentir que era injusto el mundo de los niños, mitad por adivinar la que se le venía. Porque Sebastián era gordo y tres o cuatro mitades le entraban, fácil.
Y como a los cinco minutos, se escucha que alguien chancletea al otro lado de la medianera. Pero no contra los ladrillos mojados que como baldosas forman el suelo, sino contra las nalguitas de Sebastián. Nalguitas empantalonadas, pero nalguitas al fin. Nalguitas redondas como pomelos colorados que mientras son castigados mueven un cuerpo rechoncho que se agacha y junta juguetes. Lo pude ver todo, subido a un banquito. Cuando bajé, Sebastián seguía recibiendo pantuflazos, y seguía llorando a los gritos.
Y yo, sin nada mejor que hacer, me subí a las hamacas y empecé a reír. Pero no sólo a reír, sino a cantar. Era una risa que cantaba alevosamente. Yo estaba “tarareando” la canción esa que dice: “Esta noche es nochebuena… tralalalalá… lalá…lalá”, con mi risa. Estaba “jarajajeándola”, si se me permite. Porque verlo al gordo llorando y juntando juguetes que se le caían y lo obligaban a hacer todo de nuevo, me pareció lo más divertido en todo, todo el Universo.
Mi padre, obviamente, escuchó mi escándalo y salió afuera, abandonando el interior de mi casa. Mi madre venía atrás suyo, con mi hermana a upa.
-¿De que te reís? –preguntó el viejo moviendo la cabeza de un lado al otro, escuchando los sollozos al otro lado de la medianera y sospechando lo peor.
-¡JA…JARAIJA…JAJA…JAJA…! –respondí yo, sin dejar de columpiarme.
Se quedó desorientado por un momento, pero no por ello se paralizó.
-Lo que estás haciendo está muy mal –me dijo-. Bajate de ahí, Andrés.
Y se sacó el cinturón. Nunca me había levantado la mano hasta ese entonces, ni esbozado las intenciones de hacerlo. Pero tenía que dictar justicia. Hoy me doy cuenta de que mi madre estaba obviamente de acuerdo en eso de que yo DEBÍA ser aniquilado en favor del bien público y el futuro de la humanidad, pero era mi madre. En cualquier otro momento habría luchado con mi viejo e impedido que se me castigara a la voz de “dejalo, yo me ocupo, es MI hijo, yo lo parí”, pero en esta ocasión sólo hizo lo que pudo. La determinación y severidad en los ojos de mi padre debe de haberla convencido, pobre alma, pero así y todo, trató de defender lo indefendible.
-“No, Raúl, pobre… el nene se ríe de nervios… por el amigo” -argumentó.
-¡…JARAJAJAJÁ… JAJÁ…JAJÁ! –proseguí yo, terminando la melodía.
Te quiero, Ma. Tres cintazos por sobre el pantaloncito celeste, contra mi culito inmaculado, fueron todo lo que necesité para ponerme a llorar. Ni siquiera me dio bien, sino que me dejó atajarme un poco, y de costado. Obviamente, así como yo no sabía recibir castigo físico de su parte, el tampoco sabría dármelo. No lo sé. Tampoco sé cuantas veces me pidió perdón esa noche, pero le estoy agradecidísimo por el escarmiento y me emociono mientras escribo a este respecto.
-“Vos no entendés… es muy gracioso” -dije entre lágrimas, antes de rumbear hacia el interior de la casa, sin mirar atrás, y sin saber que un día como hoy iba a estar compartiéndolo todo en forma de artículo narrativo, con todos ustedes.
*Quiero dedicar este relato obviamente a mi papá Raúl, mi hermanita Noelia y mi primo y mejor amigo Darío, mis muertos más queridos. Los extraño a los tres, todo el tiempo, con todo mi corazón. Ya nos tocará encontrarnos de vuelta… Después voy.
Su articulo me hizo reir cuando iba por la mitad y en el final me ha hecho reflexionar un poquito acerca de muchas cosas.No se preocupe por los que se han ido.A todos nos falta una persona que fue enormemente importante.En mi caso mi madre.
Solo se que donde sea que esten, estan muy conformes con usted, porque hace lo que le gusta y siempre hubieran querido que eso fuera asi.
Si, ¿vió? Ahora hago reir y llorar, como Sandrini. Eso dicen de Sandrini, no sé. Nunca ví una película de Sandrini.
Ahora… ¿de dónde sacó que hago lo que me gusta?
Wau, me quedé frío.
Pero respondió al interrogante.
Vió que la malicia es algo intrínseco en los jóvenes?
Coincido en los previos comentarios, me reí, y también me gustó mucho el toque de melancolía de esto, encima el día ayuda, pucha!
Muy bueno este blog, seguiré leyendo más y más, Salud y chin chin con mi mate lavadito y frio….
PD: “era gordo y tres o cuatro mitades le entraban, fácil” JAJAJJA, pobreciiiiittooooooo
Lo leí rápido, luego lo releí despacio y todavía no sé si me gustó o no, pero que sentí, sentí. Felicitaciones por la redacción y el manejo de las emociones.
adhiero: con lo de las mitades me rei durante unos 12 o 13 segundos sin parar…
igual, lo q no termino de entender es la sutileza (?) de la cancion de navidad… o sea, porq la cancion de navidad??? porq?!?!?! (lease al estilo de: “alguien puede pensar en los niñooos?!”, gritado por homero)
un saludo!
No me extrañó su risa. Tampoco la explicación. Tampoco su gambeta al cinto.
Más allá de todo, parece que ese momento hizo que algo en el Andrés cambie. O acaso no, vaya uno a saber.
De todos modos, mi pregunta, ¿acaso puede que Don Raúl esté esperando con el cinto aun? ¿Por los hechos nuevos?
Saludos.
Don Mantis: es curioso cómo la muerte y la risa acuden a nosotros en situaciones disparatadas. No sé si recordará; yo hace un tiempo hice un post en el que contaba cómo me reía mientras a los padres de un conocido le comunicaban que su hijo había muerto. En su caso, usted era niño e inocente. Yo tenía veintitrés años. Seguramente, me faltaron unos buenos cintazos a la edad adecuada.
Saludos.
Voy a robar “Jarajajear” para el exonario.
me emocionó hasta las lágrimas
Chapeau!
Taurino: Si, lo que hice fue de hijo de puta.
Merengada: Gracias, vuelva pronto.
Claude Contin: Momento, que yo no metí mano como para que ande sintiendo…
Hernan: No sé… supongo que la melodía era pegadiza. Vaya uno a saber.
El Guz: Uh… que se yo. No, espero que no. Pero es que me porto bien casi constantemente, mis defectos son nomás ser medio vago y ultraderechista de a ratos, pero mi viejo era todo eso en cierta medida.
Jorge Mux: Sí, recuerdo su texto… pero creo que no podía catalogárseme de inocente. Jarajajear es cosa de hijo de puta, como ya supe decir.
(por cierto, la frase completa que no salió en el artículo era: “estaba jarajajeándola, si se me permite el exonarismo involuntario”. Se editó para que el lector no al tanto de su blog no se me desorientara mucho)
Ana: No llore, que es medio en vano. Sufra en seco que es más limpio.
Qué lindo Mantis!!
Admiro mucho su narrativa, verdaderamente.
Un cintazo a tiempo evita la jarajajeada eterna…
Bueno, no creo que el “cintazo” de mi padre me haya evitado un futuro de delincuente, pero estoy seguro de que con palabras no se me habría pidod desalentar. Tenía el diablo metido dentro… o de lo contrario no me habría comportado de tan vil manera.
Yo sabía que estaba mal, obviamente. Y así y todo jarajajeé.
*podido
Que tristeza!
Yo los hubiera dejado que sigan jugando!!
Bastante difícil de imaginar era la anécdota, ahora es para reflexionar ¿Por que hay en los niños esa especie de “crueldad” —pongo comillas porque no concibo ese sentimiento en ellos— que les permite burlarse u hostigar y aún atacar al compañero más débil, o al más pobre o simplemente al “diferente”? Sin embargo emergen de la mayoría de esas situaciones con un simple “cosas de niños” y no quedan sombras ni dudas que empañen la dicha futura, es para mí un misterio que seguramente está relacionado con su sorprendente capacidad de adaptación a las condiciones más adversas y aún asi sobrevivir como jugando y apostando al porvenir.
Que ternura y cuanto amor, está bárbaro que hayas hecho esto y lo compartas con nosotros, el recuerdo siempre sigue vivo…
Hoy te regalo un besote!
=)
Los niños son intrínsecamente malos.
Está en su naturaleza.
Lo bueno es que la juventud es una enfermedad que se cura con los años.
La estupidez, por ejemplo, no. Esa es crónica.
Le mando un beso en la frente.
=)
Sólo pienso decir lo siguiente:
No sabe lo bien que le hace a mi alma leer algo tan maravillosamente bien escrito.
Le agradezco y lo felicito, todo a la vez.
Saludos.
Sospecho que el ejemplo, durante toda la vida, en el dia a dia, que nos dan nuestros padres, pueden más que cualquier chancletazo en el culo para evitarnos el camino de la vida fácil que tarde o temprano termina en la delincuencia.
Muy buen post.
Un abrazo.
Ah, yo vi alguna película de Sandrini. Un cómico que no me llega e infaltables golpes bajos.
Chester: Bueno, tampoco se ponga así. Saludos.
Alberto Jose: La vida fácil es la mejor. A mí me encantaría poder levantarme a las doce y desayunar empanadas, sin tener que venir a laburar.
Yo lo maldigo por lograr hacerme temblar el párpado de emoción. La verdad, usted está pelando, Mantis. Un saludo y lo felicito.
No, no …. eso de estar pelando me impresionó en serio. Me tembló otro párpado. Saludos, y gracias.
si no hiciera lo que le gusta, no podría hacerlo tan bien.
(obviamente hablamos de la escritura. qué sé yo qué cornos hace Ud. además de este blog.)
Ahhh… yo en mis ratos fuera de este blog barnizo escarabajos y salgo a venderlos en los colectivos.
Saludos.