Recuerdo la primera vez que pasó. Jueves a la noche, enero del 2004. Fue cuando nos dimos cuenta de que el pibe daba para mucho. Al principio creíamos que era una joda más, de las tantas que dejaba caer después de tragarse el gusanito del tequila. Pero resultó que no.
-Miren, miren –dijo antes de callar definitivamente-. Se van a caer de culo.
El primero de los seis en darse cuenta (porque éramos seis, más Carlitos) fue el Chino Poclava, como siempre:
-¡Es el de Brigada A! –exclamó-. ¡El de Rocky III!
-¡No puede ser!
-Loco, esto da miedo…
-¡Boludoooooo…!
Y era imposible no darse cuenta, porque Carlitos estaba imitando los sonidos de Mario Baracus a la perfección. O mejor dicho, la falta de los mismos. No podría jamás habérsele confundido con ninguna otra cosa, considerando que Carlitos tenía poco de negro y menos aún de hercúleo. Pero Carlitos, en silencio, era igualito a Mario Baracus. Sin hacer gestos; sin improvisar vestuario ninguno. Sin siquiera moverse del sillón.
Desde aquella noche, Carlos Alampi desarrolló abrumadoramente la capacidad de imitar silencios ajenos. Como todo grupo de amigos que comparte códigos únicos y en el que cada uno se cree más piola que el resto, no tardamos mucho en ponernos de acuerdo e intentar desentrañar las razones o al menos el origen, el secreto de ese talento. Me animo a decir hoy, pasados varios años, que lo que teníamos era envidia, nomás. No sé si de la sana, pero nacida de la fascinación más sincera.
Comenzamos entonces a pedirle imitaciones nuevas. Él traía diez, o doce por semana, y previamente nos pedía ver ciertas películas o programas de televisión. Nuestro juego consistía en dejarlo a Carlitos hacer su gracia y limitarnos a anotar en silencio sobre un papelito la respuesta que creíamos correcta. No necesariamente adivinábamos los seis (la existencia de Ken Watanabe no tiene porqué ser conocida por todo el mundo), pero en caso de no saber alguien la respuesta, jamás se arriesgaba sin saber, para no contaminar las predicciones del resto. Tampoco era condición ineludible el conocer el nombre exacto del imitado, bastaba con dar referencias. Lo que para mí y otros fue Robert De Niro, para el chino fue “el loco de Taxi Driver” y para alguno, “Vito Corleone”. Pero era suficiente.
Eventualmente comenzamos a preguntarnos si no seríamos en realidad nosotros los responsables. Imagínense: un grupo de personas que pasan tanto tiempo compartiendo cosas y tienen y tuvieron tanto (o a tantas) en común, tarde o temprano termina formando parte de una cosa más grande que su propia organización psicofísica. El resultado es superior a la suma de los componentes. En una de esas, éramos nosotros los que pensábamos parecido, y él tan sólo hacía las veces de parabólica humana, de pararrayos espiritual. Entonces, y violando todas las reglas de las noches de los jueves, el chino se fue a un bar en el que todos esperábamos ansiosos (y pretendiéndonos desconocidos), e invitó a un compañero de laburo, con la excusa de haber perdido ex profeso una apuesta del orden de: “te juego una cerveza a que a la abogadita me la levanto esta misma tarde.”
-¿No se parece a alguien, este tipo? -preguntó el chino señalando en dirección a la barra en la que Carlitos se hacía el sota, con el “mute” de su cerebro puesto-. Yo lo veo parecido a alguien de la tele.
-¿Cómo se llama la mina esa… que está rebuena…? -dijo el pobre flaco-. Medio como que tiene un aire a… ¡Sandra Bullock, pero en chabón!
Y tenía razón, al menos, en la identidad de la imitada. Yo había anotado: “la que actuó en “El Demoledor” y “Máxima Velocidad”, porque no me salía el nombre. Carlitos no hizo otra cosa sino esperar a que se fuese para matarse de risa. Del chino, de su compañero, de todos nosotros. Y en una de esas, hasta de si mismo. Le relampagueaban los ojos al desgraciado. Lejos de asustarse de su propia condición, paradójicamente inimitable, nos lanzó el siguiente desafío antes de llenarse la boca de maní:
-No importa donde, como, ni cuando; ustedes elijan a alguien, lo que quieran, que yo se los imito la próxima vez que nos veamos. Elijan al azar, piensen fuerte.
Al otro martes, Carlitos cayó en un coma profundo. Nos avisó su viejo, a la noche. Nos llamó a todos de a uno, por orden alfabético de acuerdo a la guía telefónica. A todos nos dijo el mismo discurso destruido: que los médicos no sabían nada, que había discutido con su novia, que estaba mirando televisión y se desmayó, que era cosa de Dios, que estaba internado. Que fuéramos a verlo. Yo estoy seguro de que sí, fue cosa de Dios. Porque un don como el de Carlitos (como tal vez todos los dones) no se obtiene sin intervención divina.
Dicen que fui el único que no se dio una vuelta por el hospital; que quedé mal en serio. Dos días después, el imitador de silencios se murió. Y no importa lo que crea su novia: es obvio que Carlitos se mató sólo, se inmoló. Eso lo sabemos los que estuvimos con él mientras sus capacidades se desarrollaban hasta lo absurdo, imitando en el silencio a actores del cine mudo e incluso a conductores de magazines radiales. Se desnucó sin querer, como un toro que en bajada se estrella contra una pared roja. Por eso el chino se echa a sí mismo la culpa y cree que nuestro amigo no pudo salir de una última imitación, cayendo por error a imitar justo en ese rato de la tarde que el chino pasó en el cementerio de la Chacarita junto a su hermana, que es estudiante de medicina, coimeando al sereno para conseguir una calavera y algunos otros huesos de esos que no le importan a nadie a la hora de la siesta.
A Carlitos se le fue de las manos la proeza, mientras la practicaba. Es posible. Como si se le hubiera escapado un tiro. A mí me alcanza con la hipótesis del chino. Así, calladito en el cajón, con los ojos cerrados y la boca pegoteada, Carlitos estaba igualito a alguien, seguro. La macana es que… andá a saber quien era ese fulano.
Yo hubiese preferido que lo velaran a cajón cerrado.
*Este es otro de esos artículos “homenaje” de los cuales supiera hablarles meses atrás. Le falta el dibujo para acompañar, siendo Carlitos un Artista Irrelevante. Lo dejo a criterio del homenajeado.
Muy buen relato, don Mantis.
Y ya que estamos, dígame una cosa, ¿le llegaron las preguntas para Chinchulín?
bien bien bien Mantis
Creo que los comentarios son proporcional al nivel de comprensión del artículo.
Y me incluyo.
Un saludo Sr
Con UD. recuperé la capacidad de asombro amigo, inquietante relato, demaciado bueno como para no opinar y pasar por alto semejante historia, fraces como “la capacidad de imitar silencios ajenos”, por favor que buena frace.
Y me mató con “imitando en el silencio a actores del cine mudo e incluso a conductores de magazines radiales”, impresionante, estube una hora pensando en esa parte.-
Un abrazo Don Mantis.-
pd: infinitamente agradecido por haber encontrado su blog.-
Bug: Sí, ya le llegaron, en esta semana me las devuelve y se las mando al instante. Estamos buscando una reconciliación.
Gabrielaa: Gracias
Negro: Saludos para usted.
Pay: A Hugo Guerrero Marthineitz lo sacaba igualito.
Gracias don Mantis.
Me ha gustado mucho este cuento. Un saludo infestado de respeto.
Hay días, Mamboretá, en que su pluma levanta altura. Me gusta cuando hace eso, compañero. Mucho más que cuando baila en la cuerda para alegría de la canalla…
Soberbio, tal como nos tiene malacostumbrados.
Debo confesarle que tiene cierta reminiscencia dolinesca, si cabe la comparación.
Besos en la frente.
Saludetes a todos, que hoy fue más íntimo y estuvimos pocos.
Queridísimo Mantis: hacía tiempo que no pasaba por acá. Tal vez por eso mi vida se estaba desmoronando y tuve que buscar ayuda en Pare de Sufrir. Su relato excelente. ¡Muchísimas gracias! No tengo palabras…
(No me diga que por un segundo no me parecí a Carlitos).
Cuando menos se lo espere, recibirá lo que pidió. Por lo pronto, hágole llegar un abrazo irrelevante.
Rodolfo Fucile
Te pasaste. Me encantó. Felicitacioooones!
Gracias, gracias. Carlitos se hace querer.
Me recuerda a algunos relatos de Fontanarrosa