Viernes último, 20 de abril. Para festejar el éxito de algunos proyectos laborales era menester que los elementos más directamente involucrados en el asunto nos diésemos a festejar en un precioso salón ubicado en el subsuelo de un establecimiento de esos que abogan por la cultura del vino y venden vino, sirven vino, coleccionan vino y –doy por sentado- cuentan con empleados que sueñan con vino y hablan en vino. Por si les interesa y saben ubicarse, diré que queda ubicado sobre la Avenida Alem al 800, casi frente a las torres “Catalina” y el edificio Carlos Pellegrini.
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Pero la reunión era a las seis de la tarde, y apenas eran las tres cuando yo me encontraba ya libre de polvo y paja. En casi todos los sentidos. Algo así, no sé. No elegí la mejor de las expresiones. En fin, volverme a casa a dormir y olvidarme de todo era una de las opciones; la otra: vagar como Michael Landon en “Camino al Cielo”, y hacer tiempo durante tres horas, pero sin el cáncer. Opté por esta última y recorrí buena parte del microcentro mirando vidrieras, alarmándome con los precios para turistas en las regalerías y metiéndome de a ratos en los videojuegos y librerías. A eso de las cinco de la tarde ya nada más que hacer tenía, por lo que decidí buscar un lugar (cercano al “borrachódromo”) en el cual sentarme a esperar con la mirada perdida. Además, afuera y junto al río estaba comenzando a soplar un viento frío y estaba oscureciendo. Sí, así de divertido soy. El lugar elegido fue un bar con aspecto antiguo y no muy aprobado bromatológicamente. Se come más rico en ellos.
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Pero antes de entrar, mi tacañería me hizo revisar las posibilidades comestibles y sus precios. Me concentré en estos dos elementos:
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Gaseosas: $3,5
Traviatas: $3,5
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En mi billetera tenía un “ticket restaurant” de siete pesos, por lo que ni siquiera debería gastar dinero real, lo cual me llenó de goce. Sólo la propina, y si era necesario. Me regocijé. Entré y -tras descargar mi mochila sobre una silla- hice mi pedido. El mozo es era un tipo con cierto aire a un Alfred Molina apenas más joven, pero mongoloide. Pantalón de vestir y camisa verde-agua. Las otras mesas estaban vacías, de no ser por una que ocupaba una morocha a mi costado y otra al fondo, escogida por un señor de traje gris, parecido al periodista Walter Nelson. Nótense todas las precisiones que estoy dando.
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La orden llegó rápidamente. ¿Cuánto trabajo podía costarle al tipo poner tres o cuatro fetas de jamón y queso entre dos galletitas de agua y buscar una botella? Comí todo con entusiasmo, deleitándome ante las impresiones digitales del mozo sobre el queso. Realicé algunas anotaciones en mi agenda, corregí algunas notas de La Tierra Interior y faltando quince minutos para las seis pedí la cuenta.
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Ahora bien, para entender lo que presentaré a continuación es necesario que yo haga hincapié en algo de lo que supe hablar en anteriores ocasiones: resulta que (algunos de ustedes ya lo saben) tengo mucha cara de estúpido, ingenuo e inocentón. De inocentón tonto, muy tonto. Soy un pichón de esa cruza entre inocencia y niñez que disimula mi edad a niveles escalofriantes a pesar de mi gran tamaño. A veces me miro al espejo y me entristezco. Me digo: “Viejo… no puede ser”. Pero es. He utilizado este recurso a mi favor en muchas ocasiones y no lo cambiaría por nada del mundo, lo reconozco, pero a veces fastidia. Los anteojos no ayudan.
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-Ocho pesos –dijo el mozo parándoseme al lado.
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Fruncí el ceño. El muy bastardo me estaba cobrando la propina, o aprovechándose de que no le pedí la carta al sentarme. Durante mi ratito en la gastronomía presencié todas esas faltas de respeto y otras iniquidades humanas que mejor ni contarles, pero no quise hacer escándalo. Esa propina impuesta sería todo lo que ese tipo recibiría de mi parte, y me encargaría de hablar pestes acerca de ese establecimiento de allí a la hora de mi muerte con cuanta persona se me cruzase, denostándolo también en todos los foros gastronómicos a los cuales pudiese tener acceso. Se me hizo como un trato justo, de cristiano sabio. Entonces le di el vale alimenticio más un billete de $2. Me dio $1 de vuelto. Lo guardé.
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-¿Me hacés un ticket? –pedí. Pero no le quité los ojos de encima, porque resultaba evidente que para hacerme la factura iba a tener que inventar algo. Lo que suele hacerse en estos casos es hacer una factura por el importe total, sin especificar. Contaba con que hiciese esto, pero el tipo me sorprendió, ya que caminó para atender a otro cliente (o simuló hacerlo) y nunca se dirigió a la caja registradora. Yo también actué, como si estuviese distraído resolviendo asuntos laborales importantes. Hasta saqué el celular y puse cara de: “estoy en otro mundo”. A él, le debe haber parecido más cara de: “retardado en otro mundo”. Tras demorarse un rato entre las mesas a mis espaldas, apareció con un ticket por un total de $9. Nueve pesos.
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-¿Y esto que es? –pregunté.
-El muchacho (un hombre de sesenta años, mínimo; probablemente el dueño) se equivocó y facturó nueve, pero es ocho –me respondió.
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Me horroricé. La idea de que podía estar luciendo especialmente estúpido esa tarde se clavó entre mis costillas con violencia, como un lanzazo. ¿Sería la camisa? ¿Los zapatos nuevos? Diablos, iban a estar todos los jefes en esa reunión, y yo iba a llegar viéndome como Nicole Neumann después de un accidente cerebro-vascular. Miré la hora en el ticket. Había sido impreso a las 15.13 hs. Miré mi reloj: 17.50 hs. Era momento de ver cuan cristiano podía ponerme antes de romperle el boliche y que me viniese a buscar un patrullero.
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-¿Me hacés un ticket, por favor? Te confundiste (soy un dulce) y me trajiste un ticket de otro, fijate la hora…
-…
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El tipo fue, y finalmente se escuchó el ruido de la registradora, previa conversación entre murmullos al oído del viejo y un señalarme con un gesto que fingí no ver. Recibí entonces un ticket que denunciaba un total de $8 abonados en efectivo, al mozo #4, a las 17.55 hs. CUIT 30595370503 perteneciente a LEGARES S.R.L., con domicilio en Leandro N. Alem 1028. Nótese que sigo dando precisiones y que anoté todo porque sabía (intuía) que esto terminaría en un artículo damospeniense o una causa penal y mucha sangre en mis manos.
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Pero no podía marcharme así nomás. Ustedes saben que mi idea de la justicia y su directa relación con el equilibrio cósmico me llevaron otrora a desquitarme con una panadera piola y con un heladero estafador. Pero a estos tipos quería incendiarles la barra. Cargué mis cosas en la mochila y me dirigí al baño, ubicado al fondo del local, escaleras arriba. Tras hacer pis y procurarme prolijidad ante el espejo pensé en arrancarle el inodoro. Honestamente. No lo hice porque imaginé que me mojaría todo, amén de contagiarme cualquier podredumbre. Entonces, mientras salía, encontré la solución. Detrás de una puerta entreabierta en una habitación lindera, descansaba el depósito de bebidas. Nadie miraba, nada de cámaras. Robarle algo sería una buena forma de educarlos, y tras asegurarme de que nadie me estuviese viendo manoteé de un cajón una botella de gaseosa. De las de vidrio, retornables, de 350 c.c. Y otra. Y otra. Y otras. Siete en total. No entraban más en mi mochila y creo que desarrollé una hernia de disco en los metros que recorrí cargándolas hasta la calle.
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Finalizaré el relato diciendo que dos linyeras cartoneros y un nenito parecido a Chinchulín saciaron su sed, siempre bajo la condición de que me prometiesen agradecerles (y devolverles las botellitas junto a la factura de $9) a los señores del café de la otra cuadra, que habían sido tan atentos y generosos. Luego me dirigí al evento en la vinería y me deleité con unas tablas de quesos, fiambres, galletas y panes verdaderamente deliciosos. También conocí al jefe del jefe de mi jefe, quien resultó ser un señor joven con el que había conversado algunas veces, que siempre me había caído bien y con el que nunca había, por fortuna, dicho ninguna barrabasada del tipo: “si esta fuera una empresa seria, la máquina de golosinas tendría salamines de vez en cuando”. Porque le digo eso a casi todo el mundo.
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La séptima botellita pasó la noche en mi heladera, por supuesto. No voy a abrirla nunca, porque no la robé con otro motivo que no fuese la justicia: va a quedarse así para siempre. Imagino que le otorga a esta anécdota una inmortalidad modesta, única clase de eternidad a la cual tiene acceso el hombre común por estos días.
Las apioladas de los comerciantes (junto con los automovilistas) son las causas por las que algún día me convertiría en un potencial Cho.
Siempre estoy pensando venganzas cuando me siento estafado -o maltratado-, pero nunca me animo a llevarlas adelante.
Bien por usted Mantis.
Ahora, entre nosotros: con semejante confesión (dio una gran cantidad de detalles, es verdad) me preocupa un poco su situación legal.
Saludos!
Muy bien. Yo no tengo el coraje de hacer eso, no podria agarrar las botellas y es mas, hasta me hubiera llevado el ticket sin mirar…
No creo que lo relacion directamente, no creo que se pongan a buscar en Google si alguien puso en un blog lo que sucedio el 20 de Abril.
Bueno, algunos datos y referencias fueron modificados para evitar conflictos serios. No se tomen todo tan a pecho.
A lo único que tienen que creerle con toda violencia es a los datos del café, bar o casa de estafa, como quieran decirle. Y a que el tipo es parecido a Alfred Molina.
Nunca pude robarme algo, a excepción de una pelotita de golf y alguna que otra cosilla de hotel. Pero esas ya están consideradas souvenirs en estos tiempos.
Me parece bárbaro que haga justicia a mano própia, estoy empezando a dudar que exísta otra manera.
Saludos.
No sé… yo no creo que sea robo con todas las letras, porque no me dió ningún tipo de placer furtivo, ni saqué ventaja. En realidad, no voy a tomarme la gaseosa.
Si quieren digan que fue venganza, sí. Tenía que desquitarme sólamente. Era eso o sacarles un inodoro. Y lo que más le duele al que te quiere cagar un peso, es que le cagues dos.
Una especie de llanero solitario del microcentro. Felicitaciones, yo tengo los cojones de ejecutar semejante venganza. Y en el caso que los tuviera, soy lo suficientemente torpe como para terminar en cana por hurto.
slds
Mi señora esposa labura a 20 metros del borrachódromo, mirá vos.
Y, si la dirección física de la casa de estafas es real, ya me encargaré de ir y preguntarles si notaron un faltante de gaseosas el 20 de Abril. Si llegan a decir que sí, les retrucaré que fue un Robin Hood con cara de (según Ud.) estúpido. Pero sin un pelo de tonto. ;)
me parece excelente… se lo tenian merecido…
me rompen mucho las pelotas las apioladas de ese estilo…
una vez estuve casi media hora discutiendole a un “señor” de uno de esos kioskos estafadores del microcentro conocidos como 25, porque SU maquina de Nescafe me habia tragado las monedas que me habian dado que supuestamente servian… acusaba de que era de nescafe la maquina y que el no tenia nada que ver, aunque estuviera en el kiosko…
tremendo quilombo…. termino devolviendome el peso con cincuenta.
creo que se cual es el bar, nunca entre, pero esta, a partir de ahora, en mi lista negra.
Saludos!
Si me hubiese agarrado, le habría armado un escándalo, carta y factura en mano. Y si tenía que venir la policía, que viniera: a ver quien pierde menos. En el peor de los casos yo pasaría la noche en la comisaría, pero el tipo iba a perder un par de clientes y la coima a los agentes.
Y la coima a Salubridad, porque con esa “unica llamada” de las películas, yo iba a llamar a bromatología.
Sospecho que ud debe dar miedo cuando se enoja… sospecho nomás.
Ahora me dio más curiosidad con conocerlo a ver que tanta cada de inocentón tiene… igual tengo la idea que los “carita de bueno” son… de cuidado
Besos
“Retardado en otro mundo”, inquietante.
Che, bo, les quería recomendar el blog de lalombrizelectrica.blogspot.com
Saludos!
La historia está narrada de una manera excelente.
Me han ocurrido sucesos similares cuando voy a Coto o a Vea (o Disco, según la ciudad): publican un precio en las góndolas y cuando llegás a caja te cobran otro. Esto lo hacen de manera sistemática: yo he ido a comprar varias veces latas de caballa La Campagnola, que figuraban a $ 3.89, y en la caja te las cobraban… ¡5.30!
Mucha gente que lleva varias cosas, pasa de largo.
Aquí la diferencia era mucha, pero siempre que pueden te comen con diez o quince centavos en algo.
Ud. es más peronista que lo que parece, compañero.
UAP, mi cuate.
Pero la sanción debió recaer, tal vez, sobre el traicionero del mozo y no sobre el patrimonio del dueño del local; acaso no hubiera sido más justo.
Aunque la asociación “ilícita” ya era entre el mozo y el que emitío el ticket sin especificar.
El dueño del local ya de seguro se ve perjudicado por esos 2 ladrones que no le facturan lo que expenden y se lo meten en sus bolsillos.
Quien es usted?? le exijo ya que se identifique! Me debe 37 pesos! ($4 pesos la coca).
ESTAFA
COCA
BOTELLA
ROTA
EN
CABEZA
DE MOZO
SANGRE
Caliope: Nah, soy un pan de Dios.
Igor: Yo voy, amigo, pero inaugúrelo, que está cerrado segun parece. ¿Me dio bien la dirección?
Mux: Ay, gracias. Su comentario también fue narrado de manera excelente. Y lo de las góndolas es cierto. A veces las mismas llegan inclusive a mostrar dos precios distintos. La ley dice que se tiene que cobrar lo que dice la góndola, y por eso mi novia siempre me demora como tres horas revisando el ticket. Es obvio que cuando nos casemos ella va a cuidar la plata mucho mejor, por suerte.
Amperio: Y usted no lo es tanto, compañero. Pero el único peronista completo es el General, los demás somos peronchos.
El Guz: Si, obvio, asociación ilícita hubo seguro. Pero en cualquier caso, el dueño le va a reclamar las bebidas que faltan al mozo.
El Idiota: Si querés, vamos a juicio, no hay drama.
gaseosas (350 cc): $3,5! traviatas: $3,5!
Con estos precios ya debías haberte dado cuenta del afano!! Yo creo que el tipo solo siguio sus instintos y se dijo: si con estos precios se sentó a pedir algo…ni se va a dar cuenta cuanto le cobramos
Ustet se merece el premio sable laser de oro , por su heroico acto de justicia.
Saludos Don Mantis
Silvina: ¿Usted consigue la gaseosa de restaurant más barata? Mire que suelo frecuentar restaurantes, cafés y semejantes sin encontrar precios mucho mejores, eh…
Es que; por suerte a mi precario entender, no vivo en capital federal ni siquiera en la provincia de Bs As (que son lo sitios donde mi capacidad de asombro ante el “no-asombro” de la gente frente a esos precios, se pone en movimiento).
Pero cuando la visito tampoco me han afanado de tal forma che! (igual debo ser yo y mi manía de frecuentar tugurios) =)
A mí no me engañan!
Robin Hood existe y es arrrrrgemmmmtino, canejo!
El touch de mandar a los cartoneros y al simil Chinchulín a agradecer fue de luxe.
Sepaló.
Argentino y mántido.
(anoche pagué $4,30 una gaseosa de identica capacidad. Sigue sin ser carísimo considerando los precios que manejan algunos restaurantes)
NAAAAAAAAAAAAAa…me taz jodiendo no??? Me querés engañar por provinciana y pajuerana…pero sé tus intenciones
Ahhh, ahora entiendo algo q pasó allí hace unos 4 meses:
Resulta q llegando a la ofc, ya q trabajo casi en el edf de al lado de ese lugar y en horas de muy a la mattina, estaba la vidriera rota del local winero y el super-gigante-estrambótico-tv-de-lcd/plasma? de 32″ (o era más grande?) con la soberana madre de todos las pedradas recibidas.
Si fué por un comensal/libador q trataron como a ti, MUY BIEN HECHO.
Ahora tienen unos ex-qui-si-tas cavas para wines. Lástimas q sean tan pesadas. :D