Cuando algunos dicen que la felicidad descansa en las pequeñas cosas, por lo general quieren justificar la vida miserable que llevan, o el mal comportamiento de sus hijos que naciendo, les impidieron probar suerte como corredores de fórmula uno, guitarristas rockeros o espadachines legendarios. Yo soy feliz nomás sabiendo que estoy vivo, más o menos sano y libre de amputaciones y enfermedades terminales: a eso he llegado. Y de alguna manera eso me hace sentir sabio.
Pero a veces, determinadas estupideces mínimas consiguen elevar ese nivel mediocre de felicidad de un modo casi injustificado, poniéndome -lisa y llanamente- de muuuy buen humor. Al día de la fecha, reconozco que recibo inmediatas y orgásmicas paladas de placer cuando (por ejemplo) de golpe y porrazo, me encuentro a las puertas de comer algo rico e inesperado. Llegar a casa y que mi madre diga algo así como: “Fijate que hay tarta de jamón y queso, en el horno. Tibia”, alcanza para que deje de lado la idea de volcarme a la bebida.
Curiosamente, la sensación antónima (me gusta más que las expresiones “opuesta”, “contraria” o “antagónica”) es despertarme veinte minutos antes de la hora señalada. En mi caso: las 5.30 am. Dios mío, que desesperación. Despertarme a las cinco y diez minutos tras haber soñado que me corre un dinosaurio (suele pasar) es activar ese interruptor que me lleva a ponerme “talibán” con todas las cosas. Pero hoy experimenté un estremecimiento semejante llevando a cabo un acto despierto. Esta vez, pude haberlo evitado.
Saqué boleto de ida y vuelta cuando sé que no voy a volver en tren.
Porque tengo que pasar por el dentista y voy a volver en colectivo. La hice bien, porque no importa cuantos millones de dólares pueda amasar de aquí a mi muerte explotando a otros seres humanos: jamás recuperaré esos 95 centavos (¿quién demonios soy para permitirme esos lujos? ¿Donald Trump?), que para peor, no vienen a ser una moneda que se cae en la calle y hace feliz a quien la encuentra, sino que van a parar a las arcas millonarias de un vórtice gigante que ni siquiera se entera.
En resumen: estoy lleno de odio. Ayúdenme a sentirme mejor. Y no me recuerden el hecho de que me encuentro a dos o tres recibos de sueldo de una sobredosis de somníferos.
Eeehhp…me gusta ayudar pero….¡ya sé! mirá si el pasaje hubiese costado más entonces la pérdida sería mayor y..¡no,no! esteee…¿no pensaste ser una especie de magnánimo mecenas y regalarle el boleto a alguien que retornaba? ahi sí quedabas muy bien con él y contigo, bueh, me parece…