Lo de hace unos días, de las anécdotas referidas a lo bruto en los adeptos al culturismo físico fue un absoluto desastre. No creo que haya habido en Damos Pen@ un artículo menos exitoso, y estoy contando incluso a aquellos que no fueron leídos por nadie, publicados a principios del año pasado. Lo salvaron algunos muchachos como el valeroso Amperio, a quien Chinchulín terminará entrevistando aunque no quiera.
En las primeras cinco horas de estar publicado, sólo se recibieron cuatro comentarios de mujeres a las cuales les encantaba la idea de tener un brutito (o casi) para ellas. Lo que jode es que después se quejan y salen a decir que las modelos son desnutridas, taradas, que Carla Conte es fiera, que la otra está operada, que son todas gatitos que viven en pose mostrando el upite, que tienen pinta de travestis o que no servirían para nada porque no son mujeres reales con celulitis, que los hombres que dejan a sus novias o esposas siempre lo hacen cambiándolas por “una más negra, gorda, fea o chueca” y que se yo cuanta otra palabra. Eso me explica muchas cosas.
Primero: Alguien alguna vez dijo que el hecho de que la mayoría de las personas que hacen equitación sean mujeres (y a las niñas les gusten los ponys) debe tener algo que ver con eso de que tal actividad consiste en subirse encima de una criatura sudada, fibrosa, vigorosa y muscular que no sabe decir una palabra pero es feliz obedeciendo órdenes, resopla con fuerza sin molestarse y es casi por definición la quintaesencia de la virilidad y masculinidad. Por algo el polo es el delirio de los nobles británicos como el príncipe Carlos.
Segundo: Los buscan tiernos, sensibles, inteligentes y compañeros para toda la vida, pero las infidelidades se cometen con el sodero o en su defecto, con Cacho Castaña. O el sodero de Cacho Castaña. A Hugo Grant se lo crucificó por haber hecho únicamente lo que las señoras vienen haciendo desde siempre: sacarse las ganas con el más maltrecho caballito de batalla. Pero en los comments se llegó a nombrar a Carlos Tevez, homínido feo como vomitar sidra caliente por los oídos.
Pero tercero, y por sobre todas las cosas, también me hace entender lo siguiente: cuando escribo en Damos Pen@ corro el riesgo de pedir una pizza y que en su lugar se me traiga una bolsa de portland. Ya no se me entiende. Siempre creí saber expresarme con claridad a la hora de decir algo, pero veo que no es así. Perdí la capacidad de expresarme.
Por algún motivo, muchos de los comentarios fueron los que habría esperado si yo hubiese enarbolado una crítica u oposición envidiosa al culto al físico revalorizando la ortografía y las buenas costumbres a la hora de redactar algo, cuando en realidad lo que quería era reírme de un panfleto y conseguir alguna anécdota interesante. Los textos pertenecientes a la institución en cuestión podrían haber sido perfectamente corregidos por Word o una secretaria mas o menos instruida, y así y todo, la fama de “discapacitados gramáticos” que tienen los patovicas no habría resultado injustificada. Eso no importaba, no venía al caso. Pero no supe decirlo claramente.
El error fue mío. Se debe probablemente a que suelo dar por sentado que el fenómeno de que a veces no se me entienda no es sino otra manifestación de la distribución equitativa de papanatas en cualquier situación. Fui yo quien dio por sentado que quienes me leyesen iban a “llenar los espacios”. Porque ese es el problema de la comunicación: que requiere y depende de que se den por sentado cosas. Y me he encontrado con más de un experto a la hora de ignorar lo que no encaja en su perspectiva. Por eso, de ahora en más trataré de no dejar espacios en blanco. Porque el papanatas soy yo.
Me gustaría, entonces, que alguno de ustedes me contase de alguna vez en la que hayan sentido aquello de: ¿Qué hora es? Azul ¿Cómo te llamás? No, radio. Pero no me animo a pedirlo, porque no sé lo que pueda llegar a salir…