El artículo de ayer me dejó pensando en la gordura y su antítesis. Y en las formas de lidiar con todos los desórdenes personales socialmente inaceptables, particularmente dependiendo de las modas. Me refiero a eso de internarse para cualquier cosa, a lo Juan Ramón Jiménez.
Empezó con las granjas para drogadictos. Ya saben: se tomaba a un grupo de fulanos y se los llevaba lejos, a que se matasen laburando de sol a sol, plantando tomates y sufriendo alejados del acceso al vicio. Una vez modificados los hábitos y sobrios los fulanos, se los devolvía al vicio, bajo amenaza de volver a encerrarlos a plantar tomates. Bueno, supongo, porque yo –personalmente- los amenazaría. Algunos volvían, otros no. Ley de la vida. Luego comenzó a aplicarse a los alcohólicos, a quienes yo también amenazaría silenciosamente haciendo reventar en mi puño una bolsa de semillas de tomate a la vez que entrecierro los ojos (a lo Forrest Gump, cuando Jenny y su novio golpeador se suben al colectivo), porque resultaría divertidísimo. No digan que no.
Pero hoy en día alcanza con poco y nada. Porque se puso de moda eso de estar estresado y padeciendo crisis nerviosas, gordura, depresión, adicción al sexo/deporte/trabajo/internet. Basta con que exageres o te excedas en cualquier sentido, porque –por citar un ejemplo- si te fue al carajo la mano con los canelones, te mandan (o te mandás) a una granja para gordos, a hacer ejercicios aeróbicos, dieta y toda una serie de tratamientos psicológicos que en teoría, ayudan más que cualquier otra cosa. Es casi como un ghetto para que los obesos no se sientan tan solos o feos, ni se aparezca algún conocido atlético y atractivo a contarles cuan grandioso fue el sexo que tuvieron anoche, o lo bien que le quedan los pantalones nuevos. Porque la clave, según parece, es la de “ofrecer y dar contención”. Eso explica las razones de que haya tanto gordo suelto, ya que la clave debería ser “dejar de tragar como un pato degenerado y empezar a mover las cachas”. Funcionaría mejor.
Pero lo que queda claro es que la única razón por la cual existen estas instituciones no es el bienestar de la sociedad o la mejor calidad de vida del interesado, sino las paladas de dinero que embolsan los dueños del circo. Por la plata baila el monito, siempre. Quien haya tenido la idea de seguro fue un empresario de la hostia, quien supo detectar la debilidad del ser humano adinerado y acompañarla con palabras lindas. Resulta obvio: si se fortalece la idea de que los resultados se obtienen en grupos de trabajo, el negocio crece junto con la idea principal y fundamental, pilar de esta movida: “Solo no puedo: que alguien se haga cargo de lo que me pasa, por ejemplo, mi panza”.
Y es comprensible, siendo que pagar a cambio de un servicio es algo a lo que nos hemos acostumbrado; por eso existen los restaurantes en los que otro se toma el trabajo de amasar y rellenar los ravioles que antes amasaba la abuela, las panaderías en las que otro decora la torta, los mataderos en los que otro se encarga de noquear a los novillos con un martillo neumático y las casas velatorias que –literalmente hablando- se hacen cargo del muerto. Pero una cosa es tercerizar para simplificar (levantar el tubo y pedir que nos traigan una pizza en vez de ir a buscarla), y otra cosa es hacerlo para lavarse las manos agregando elementos cuestionables. En un punto, a medida que uno va creciendo y dejando de ser un niño, debería comenzar a hacerse cargo de algo: no me parece sano que cualquiera tenga que abandonar todo atisbo de responsabilidad y compromiso consigo mismo a fin de sentirse mejor. Algo de ridículo le encuentro a eso de que alguien necesite que un nutricionista le confeccione una receta que diga (en otras palabras) “aflojale a las achuras aunque sea en Semana Santa, atorrante” o “comé, estúpida, que das lástima y te vas a escurrir por el desagüe”. Porque no es verdad que para todo sea necesario contar con asistencia profesional (léase psicólogoalgos, counselors, terapeutas, tutores), saliendo a compartir y “contenerse”, sentándose en el pastito junto a un montón de iguales que también creen estar enfermos y en el Sanatorio del Rosario.
Habrá quien –ateo- me dirá que el hombre lo lleva adentro, que es defecto de fábrica o error de programación: que los primeros en tercerizar algo fueron aquellos que se inventaron divinidades a fin de que otro les pudiese salvar el alma, les cuidase las cosechas y les confiriese “contención” en forma de amor incondicional y una eternidad de gloria. Y que quien encomienda su salvación espiritual a un amigo imaginario, tranquilamente puede encomendar cualquier otra cosa a cualquier otro paparulo sediento de patacones.
Que se yo. En una de esas, es así.