Hace cosa de un año, cuando todavía estaba yo recientemente desempleado, reparando algunas pc´s y viendo que hacer de mi vida (por enésima vez), en mi casa (más precisamente en el único baño que hay en ella) se estaban llevando a cabo algunas refacciones. Quedó lindo, pero mientras el albañil trabajaba (diez días, quizá más), atender el llamado de la madre naturaleza constituía toda una ceremonia.
A fin de ganar espacio para trabajar cómodo, el tipo sacó la puerta y la reemplazó provisoriamente con una cortina. No contento con haber aniquilado mi intimidad sonora, pasó romper las paredes que comunicaban esta conflictiva habitación con la cocina (por las cañerías del gas) y el lavadero. Cuando quise darme cuenta, estaba haciendo pis en un recinto menos privado que la estación Constitución, y que también olía a milanesas, como la estación Constitución. Lo peor fue que, con la puerta de mi casa abierta de par en par debido a las idas y vueltas del tipo (que preparaba la mezcla, que cortaba caños, que esto, que lo otro, etc.) y las bajas temperaturas inevitables, comencé a sentir que me pillaba a cada rato.
Y si alguien ronda cerca, yo no puedo, no me sale. Para agravarlo todo aún más, saber que cada vez que yo iba al baño el albañil tenía que salir momentáneamente y dejar de trabajar, me hacía sentir incluso culpable o desconsiderado. Fue entonces que descubrí los peligros del “Masí” adulto.
-Ma sí… -me dije malhumorado; cansado de tener que esperar a que ese viejo infeliz diese muestras mínimas de apuro y de tener que parecer relajado cuando llevaba una semana de bañarme con una jarrita y una palangana, como si fuese el año 1257 de Nuestro Señor. Y comencé a buscar en mi habitación un recipiente. Días atrás, mi madre había acompañado a una amiga al casino de Tigre, y había traído consigo uno de esos enormes vasos plásticos en los que se depositan los descuidos de las máquinas tragamonedas.
-Ma sí… -insistí beligerante. Y vacié mi vejiga dentro de lo que podría haber sido un fantástico portalápices, tal y como quería mamá. Cuando ella preguntó, le dije que accidentalmente lo había aplastado con un libro y que se había roto, tras lo cual lo tiré a la basura. Después de vaciarlo a escondidas, obvio. Pero imagino que existen “Masíes” mucho más controversiales (yo ignoré la falta de inodoro pero hay quienes hacen la vista gorda ante la falta de pastillas anticonceptivas), y estoy seguro de que ustedes tendrán alguno para contarme.
Y si es un “Masí” impune (como el mío), mejor aún.