ADN Marca Piturro
Agosto 24, 2006 por Mantis
Estoy seguro de que algún científico o semejante debe de haber analizado y expuesto con mucho más detalle y conocimiento de causa la hipótesis que he estado cultivando y que leerán a continuación. Si no fue así, me referiré a ella de aquí en más como a la Teoría de la Genética Inversamente Proporcional. A mayor cantidad de humanos, menor calidad de los mismos. Y no me refiero a sus riquezas espirituales ni a su buen corazón o su actitud solidaria, no. Sino a su fortaleza física. A su resistencia; su salud bruta mas allá de su raza, religión o color de piel.
Me tomaré a mi mismo como ejemplo: Prematuro, nací tras apenas cinco meses de gestación, pesando sólo un kilogramo. Un paquete de yerba, si quieren: eso era yo. Un pequeño, frágil, ciego, huesudo, respiratoriamente inmaduro y gelatinoso paquete de yerba. Mi madre ya había perdido tres embarazos (por motivos bastante diferentes) antes de que yo apareciese, y prácticamente se hallaba hecha a la idea de que yo me convirtiese en la cuarta baja, pero por si acaso, todos probaron a ver que pasaba conmigo y me metieron en la incubadora, donde pasé los primeros cincuenta días de mi vida. En forma de catorce lunares sobre mi trasero, las catorce cicatrices que me dejaron las catorce inyecciones que me dieron para despabilarme, no me dejan mentir. Cada una de ellas representa un paro respiratorio, cada una deja por sentado que le debo mi vida (al menos en cierto porcentaje) a la ciencia médica.
Luego crecí, y hoy en día soy un grandulón de casi dos metros y noventa kilos. Practiqué deportes con regularidad durante mi niñez y no sufro de malformaciones, disfunciones o males extraños ni nada que se le parezca. Y no, no me faltan los genitales. Pero enfrentémoslo: soy de mala calidad: En otra época, no habría sobrevivido. Y no estoy hablando de quinientos años en el pasado, sino unos cincuenta, nomás.
Y vaya a saber uno cuando venció la garantía. Me enfermo con bastante facilidad y el oxígeno que se envió directamente a mi organismo ayudó a desarrollar mi miopía. Para peor, los hombres de mi familia no se caracterizan por alcanzar una vejez bíblica. Asma, problemas dermatológicos, cáncer de varias clases, problemas hepáticos, hipertensión, diabetes… Ustedes nómbrenlo, que de seguro lo tuvimos, más allá de que casi ninguno fume o beba.
Mi bisabuela materna, sin embargo, vivió mucho más de cien años. Su hija (mi abuela), hasta los 87, que podrían haber sido varios más de no ser porque dejó de cuidar su hipertensión. Y ambas trabajaron de sol a sol, sufriendo calamidades varias (léase: exponiéndose a factores de riesgo) y teniendo muchas menos comodidades que yo, pero comiendo empanadas fritas, milanesas, tortas fritas, grasas y todas esas cosas que hoy en día te matan.
Y ahí está la clave: no a todos los matan esas cosas. Porque los genéticamente superiores la pasan bomba comiendo cualquier cosa, fumando, bebiendo y haciéndonos creer que lo que nos arruina es el stress y el colesterol. Prueba de ello son los morochos que se sientan en la vereda a tomar cerveza, en cueros, vestidos únicamente con unos pantalones cortos en pleno invierno, y no se resfrían, mientras que yo necesito nebulizaciones con sólo ver una persona caminando descalza en una publicidad televisiva.
Ante una inminente falta de recursos debido a la superpoblación mundial, ¿No sería el máximo acto de heroísmo y sacrificio el que los genéticamente paparulos renunciásemos a tener hijos por los próximos cuarenta mil años a fin de que la raza se fortaleciese un poco?
Discutan.