When I saw her standing there
Agosto 23, 2006 por Mantis
“No te das cuenta de que te faltan hasta que los perdés” dicen algunos emperadores de la obviedad para acordarse de los afectos desaparecidos. Creo que esa frase puede aplicarse en mayor o menos medida a casi todo, y por eso no la uso. Sin embargo, días atrás, una privación a la cual fui sometido me cambió muchos puntos de vista.
En mi lugar de trabajo, los baños son una cosa de no creer. Todo es nuevo, todo es inmaculado, todo parece muy caro; el inodoro succiona con fuerza hercúlea y el agua gira violentamente debido a que los sensores infrarrojos hacen correr el agua sin que uno tenga que hacer nada más que ponerse de pie (también gira cuando llevás mucho tiempo sentado y parece que te va a tragar la turbina de un Harrier), nunca faltan rollos de papel ni posa-nalgas descartables, los mingitorios no salpican sin importar el ángulo del pis (sí, lo probé)… Toda una maravilla en loza blanca y acero inoxidable, oliendo siempre a una mezcla de fruta y lavanda. A veces, creo que hasta me dan ganas de llevar pañales para adultos, a fin de no alterar la impecabilidad de las instalaciones con mis deposiciones. En resumidas cuentas: yo me casaría en ese baño, de no ser porque mi novia prefiere conservar la tradición optando por una ceremonia breve, perpetrada convencionalmente en una iglesia cristiana.
Uno de los cuatro inodoros está en el baño para discapacitados, que se aloja en un cubículo grande como el baño de mi casa completo. Precisamente ese inodoro que me ví forzado a usar, estando el resto ocupados.
Lo que no sabía, era que los inodoros para discapacitados son -cuando menos- 20 cm. más altos que los otros. La desesperante situación en la que me hallé no tiene nombre (que pueda pronunciarse en lengua humana de la cual se guarde registro), pero me sirvió para darme cuenta de que nada me resulta más incómodo que intentar hacer popó haciendo equilibrio sobre el inodoro, apoyando apenas las puntitas de los pies. Tal vez se deba a que soy alto, y a que por lo general me apoyo sólidamente sobre mis plantas, flexionando bien las piernas, con la autoridad indispensable en semejantes situaciones…
Pero no pude, y me quedé allí hasta que sentí que se desocupaba el inodoro de al lado, que se convirtió, sin saberlo, en la muchacha más bella del baile. La única con la cual puedo y podré bailar, de aquí en más, todas las milongas intestinales que me sorprendan tan lejos de casa.