Madre Naturaleza
Las cucarachas me dan asco, más que nada por ese descarado movimiento que hacen con sus antenas. Nunca pude echarlas de mi hogar, y siempre estamos librando batallas al estilo Sarajevo, donde no hay un ganador definitivo. Ellas se aparecen, yo las piso o las aplasto contra la pared, y luego las envuelvo y tiro al tacho de basura, envueltas en papel absorbente. Solía dejarlas tiradas en el piso, reventadas, como enviando un mensaje mafioso a las otras cucarachas. Al otro día ya no estaban y daba por sentado que mi madre las había recogido durante la noche.
-Yo no ví ninguna cucaracha –me dijo ella una vez-. Te habrá parecido que las matabas, pero no.
Una noche, curioso por las desapariciones, reventé una y me quedé espiando envuelto en penumbras, para ver lo que sucedía. Descubrí que si la dejás aplastada y abandonada, otras cucarachas vienen después, y tras descuartizarla, se la llevan al nido. Supongo que para comérserla, porque deben tener mucha proteína.
Una vez hace muchos años intenté exterminarlas rociando mi casa con veneno diluido al punto de la intoxicación, y experimenté el terrible escalofrío que se siente cuando docenas y docenas de cucarachas moribundas salen de cada rincón de tu casa buscando una salvación, revoloteando y cruzando las habitaciones, pegándose contra las paredes… y contra tu cara, tus brazos y tus anteojos. Y sí, esa noche soñé con cucarachas. Así y todo, desconfío de las personas en cuyas casas no hay alguna cucaracha casi tanto como de los que dicen no gustar de las milanesas con papas fritas. No pueden ser buenas personas.